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A comienzos de los 90 ningún colombiano podía comer en el país una hamburguesa de McDonald’s o hacerse un sándwich con pan Bimbo. Era la época del proteccionismo y estas marcas aún no habían llegado a Colombia. Solo lo hicieron entre 1995 y 1996, cuando ya habíamos sufrido la apertura económica liderada por el entonces presidente César Gaviria.

A ese proceso se le denominó el “revolcón” y estaba encaminado a llevar al país a abrir su economía, a modernizar Estado e incentivar la privatización. Lejos de analizar las consecuencias negativas o positivas de estas medidas (para eso están los economistas) quiero tomar como punto de partida este contexto, donde también tuvieron auge las antenas parabólicas, un síntoma de aquella apertura hacía el mundo que Colombia buscaba a finales del siglo XX.

Así como el país estaba cerrado comercialmente, la televisión antes de la Constitución del 1991 era mayoritariamente controlada por el Estado, quien adjudicaba los espacios disponibles para la programadoras en solo dos canales públicos nacionales y no permitía la explotación privada del espectro electromagnético.

En el espíritu de diversidad de la nueva constitución se promulgó la ley 14 de 1991, que introdujo un cambio al permitir el manejo de la televisión por suscripción a privados (lo que se conoció como TV Cable) y la autorización a particulares para usar antenas parabólicas que podían captar señales de satélite y ponerlas a circular en conjuntos de apartamentos, centros comunales o municipios.

Esta ‘libertad’ audiovisual también permitió que surgieran proyectos de TV local y comunitaria, vitales aun hoy para muchas comunidades y que hicieron que el país sea hoy referente en este modelo de emisión.  A la par de este fenómeno, hubo una explosión de platones gigantescos en los parques de los conjuntos y barrios, así como en los descampados de los municipios. De hecho, para 1995 la desaparecida Comisión Nacional de TV calculaba que eran 15 mil las antenas funcionando en el país.

Esto fue posible ya que Colombia se encuentra favorecida por la órbita geoestacionaria, la cual la ubica justo en el lugar de tránsito de los satélites que rodean el planeta. Su posición le permite captar las señales internacionales libremente y así fue como nuestras pantallas se llenaron de imágenes mexicanas, peruanas, españolas, argentinas o brasileñas que circulaban por nuestros cielos. También esto dio pie a captar señales no autorizadas pagas, conocidas como señales ‘piratas’ de canales y que se usaban sin permiso, por ejemplo los canales estadounidenses.  En su momento ELTIEMPO informó sobre el cierre masivo de estas señales ilegales.

Gracias a esta avalancha de antenas parabólicas, la generación de los noventa amplió su cultura audiovisual, pues solo hasta 1998 llegaron los canales privados RCN y Caracol. Con esto no quiero negar la calidad de nuestras producciones en esta época sino que también reconozco una paternidad compartida de estos “hijos de la tele” con las televisoras extranjeras.

Entre el auge del internet, los servicios satelitales de TV y la mayor capacidad adquisitiva de los colombianos, el momento de las parabólicas se desvaneció, pues ya no eran una opción llamativa. Ya con las plataformas de streaming andado ahora son apenas un recuerdo.

Es muy probable que el deseo por comer en tal cadena de comida rápida o consumir cierta marca se haya instalado mucho tiempo antes en nuestro deseo, al haberlo visto primero en esas señales que llegaban de otros países. Y eso sin mencionar el acceso a muchas series, películas o telenovelas que aún en Colombia no se transmitían.

Por tales razones en los próximos post del blog escribiré sobre aquellos recuerdos que tengo de los canales de la ‘perubólica’ y quizás compartamos algunos o ustedes piensen otros más.

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Periodista colombiano, curador digital, zurdo e hiperactivo. Cine, gestión cultural, audiovisuales, periodismo y nuevas tecnologías, de eso se compone este sombrero de mago. CARPE DIEM pero, CAVE CANEM.

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