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Por Thorik //—>

Vivir en la ciudad está de moda hace ya bastantes décadas. Y desde que se puso de moda, la urbe parió uno de sus hijos más conflictivos y desgraciados: el transporte vehicular. Ya mi compadre Mondongo se refirió al tema hace un par de semanas y por esto vengo a secundarlo el día de hoy.

La necesidad ineludible de llegar a algún punto lejos del hogar nos enfrenta cada amanecer con una sinfonía de variables y problemas que me he tomado el tiempo de analizar todas las mañanas, mientras siento la humanidad entera  restregarse contra mí dentro de un transmi o mientras busco placas divertidas en los carros aledaños  del trancón.

Si bien en algún momento lejano los ciudadanos de élite bogotanos (cachacos 100% pure) gozaban de enormes privilegios y comodidades a la hora de transportarse, mientras los ciudadanos del común (patirrajaos) lo hacían en condiciones  precarias e incómodas, actualmente la cuestión se homogeneizado un poco hacia el lado de los comunes. Es decir, hoy en día lo común para el capitalino es la incomodidad y el sufrimiento a la hora de desplazarse. No importa si voy en una buseta atestada de caras largas o en mi carro particular, estoy condenado a sufrir esperas, atropellos, neurosis colectivas, descargas y agotamiento.

Para los usuarios del transporte público resultan mucho más evidentes los males a los que son sometidos cada vez que pasan una registradora, ya sea en una estación de transmilenio o al subirse a uno de los combatientes de la guerra del centavo. Por esta razón no profundizaré mucho en dichos males, salvo en uno en particular, a la luz de un inspirador video que circula en internet. Podríamos bautizar este flagelo como “las señoras-rugby”.

Resulta incomprensible para mí, como adolescente varón y desgarbado, ese placer casi sexual que experimentan las señoras en los buses y transmilenios al momento de atropellar o desplazar violentamente con su masa corporal a cuanto terrícola desconocido se les atraviese. Se les nota la sevicia en las caderas, la indolencia en los ojos y el morbo en las boquitas maquilladas. Cabe aclarar que este flagelo del transporte público no es exclusivo del género femenino, pero tienden a ser muchas más las señoras adictas a empujar y atropellar, que los señores. Les favorece el ciclo natural de la vida, pues como decía el protagonista de “memorias del subdesarrollo”, las mujeres son como las frutas en su forma extraña de madurar y ese madurar las vuelve jamonudas, anchas de posaderas y resistentes: todas las condiciones necesarias para ser el depredador en el ecosistema busetero de los apretujamientos.

Y si en el transporte público llueve, en el privado no escampa. La falsa ilusión de tener el control y el espacio suficiente para el libre desarrollo de la personalidad dentro de un carro propio podría ser la causante de tantos psicólogos y psiquiatras millonarios o tantos abogados tramitando divorcios. Salir a manejar cualquiera de las horas pico vehicular (diurna o nocturna) constituye un verdadero atentado contra la estabilidad espiritual y contra la propia psiquis. Meterse en la séptima, carril norte-sur a las 7 de la mañana, es navegar un nauseabundo río de alquitrán que se desplaza a veinte centímetros por segundo, donde flotan los cadáveres de los miserables muertos de impaciencia. Y qué decir de nuestras autopistas, que tienen de todo menos de autopistas, funcionan más como depósitos de carros donde, en efecto, hay movimiento pero es invisible al ojo humano. Seguramente la agrupación australiana ACDC pensó en la autopista norte un domingo a las 6 de la tarde o un sábado a las 12 del día, cuando escribió su excelente canción “Highway to hell”.

Y es que mientras los conductores de bus libran su ancestral guerra del centavo, los de vehículo particular tienen que luchar “la guerra del centímetro”. Cuando se está inmerso en un trancón colosal (de los que abundan en esta ciudad-escombro) luchando por sobrevivir, cada centímetro ganado o perdido puede ser la diferencia entre llegar tarde o puntual a trabajar, al odontólogo, al avión, etc. Los bogotanos debemos ser de los mejores en el mundo a la hora de arrancar violentamente: de ahí que Juan Pablo Montoya  siempre ganaba infinidad de puestos a la hora de la largada. Arrancamos violentamente para consumir con recelo cualquier espacio generado en el trancón, por minúsculo que sea, ya que cualquier brecha puede ser aprovechada por nuestros contendores para atravesar sus vehículos y ganar una posición. Ayuda mucho tener una camioneta potente de corte paramilitar-traqueto, o un vehículo de asalto como son las volquetas, camiones de la basura y mezcladoras de cemento. A la campaña de la que Pirry es el protagonista, se le podría hacer una paralela en la que se invita a los conductores a hacer uso de su “intimidación vial”, más que de su inteligencia vial, ya que para sobrevivir en el ámbito hostil de las calles capitalinas es necesario ser un bruto desalmado y sin hígado.

La próxima vez que sufra un altercado con algún colega-usuario del servicio público y este le responda “pues compre carro” o “pues coja taxi”, recuerde que la única salvación posible es quedarse tranquilo en su casa, montar en bicicleta por la cuadra o mudarse frente a la oficina.

Luck and death.

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Somos un par de ociosos (Thorik y DiMogno) con un deseo imprudente, casi suicida, de expresar opiniones y desinformar respecto a lo que nos rodea. Nuestras entradas serán i-rresponsables, in-sulsas y completamente em-píricas, sin ningún bagaje erudito ni trascendental. No soñamos con ganarle a los blogs de fútbol que son los únicos que la gente lee, o por lo menos comenta, nos conformamos con cautivar al público de un partido de rana. Nos gustaría poner una foto en blanco y negro, claroscuro, con el nombre de algún medio prestante en la parte inferior como "Cambio" o "Semana" pero para escribir en ellos se necesita mucha barba y muchos amigos poderosos. Y si usted es poderoso y quisiera ser nuestro amigo puede escribirnos a inversion.gerencia@gmail.com

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