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Hong Kong skyline

Había llegado el momento esperado. Se cumplía la fecha subrayada en el porfiado calendario de las eliminatorias. Viernes 11 de Octubre. El tiempo, como siempre implacable hizo lo suyo.

Son las 3:30 p.m en Barranquilla y comienza el partido Colombia-Chile que definirá la participación de la selección nacional en el mundial. El Estadio Metropolitano es una caldera humana donde 60.000 hinchas alientan a su equipo con la esperanza de volver a la más grande competición después de 16 años. El árbitro da el pitazo inicial.

En ese mismo momento, a 38.000 pies de altura un vuelo comercial de United Airlines proveniente de Nueva York atraviesa el Polo Norte cortando camino hacia la China. Una pintoresca delegación colombiana de la que hago parte viaja en el avión. El propósito de la misión es conseguir productos a un mejor precio directamente de los proveedores del país que se ha convertido en la fábrica del mundo eliminando los costos de la intermediación. Escucho una voz que con acento familiar  me pregunta:

-¿Cómo irá a quedar el partido?-

Las respuestas brotan de los asientos y despiertan las emociones.  Los tripulantes colombianos se pasean intranquilos combatiendo el frío que busca instalarse en los pies. Se hacen todo tipo de conjeturas y análisis en voz alta. El bullicio contrasta con el silencio sepulcral de los tripulantes chinos que parecen no inmutarse. La fiebre mundialista se apodera de los pasillos. En un santiamén se organiza una polla.

-¿A qué horas es que llegamos a Hong Kong? -Me pregunta un compañero de la misión.

-El vuelo aterrizará a las 7:10 p.m. de mañana.- Le respondo.

Solo hasta esa hora se sabrá el marcador. La diferencia de horario juega con nuestras mentes. Intento dormir. Los minutos que pasan en la infructuosa búsqueda del sueño son eternos.

Finaliza el primer tiempo en Barranquilla. Colombia pierde 3-0 y los hinchas furibundos despotrican de los jugadores. Los más incrédulos abandonan el estadio y quienes pagaron precios excesivos por sus boletas se arrepienten de haber asistido. En el avión nada de esto se sabe.

En ese momento, cae la madrugada en Hong Kong. La ciudad del puerto perfumado nos espera mientras el avión cumple su trayecto por el aire sin afectarse por la rotación y la traslación de la tierra. Imagino la ciudad llena de rascacielos apenas rozados por la niebla. Miro por la ventanilla y pienso en los millones de habitantes que tiene China. Pienso que a pesar de que todos se parecen como las gotas que conforman el inmenso mar en su interior deben ser tan diferentes.

Comienza el segundo tiempo y Colombia juega mejor. A los pocos minutos la perseverancia de los hinchas quienes en una sola voz se han unido en un -Si Se Puede- encuentra finalmente su recompensa y Teófilo marca el 3-1.  Premio también al jugador más incisivo de la cancha. Reviven las esperanzas en Colombia.

El avión se sacude levemente y quienes no han podido conciliar el sueño buscan reacomodarse. Las luces del pasillo se han apagado y por la ventanilla se alcanza a ver gracias al reflejo de la luna un desierto infinito de hielo. Saco el itinerario de viaje e intento imaginar lo que me encontraré en el país del dragón. Entonces me pregunto: ¿Todavía sobreviven en China las tradiciones milenarias? ¿Aún se pueden ver pagodas o solo encontraremos edificios modernos? ¿La occidentalización es real, o no va más allá de un puñado de jóvenes que se pintan una cresta mona para emular a David Beckham?

Colombia juega mejor el segundo tiempo. Justo cuando los chilenos con truculencia intentaban frenar el ritmo del encuentro el combinado nacional descuenta. Falcao se reconcilia con la red con un cobro desde los doce pasos. Aumenta la euforia en el estadio.

Sirven la comida en el avión. El menú es un presagio de las dificultades gastronómicas que padeceremos  durante nuestra visita al gigante asiático. Entonces me sigo preguntando: ¿El comunismo es un yugo para sus ciudadanos? ¿Han alcanzado los chinos la felicidad prometida en el libro rojo de Mao?

Colombia empata en Barranquilla. Otra vez Falcao de penal. La mirada del tigre coincide con un certero cobro y a celebrar. El Metropolitano estalla de alegría. Después de unos minutos de trámite finaliza el encuentro y Colombia logra clasificarse nuevamente al mundial desde la ciudad más feliz del mundo. En el avión nada de esto se sabe.

Cumplidas 16 horas de vuelo entre Nueva York y Hong Kong el avión aterriza con la suavidad de la seda. Los colombianos prendemos nuestros celulares para buscar algún tipo de señal sin éxito. Al salir del aeroplano el piloto quien ya estaba al tanto de nuestra premura por conocer el resultado del partido nos da a conocer con señas el marcador. Ninguno se gana la polla. El cansancio vence la alegría. En esta ocasión el futbol es apenas un opio servido en te, del que apenas podemos probar un frío y desabrido sorbo. 

Twitter: @alfrecarbonell

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PERFIL
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Alfredo Carbonell (Barranquilla, 1981) estudió Derecho en la Universidad de los Andes y luego una especialización en Derecho de las Telecomunicaciones en la Universidad del Rosario. Hizo un curso de Relato Breve en la Escuela de Letras de Madrid. Trabajó en el Ministerio del Interior y en la Alcaldía de Barranquilla. Hizo una maestría en Políticas Públicas en UCL (University College London). Trabajó 3 años como Director de Asoportuaria y desde el 2020 trabaja en la Alcaldía de Barranquilla como primero como Secretario Privado y actualmente como Gerente de Desarrollo Social.

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