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A las 11:59 p.m. de un 31 de diciembre, Lucía, de 24 años llenos de ilusiones, alistó su maleta para correr alrededor de su urbanización, mientras sonaban en la iglesia las doce campanadas. Iluminada por las luces estroboscópicas de chorrillos y bajo el estruendoso sonido de papeletas, totes y demás pólvora prohibida, pero siempre usada por esos bárbaros que les parece del mejor espíritu navideño arriesgar el bienestar de los niños de la cuadra, emprendió carrera, maleta en mano, por la acera.

Con su estado químico al borde de una explosión (el físico lo había perdido con años de fumar), Lucía corría pensando que cada paso traería la suerte que le daría un viaje, pues ponía en práctica la teoría popular que dice que si lo que haces a la hora cero del año atraerá las fuerzas cósmicas a tu favor. En suma: traerá tu suerte. Yo, incrédulo en menjurjes y agüeros atávicos, empecé a recibir esa noche la lección de mi vida: porque Lucía, ad portas de terminar la vuelta a la manzana enfiló hacia las escaleras de la urbanización cuando, antes de doblar la esquina, sin previo aviso, y sin que algún presentimiento se atravesara en su camino, fue embestida por un ebrio que salía a pie y zigzagueante de la urbanización. Corredora, maleta, borracho y botella volaron cada uno por su lado, ante la hilaridad de medio condominio.

Y sí, esa acción selló su suerte, porque el resultado no solo fue un raspón y un pie medio chueco sino el tenebroso cumplimiento del designio: ese año Lucía no solo se estrelló dos veces en dos carros, sino que se cayó de un cuarto piso… ¡Plop! Sí ¡Plop! No se mató de milagro. Apenas rebotó levemente de su caída libre y mientras llegaban los socorristas, la gente reunida junto a ella decía: “Esta pobre niña. ¿Se acuerda que el 31 la atropelló un borracho? Vea que eso sí se cumple”.

Así empecé a pensar que hasta ciertos serán los agüeros. Me acordé de doña Martha, que tenía un almacén de zapatos. Cuando veía que las ventas bajaban en octubre, ponía una penca de sábila colgando de la puerta de la trastienda. Y eso hacía efecto, porque en diciembre el negocio estaba lleno de compradores y la penca de hormigas. Así entendí que el éxito no era por la prima navideña de sus clientes, sino por la bendita penca.

Un tío mío (para que vean que los hombres también saben) se bañaba en ruda (¡guácala!) cada año, justo después de llegar de Estados Unidos. “Es para conseguir viejas y para la buena suerte”, me decía. Y preciso: con ese olor tan pestilente el hombre conseguía sus muchachas y casi todas bonitas (casi…). Ahí entendí que la ruda servía, y que no era que el tipo llegara gastando a manos llenas los dólares en que venía forrado, después de trabajar como un burro (ojo, no como mula) en un hotel de Nueva York. Bendita ruda. Afortunadamente, y a pesar de los muchos ‘atraedores’ de buena fortuna que pululan por estos días, a ninguno de los anteriores les sacaron un peso por dejarlos apestosos, casi tullidos y con el almacén lleno de bichos. Seguramente, nada de eso les sirvió, pero ah bueno que nos reímos con ellos (no de ellos). Yo por mi parte, confieso tener mi agüero también: esa noche me pongo la máscara al revés. Y muchos de mis amigos dicen que por eso es que veo todo así. Feliz año y recuerden: no coman cuento, coman natilla.

El Demonio Azul hace de las suyas con los agüeros de fin de año

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Agorafóbico desde un traumático episodio en su adolescencia, cuando fue perseguido por una horda de sicólogos y seguidores de Paulo Coelho, decidió ocultarse tras el anonimato y combatir todo lo que le huela a brújula editorial para la vida.

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4 Comentarios
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  1. La de la maleta SI funciona 100% en ocasiones diferentes se me cumplio a mi, y luego a mi hermana…el humor y el pensamiento positivo SI funcionan!!!!!!!

  2. Jajajaja, muy bueno el texto, pero te contaré que yo no hacía lo de la vuelta a la manzana con maletas por aquello de “QUE OSO”!!!, pero se llegó el día en que nos fuimos a pasar las fiestas a la finca y me arme de valor y que abrazos a la familia ni que nada, empecé a correr como loca por el potrero con mi maleta…
    Y adivinen???… Desde eso que no he parado de viajar, valga la pena anotar que más de la mitad de los miembros de la familia se burlaron por verme correr cual loca, pero debo aclarar también que luego de ver que viajo más que p… de loca, pues ahora no hay quien no corra jajajaja…
    Ojalá nunca me pase lo de a la pobre Lucía 🙂

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