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“Los venezolanos son una carga para este país”, gritaba un hombre en la calle. Al otro lado de la acera mi esposo y yo observamos al hombre avejentado que, manoteando, expresaba unas razones que no alcanzamos a oír con claridad: la comida que ahora se reparte entre más bocas, las pocas monedas que se regalan a las manos que se multiplicaron, o una simple disputa con un hermano bolivariano. No lo sé.

tiempo

Fotografía de Sebastián Cuevas.

Natalia llegó quince minutos tarde a su baby shower porque su amiga tiene mala la hora en el teléfono. Almorzaron en medio de nosotras siete chicas, completas desconocidas, a las que les hacíamos mil preguntas. Cuando le descubrimos el rostro para darle la sorpresa y le mostramos todos sus regalos, se cubrió los ojos con sus manos morenas y derramó algunas lágrimas, las mismas que yo había visto una semana antes. 

De mi casa a la esquina que doblo todos los días para ir al trabajo hay ocho venezolanas que más que vender regalan chupetas a cambio de una limosna, tres de ellas están a pocas semanas de parir.  “Amiga, Amigo”, le dicen a todos al pasar. Sin embargo, solo una de ellas es mi amiga.

Natalia tiene 17 años y tiene una barriga enorme, en ella crece Isabella, su primera hija. La semana pasada la llamé aparte para entregarle un dinero que le había enviado mi cuñada, pues sabrá usted que en este país la generosidad en público es peligrosa. Natalia se acercó cordial, pero su mirada huía de mis ojos hacia las esquinas, hacia las flores, la calle y el suelo. Cierta amargura expresaban los monosílabos con los que respondía a mis comentarios. Traía la misma ropa de siempre y aunque la pandemia mantenía su rostro oculto, siempre imaginaba la bella sonrisa detrás del tapabocas rojo, pero esta vez no era el caso. Cuando le pregunté si había logrado conseguir lo necesario para recibir a Isabella se deshizo en lágrimas. Me contó que estaba en su última semana de gestación, me dijo que había peleado con su novio y no lo veía hace más de una semana, que se había caminado un barrio completo y solo consiguió ropa que su bebé podrá usar en cinco meses; que no tenía nada, ni familia, ni amigos que la socorrieran. ¿Qué hacer en una situación como ésta? La solución inmediata que defienden las mujeres que dicen “luchar por nosotras” es la legalidad del aborto que habría “liberado a Natalia de llevar esa carga”, pero ¿qué hay de aquellas que sueñan con cargar y ver crecer a sus pequeños?, ¿los pañuelos verdes no se agitarán en su honor? 

¿Qué hacer en una situación como esta? Del sentimiento compasivo brotó la desconfianza. ¿Me estaba diciendo la verdad? ¿No le parece triste que la generosidad no solo sea peligrosa en público sino que tampoco sea libre? ¿Que exista el temor a dar? ¿Qué hasta para ayudar se necesiten certificados? Pero qué va, me venció el corazón. Mis entrañas se conmovieron ¡Qué impotencia! Natalia no es una venezolana más, es un ser humano. 

Natalia siempre está justo en la acera del frente de nuestra casa. Cada que salimos a la calle la vemos de pie o sentada. Cuando inició la pandemia dimos algunas ayudas a nuestras vecinas venezolanas a través de un proyecto social que lidera la organización misionera en la que trabajo. Ahí empezó nuestra amistad. Solo conocía sus ojos, dos jóvenes pupilas cafés que siempre parecían alegres y su cabello largo y negro que siempre llevaba suelto.  Me saludaba siempre sin pedir cosa alguna o expresar todas sus desgracias para que me metiera la mano al bolsillo. Eso me dio la libertad de acercarme para charlar. 

Viajó sola desde Venezuela a los 16 años. Su hermana, que había emigrado junto a su esposo a Cartagena desde el “paraíso socialista”, se separó de él en tierra colombiana. Obligada a salir a trabajar, no tenía quién cuidara a sus dos niños pequeños por lo cual decidió traer a Natalia para que los cuidara en su ausencia. A los pocos meses un nuevo hombre llegaba a la casa, su hermana tenía un nuevo esposo. Los problemas no se hicieron esperar, al poco tiempo la hermana de Natalia la presionaba para que saliera a la calle a “vender” las chupeticas rosadas, y así conseguir un pasaje de regreso a Venezuela. Al parecer, el nuevo esposo maltrataba a los sobrinos de Natalia, razón por la cual tenían una relación conflictiva. Natalia prefirió irse de la casa y vivir con su novio que mendigar. Ahora dice entre risas: “naguara, pa ver que a la final me tocó salir a vender chupeticas”. 

Una semana antes del baby shower su novio Iván apareció. Un muchacho tímido que trabaja como mototaxista en un vehículo arrendado. Parece ser que no le va muy bien, porque Natalia sigue saliendo a la calle a buscar socorro aunque le falten pocos días para el alumbramiento. Pero, ¿ cómo podría irle bien si Iván debe pagar 25.000 pesos diarios por la moto, truene, llueva o relampaguee? El covid-19 espantó a los clientes y, para colmo, Iván solo puede trabajar hasta las cinco de la tarde, hora en la que la moto se apaga automáticamente, una condición del dueño del vehículo. Imagínese usted, ese dueño en tres meses podría comprarse una moto nueva, en cambio Iván no podrá ahorrar ni un solo céntimo. 

Natalia e Iván viven en una ‘piecita’ arrendada, el diminutivo no es para nada romántico, la habitación mide tres metros de largo y dos metros de ancho. En ella hay una cama, una cuna para Isabella y una cuna desvencijada que le regalaron a Natalia en la que ahora guarda todas sus pertenencias. Cualquier visita que reciban será atendida de pie. La pieza hace parte de un apartamento en el que viven cinco adultos y dos niños pequeños, todos pagan 8.000 pesos al dueño diariamente. No tienen nevera. Viven al día. 

“Los venezolanos son una carga para este país”, gritaba un hombre en la calle. ¿Puede ser un humano una carga? O la pregunta más bien sería ¿esta carga merece ser llevada? ¿quién debe llevarla? ¿sólo el Estado? En la Constitución Política que Dios le entregó a los israelitas en el desierto, a través del pentateuco (los cinco primeros libros de la Biblia), Dios le dio la responsabilidad del cuidado de los huérfanos, las viudas y los extranjeros a cada ciudadano. Dios no solo quería crear en ellos un carácter fundamentado en el amor al prójimo y fortalecer la unidad, sino que también quería evitar que un gobierno paternalista atentara contra sus libertades individuales. Pero bueno, ese es otro tema.

Me pregunto acaso si esta idea patrocinada de que el Estado debe ser el salvador de los desamparados ha esterilizado nuestra compasión, pero no lo sé, no podría asegurarlo. No se puede negar que es más fácil mover los pulgares y escribir una buena crítica en las redes sociales exigiendo políticas públicas que eliminen las cargas, o en el peor de los casos, hacer negocio con la desesperación ajena, como los dueños que ganan al doble. 

Con un grupo de amigas hicimos un post pidiendo ayuda para comprar algunas cosas para Natalia, lo compartimos con unos amigos y ellos a su vez lo hicieron con otros. En cuatro días recogimos más de un millón de pesos, una cuna, ropa para bebé y una cobija térmica que alguien envió desde Bogotá. No me lo esperaba. 

La pandemia se ha convertido en una carga de infinitas caras, en algunas esquinas es más pesada que en otras. Cada colombiano enfrenta sus propios frentes de batalla, la comparación sólo invoca a los odios, pero la compasión trae respuestas. No escribo esto para darme crédito a mi misma, lo escribo para todos aquellos que durante esta pandemia han llevado la carga de otros. Yo creo en la generosidad, el amor, la compasión, el sentido de justicia y la conciencia de los colombianos. Es solo que está dormida, y solo despertará cuando podamos ver a Dios en el rostro del ser humano.  

Isabella nació en la medianoche del jueves seis de agosto. Isabella no es una carga, es un ser humano y una alegría para todos los que sostuvimos los brazos de Natalia. Ver a esa niña me da esperanza. A la pareja solo le queda esperar con paciencia el momento en que Isabella esté más fuerte para iniciar su viaje de regreso a Venezuela, pero por ahora están tranquilos, pues como dice Natalia, “a mi Dios me bendice donde quiera que me pare”.

 

Por Perla Iveth Murillo

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Huesos Vivos es una hoja escrita por muchas plumas que intentan exponer sus ideas y paradigmas. No solo pone en perspectiva asuntos de la vida cotidiana, sino que retrata alternativas y caminos. La Biblia es nuestro punto de enfoque.

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15 Comentarios
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  1. Que Dios nos ayude a no a tener que pasar una situación como esa en nuestro país y tener que salir a buscar mejores destinos; a dónde podríamos irnos? podríamos ir a otro país con la conciencia tranquila de haber ayudado a otros cuando nos tocó el turno?

  2. Que buen articulo, nos recuerda que es por eso amor que reconocerán que somos hijos de Dios. En estos tiempos de tanta necesidad somo nosotros la iglesia los más llamados a tener compasión y ayudar al Prójimo, eso nos lo dejó como tarea Jesús y eso es ser iglesia. Aveces nos llenamos de prejucios para ayudar y no debería ser así, hay que ayudar al necesitado solo así seremos relevantes en una sociedad que perdió la misericordia y la compasión por el Prójimo.

  3. markusbuser0927

    Soy Suizo y hace 30 años estuve en Venezuela y allí conocí a muchos Colombianos, pero también escuche comentarios negativos acerca de ellos de parte de Venezolanos. En este tiempo la vida en Venezuela estaba mejor y millones de Colombianos fueron a Venezuela y pudieron comenzar de nuevo. Yo me vine a Colombia hace 29 años y con el correr de los años las cosas cambian, ahora son los Venezolanos quienes buscan una vida mejor en Colombia e igual he conocido y tengo buenos amigos Venezolanos aquí como en Venezuela conoci buenos amigos y personas Colombianos a pesar de los prejuicios que había. No debemos generalizar y entender que Colombia y Venezuela son países hermanos que se necesitan el uno del otro…
    Creci en la triple frontera entre Alemania, Francia y Suiza y algo sorpresivo es ver como los Alemanes y Franceses se han podido unir y reconciliar después de 2 guerras mundiales fatales con millones de muertes entre ellos y deseo que podamos hacer puentes de amistad entre Colombia y Venezuela como el puente de amistad sobre el Rin en mi ciudad de Basilea-Suiza…

  4. Cada ser humano tiene valor y dignidad inherente, independientemente de su nacionalidad, su situación económica o su situación social.

    No todos los venezolanos son ladrones y déspotas, de la misma manera que no todos los colombianos son justos y bondadosos; sencillamente porque esas características en una persona no dependen de su país de origen sino de las decisiones y acciones en el diario vivir. Como usted bien lo escribió en este texto: “la comparación sólo invoca los odios, pero la compasión trae respuestas”

    Con pequeños actos podemos mostrar generosidad y compasión a una persona, no solo con dinero, también con tiempo, o simplemente dejando la indiferencia y conociendo las historias de otros. Ciertamente no vamos a resolverlo todo, pero contribuimos a reducir el dolor de alguien y podemos mostrarle esperanza, eso es ser parte de la solución en vez de fomentar el odio hacia los extranjeros.

    ¡La historia que nos cuentan en este texto es un buen ejemplo!

    Cada ser humano tiene valor y dignidad inherente por ser hecho a la imagen y semejanza del creador.

  5. Es cierto, debemos tener compasión con los extranjeros, porque La Biblia así lo dice pero en la época de la prosperidad petrolera en Venezuela, a muchos Colombianos los trataron muy mal porque venían de un país miserable y de narcotraficantes, los llevaron a la cárcel por estar indocumentados, no les ayudaban teniendo recursos para hacerlo y a unos familiares míos que vivieron allá en Caracas, los trataron varias veces de ladrones, por el simple hecho de ser Colombianos. La Biblia también dice que lo que el hombre siembre, eso mismo cosechará y eso es lo que está pasando con ellos ahora. Además muchos de ellos vienen con una actitud arrogante y orgullosa, queriendo imponer sus propias reglas en país ajeno y los resultados son el rechazo y la xenofobia por obvias razones. Así las cosas, resulta muy complicado ayudarles y más si se tiene en cuenta que Colombia no tiene ni siquiera recursos suficientes, para ayudar a sus propios nacionales y menos está en capacidad de recibir inmigrantes, como sí lo puede hacer Estados Unidos. Esa es la realidad.

  6. No se puede generalizar cuando se habla de los venezolanos. No todos son ladrones, o malas personas. Muchos de ellos son muy trabajadores, algunos hacen trabajos que colombianos no están dispuestos a hacer. El inmigrante es un emprendedor por naturaleza, no tiene miedo a tomar riesgos o a empezar de nuevo, la misma condición de inmigrante lo impulsa a ver oportunidades o negocios donde los nacionales no las ven. Estoy seguro que muchos de los venezolanos aca están creando riqueza, creando nuevos proyectos y negocios, y están aportando mucho al país. Tal vez en unos años los veamos siendo gerentes de empresas innovadoras en Colombia, o liderando ciertas áreas de la sociedad, como en la política, nadie sabe. Muchos países se han beneficiado de las habilidades, las destrezas y el empuje que caracteriza al inmigrante, EEUU es un ejemplo, un país de inmigrantes. Ojala Colombia sea un lugar en donde los inmigrantes puedan desarrollarse plenamente y explotar todos sus talentos y no caigamos en el error tan común de la xenofobia…

  7. Estuve en Venezuela en tres ocasiones, recibì de ellos mucha hospitalidad, generosidad, amor y cuidado, cuando enferme, las personas se preocuparon y dieron lo mejor para que pudiera sentirme como en casa.

    Lo menos que podemos hacer es tratar con dignidad a toda persona, tal como nos gustaria ser tratados, porque finalmente lo que siembras recoges, no solo de manera individual sino colectiva.
    Las ideas y acciones tienen consecuencias, que tarde o temprano produciràn buen o mal fruto dependiendo de lo que y como se haya sembrado.

    Me alegra que haya muchos mas buscando el bienestar de los extranjeros (ellos no son ni mas ni menos que los nacionales) y ayudando de alguna manera a cambiar sus dias de tristeza y dolor por estar tan lejos de casa.

    Espero que podamos aprender y ayudar a mas personas.

  8. La verdad ellas estan para embarazarse asi mismo lo han dicho… Y si estan asi es para aprender humildad.. No le den un poco de mando a un venezolano porque son humillantes, despotas y ladrones… Darles dinero solo alienta la migración… Ya hay bastante colombiano necesitado.. Colombiano ayuda a Colombiano deja que los q no lo son sigan su camino.

  9. Cosa tan rara, escucharon que gritaba que los Venezolanos era una carga para Colombia, pero no escucharon las razones el por que lo decia. Asi estan en Colombia: por un oido escuchan lo que queren escuchar y por el otro oido se hacen los sordos.

  10. alfonsorojas0811

    yo quisiera poder ayudar a todos los que me solicitan ayuda cada vez que salgo a la calle a hacer mis compras de alimento para mi y mi familia, pero ante tantos no puedo darme el lujo de darle a cada uno “una monedita”. Linda labor ha hecho usted y me propondré buscar una forma de ayudar. Dios la bendiga señora.

  11. Claro que son una carga, y causa estupor ver como en medio de la miseria lo único que hacen es reproducirse!!. Espera que uno se ponga la mano en el corazón por personas que no tienen ningún reparo en traer seres humanos al mundo sin tener nada que ofrecer más que miseria y mendicidad?. Eso que usted hace, no es ser generosa, es ser alcahueta… perpetuar la lástima como negocio y forma de vida!.

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