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Si usted está leyendo esto, es porque está vivo. ¡Mucho cuento! Porque quiere decir que habrá sobrevivido a inundaciones, ‘chuzadas’ y asilos; al cambio climático, a derrames de petróleo, a la crisis económica de cada año y a la personal de cada uno. Esas que los sicólogos anuncian y explican como inevitables, de las que, supuestamente, nadie se salva: la intensa e insoportable (para los padres) de la adolescencia de los hijos, la angustiosa y dubitativa de los 30, la muy temida que trae el demonio del mediodía (que llega con sus amigos, los demonios del mundo y de la carne).

De la misma manera y -solo tal vez- en sentido contrario, si usted lee esto, es porque ha sobrevivido a las crisis de pareja (porque se tiene, porque no se tiene o porque se va) y a la laboral (que ataca por falta o exceso de labor).

En resumidas cuentas: si lee esto es porque no se ha ahogado en deudas, no se lo ha llevado la corriente de la Niña y flota, ya casi magistralmente y a fuerza de práctica entre poderes políticos que no entiende y en medio de un mercado en el que nada puede hacer salvo, precisamente, conseguir cómo pagar el mercado de cada mes.

Siendo así, le propongo que se mire al espejo y saque el mejor trago que tenga -vale té o chocolate, si es abstemio -, échese la mejor loción o perfume, aféitese (la cara, las piernas o lo que se le ocurra) póngase la mejor pinta y brinde por usted, porque se lo merece.

Si mira en retrospectiva, se dará cuenta de que, si llegó hasta aquí, es porque ha sobrevivido, también, a cuanto anuncio de mal agüero le han hecho y que, así como sobrevivió a los cacareados fines del mundo de 1999 y del 2000, seguramente, sobrevivirá al fin del mundo del año entrante.

Y si aún no cree que merece un brindis por usted, pues hágalo por los que lo soportaron cuando tambaleó y hasta por los que, a buena hora, se fueron de su vida porque, al aminorarle el peso, lo dejaron nadar hasta la próxima islita.

Si sigue leyendo esto, es porque -aunque no esté seguro cómo – sabe que pasó un año que valdrá la pena contar cuando esté viejo y estirado (o arrugado, según su parecer).

Por muy mal que le haya ido, si lee esto es porque está vivo y eso quiere decir que algo hizo bien.

Una de mis mejores amigas se llama Esperanza. Cuando voy para un lugar desconocido, le digo que me acompañe. Ella se alegra cuando le digo que no me quiero perder en la ruta y que me es indispensable su compañía porque ella es la última que se pierde.

El chiste puede que no sea bueno, pero es verdad: si usted, probablemente contra muchos pronósticos, está aquí, es porque viaja con la vieja Esperanza. Con la del hincha que cree que este año sí, con la que tiene el que quiere dejar un mal hábito que -sabe- finalmente cederá. Con la que mantiene el que sale de su casa a trabajar o estudiar cada día o casi todo el que se va: la de volver.

Claro que, si lo bueno de esta chica es que no cobra por salir, siempre ve el mejor lado de cada quien y es la más optimista de todas, el peligro es que hay que estar atento y cuidarla para que no se aprovechen de ella. No falta el que se la quiera secuestrar para luego vendérsela en frasquitos, menjurjes o supuestos elíxires.

Sí, de Esperanza también se vive. Es más: con Esperanza se vive y, sin ella, parece imposible vivir. Y, reconózcalo, si usted está con vida es porque inteligentemente la lleva consigo y la saca a pasear, incluso cuando casi nadie cree en usted.

Así que, si aún duda en brindar por usted y sus logros, por lo menos brinde por lo que todos lo hacemos cada fin de año (algunos graciosamente atarugados de uvas, jadeantes de correr por el barrio con una maleta y ‘envueltos’ en ropa interior amarilla): por la esperanza de que el año entrante sea mejor.

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Agorafóbico desde un traumático episodio en su adolescencia, cuando fue perseguido por una horda de sicólogos y seguidores de Paulo Coelho, decidió ocultarse tras el anonimato y combatir todo lo que le huela a brújula editorial para la vida.

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