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Aquí comienza la historia en una de las calles de la Necrópolis más importante de Bogotá, llamada el Cementerio Central, que aunque llena sus espacios con tumbas de próceres, ex presidentes y algunos seres que han influenciado por épocas este territorio, también se compone de personas del común y familias enteras que decidieron crear sus propios castillos del más allá, para compartirlos con aquellos de su misma sangre que también se fueron de este mundo para no regresar jamás.

Hoy no serán los espantos, ni los muchos mitos que llenan de miedo a los visitantes del cementerio que actualmente hace rutas turísticas de ultratumba para los que tienen el alma encerrada en su cuerpo. Hoy es otra historia, una real, la de una mujer que por coincidencia del dolor llegó aquí para hacer de los muertos una familia y un sustento.

“Aunque mi madre me dio la vida, no me dio cariño. Y aun así cuando ella murió hace treinta años, yo decidí quedarme en este cementerio porque quería vivir aquí”, decía la sepulturera Marina Rubio de 60 años, quien aprendió por medio de su difunto esposo el oficio que se compone de poner lápidas, arreglar ataúdes, acomodar flores por un pequeño puñado de monedas y andar con una escalera de madera a cuestas de arriba para abajo para hacer un oficio que para muchos es miedoso, degradante, de gente frívola y para otros una forma de vida.

La satisfacción es lo único que ha motivado a ésta mujer que ni siquiera es aceptada por sus hijos: “Aquí donde usted me ve mis hijos a mí no me determinan, y los muertos se han convertido en mi familia”, mientras que miraba a los que considera a sus verdaderos primogénitos que desde siempre acostumbra a saludar golpeando en sus lápidas y gritándoles con mucha fuerza “hijos aquí está su mamá”.

Mientras que su balde con agua en el piso secaba sus bordes por cuestiones de viento y sol, ella relataba lo mucho que se debía respetar a un muerto y lo difícil que es la vida cuando se es un sepulturero, que por cosas de la evolución social ahora dice llamarse operario, como para que no suene tan cruel y tan despectivo.

“Soy muy detallista para mis trabajos y que me queden bonitos pa’ yo misma sentirme feliz. No me gusta que me quede mal y luego la gente me diga ‘mire eso como quedó de feo usted es una vieja ladrona’… siempre hay que ponerle creatividad”.

El negocio entre la vida y la muerte sencillamente ha sido el imaginario de Marina, donde como decía ella la muerte es un negocio, pues de ahí ha sacado durante todos estos años para darse una distracción o comprarse un pantalón; donde hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos, pues por muchos de los que estamos aquí hay otros ‘ahí debajo, y donde muchos se encuentran encerrados con sus cuerpos de manera subterránea lucrando a los que a sus alrededores logran algún buen billete.

Mientras que refunfuñaba por las administraciones anteriores, contaba las ironías del a vida y conversaba sobre la falta de trabajo por todo el territorio que les quitaron para construir un moderno parque, llegaba uno que otro convoy de seres vestidos de oscuro que salían del sol de la ciudad para meterse por un momento en el frío y la niebla que cubría el cielo, acompañados de lágrimas y difíciles recuerdos que muy pronto iban a ser escondidos dentro de una bóveda. “Mire, ahorita el negocio es más complicado porque por mucho se hacen unos cinco u ocho entierros diarios, cuando hace varios años se atendían por ahí unos cien servicios y las colas eran inmensas”.

Los ojos perdidos en la atmósfera mientras pensaba en las preguntas, fueron el precedente de tristeza en el alma, tal vez de rabia contra la vida por aquello que tuvo que pasar durante todos los años y la impotencia propia sumada a la de los demás que llegaban a llorar sus muertos.

“La muerte, me ha dejado la experiencia de ser huérfana tanto de padre como de madre, además de mis hijos que están vivos”, eran las únicas palabras que trataba de decir mientras tenía que tragarse el dolor y las lágrimas de lo más profundo de su alma y de sus sentimientos, que muchos tal vez creen que no tiene por andar entre la frivolidad de la cárcel del alma que generalmente para muchos se sana o se previene con cuadros de alcanfor.

Mientras tanto, por la calle principal la sirena sonaba y el muerto era llorado por todos sus acompañantes, quienes de manera pausada seguían el carruaje de miedo que se abría el paso por entre los edificios de concreto de esta fría ciudad.

“A veces podía llegar triste o enferma y los saludaba a todos ellos (los muertos), sentía que los que están aquí me abrazaban y me ponía muy contenta y se me quitaba todo”, era lo único que podía decir para tratar de quitar y limpiar aquellas lágrimas del pasado que cruzaron por su rostro y que en un momento a otro sacaron inesperadamente a la mujer sentimental que se escondía entre la fémina luchadora que mostró durante toda la entrevista.

El carruaje con su protagonista y los muchos otros que lo lloraban se perdió entre la multitud que aquel sábado hizo presencia en la ciudad llamada Cementerio Central, donde luego de encerrar en su nuevo hogar a aquel pedazo mortal, llegó la ida a la casa de ‘Inecita’, donde se iba a reunir toda la familia para tomarse un tintico que luego se convertiría en petacos de cerveza y borracheras hasta el otro día

La despedida no podía ser otra que decir mientras el sol se ocultaba en la otra ciudad, la de los vivos, que cuidaran a sus seres más queridos, y, que no se vinieran con mariachis ni dolores cuando ya estuvieran muertos: “Quieran a sus hijos y a su familia en vida, porque ya los cadáveres no vienen completos y solamente el cascarón es lo que se muestra… lo de adentro son palos, pues lo demás queda para los vivos que siguen luchando en esta tierra por su vida y esperan desahuciados un transplante en los hospitales”.

El gigante carro fúnebre salió vacío mientras otro con menos gente entraba, la multitud que acompañó al primer muerto se dispersó en buses y carros, y otros decidieron irse a pie posiblemente para sus casas, tal vez por respeto al duelo o porque no querían ir a tomarse el tintico donde ‘Inecita’. Y Marina la protagonista, se compró un ‘Choco Ramo’ y una ‘Manzana Postobón’, para calmar la sed y de paso tomarse unas onces dándole espacio de descanso a este su trabajo.

Nayith Triana Ramírez
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Somos un grupo de cinco jóvenes, estudiantes de Comunicación Social y participantes de la Red de Jóvenes de Código de Acceso (un proyecto de la Dirección de Responsabilidad Social de la Casa Editorial El Tiempo, Plan Internacional y la Fundación Rafael Pombo que busca dar habilidades comunicativas y sociales a jóvenes de 15 a 21 años), quienes desean encontrar espacios de 'libre expresión' para recuperar un poco la autenticidad y el sentido de la autonomía en el periodismo actual.

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