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Dicen que Ponce de León murió buscando la fuente de la eterna juventud y que en su intento descubrió Florida (hoy EE.UU.), donde, cosa curiosa, muchos gringos viejos pasan sus últimos días.

La obsesión por estar joven y vivir por siempre no es nueva. Cuentan que el emperador Qin Shi Huang, que unificó China, murió mientras buscaba las Islas de los inmortales. Parece que, como quería vivir para siempre, tomaba pociones con alto contenido de mercurio que le preparaba su ‘yerbatero’, por lo que se envenenó lentamente.

A propósito de mercurio, fue Mercury (Freddie, el de Queen) el que preguntó “¿Quién quiere vivir para siempre?”. La respuesta parecía clara: ¡eeeeverybody!

En una sociedad en la que, para muchos, la belleza y hasta la dignidad vienen con límite de edad, no es raro que alguna vez hayamos escuchado un desgarrador grito mañanero, cuando alguien acaba de detectar una arruga nueva, un pedacito de piel que se negó a retornar a donde siempre estuvo.

Pero para la angustia causada por esta evidencia de cambio, aparece un ejército de consejeros que, si bien no ofrecen vida eterna, proponen juventud perpetua.

Con presupuesto para todos los bolsillos, pueden tener su sede en un costoso spa o en una accesible sala estética, cuyo nombre casi siempre tiene un apóstrofo y “s”: algo así como Erikka’s centro estético.

Muchos ofrecen un arsenal con un abecedario de cremas desde la A hasta la Z, mascarillas de cuanta verdura o tierra rara exista y hasta una verdadera arma química como el botox (toxina botulínica). Por supuesto, también hay cirujanos que ofrecen cuanto implante es posible.

El botox se vende como terapia antienvejecimiento, lo que podría ser cierto, pues al fin y al cabo, las momias no envejecen. Pero se vuelve un lío: tuve una jefa bastante diplomática que siempre tenía la misma expresión y uno no sabía si estaba haciendo una broma o regañando.

Con las cremas es otra historia: en el baño de una amiga conté 15 productos que ofrecían revitalizar la juventud perdida o realzar y postergar la que quedaba.

Los naturistas no se rezagan y proponen una amplia gama de mascarillas. Estas tienen una ventaja: si no sirven, se pueden comer. Las hay de avena, fresa, papaya, miel, manzana, banano, chocolate (todo un desayuno). De tomate, pepino, papa, plátano, clara de huevo (como para la ensalada). También hay combinadas: de manzanilla y piña; aguacate y aceite de almendras; aguacate y huevo; y huevo y aceite de oliva (que podrían servir de deliciosa entrada). Lo mejor es que también hay de barro. Así que, con lo que les quede, pueden hacer un plato.

Todas están clasificadas según su virtud para combatir cualquier cosa que aparente vejez o perturbe una supuesta belleza. Aquí la complejidad aumenta, pues las hay exfoliantes, para el acné, antiarrugas, contra los puntos negros, contra las patas de gallo, astringentes, hidratantes, contra las ojeras, afirmantes y purificantes, entre otras.

De los implantes estéticos (no me refiero a los que por salud se deben hacer) ni hablemos: aparte de que -por esas contradicciones de la vida- en este caso me declaro naturista, me queda la duda si tendrán la misma versatilidad de los originales.

Debo confesar que, como soy humano, también me preocupé por la juventud eterna. Y no me da pena decir que en los 90, en la conciencia de mi desesperación y bajo la tonada de Forever Young (de la agrupación alemana Alphaville) decidí salir en busca de una cura. Sin tiempo para perder, fui en pos de mi inmortalidad por el camino expedito y busqué por doquier -palabra que solo se usa para canciones, poemas y en estos casos- una vampiresa que mordiera mi yugular. Pero fue en vano, pues la única que quiso morderme intentó cobrarme. Algo me dijo que se trataba de otra cosa y decliné.

Ahora, ya no canto como Alphaville cuando dice: “yo quiero ser joven para siempre”. Al fin y al cabo, la vida es una y cada arruga bajo la máscara marca la experiencia de vivir. Y, a veces, cuando veo a esas personas que tratan de revivir el pasado de una juventud perdida, me acuerdo del coro de la otra Forever Young, la de Rod Stewart, y deseo que encuentren a alguien que les diga lo que él cantó: “Ten coraje y sé valiente y en mi corazón siempre estarás por siempre joven, por siempre joven”.

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Agorafóbico desde un traumático episodio en su adolescencia, cuando fue perseguido por una horda de sicólogos y seguidores de Paulo Coelho, decidió ocultarse tras el anonimato y combatir todo lo que le huela a brújula editorial para la vida.

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