Ingresa o regístrate acá para seguir este blog.

Esta mañana tuve un agudo momento de frustración cuando me acordé que no le había dado plata a mi hijo para una feria que harían hoy en el colegio. ¡Soy una gue….! Decreté sin misericordia. Casi al instante, me sentí incómoda con el regañón que me había dado y esta escena compaginó perfectamente con el inicio de una columna sobre comunicación que voy a empezar a compartir a partir de hoy.

La comunicación es una dinámica que requiere cuidado y atención. Hablar, escuchar, responder, entender qué sucede más allá de las palabras. Ser conscientes de los movimientos del interlocutor, del ambiente, del día y hasta del clima, todo puede determinar cómo se entrega o se recibe un mensaje. La comunicación hoy incluso es más compleja. Si en un chat me escriben en mayúsculas ¿quiere decir que están gritando? Si escriben puntos suspensivos, o varios interrogantes o signos de admiración seguidos, ¿estarán desesperados? ¿Y qué tal los emojies? dependiendo de la calidad de la visión hay unos que se ríen o lloran, por no hablar de otros tantos a los que se les pueden atribuir múltiples significados.

En esta primera columna sobre las palabras, los gestos, los silencios y las formas de comunicarnos en general, quisiera empezar por el diálogo más genuino e importante que tenemos en la vida: la conversación con nosotros mismos. Y aunque podamos caricaturizar las voces que salen de nuestra cabeza para respondernos desde el otro hemisferio, o desde el corazón o la divinidad interior como le dicen los mindfulnistas y la nueva ola del autoconocimiento, debemos tomarnos muy enserio esas conversaciones que suelen ser tan duras. Sin filtro nos decimos, ¡qué tonto! ¡Soy un @$6(£%‎ = ! Aunque por supuesto también están esos maravillosos momentos, muchos menos, de idilio en los que nos adulamos y decimos cosas como: me lo merezco, para eso trabajo.

Otro diálogo personal, muy frecuente, es el que aparece en las mañanas cuando apenas estamos entendiendo que inicia un nuevo día y que viene una larga lista de tareas por cumplir. Y dependiendo si decides empezar en modo contemplativo o en modo adrenalina, aparecen mil preguntas cuando arrancan los malabares de la cotidianidad. Pero no siempre el dialogo interno es un dolor de cabeza. También es necesario. Ahí en esa conversación entre yo y yo, se toman las decisiones más importantes de la vida como por ejemplo si busca trabajo o se queda dónde está, si se va de vacaciones o ahorra, que estudia, cuantos hijos tener, ¿qué postre comer? Es clave estructurar ese diálogo interno con lecturas, hablando con gente a la que le crea, escribir lo que piensa. Haga que esa conversación diaria valga la pena, póngase a prueba y sea una persona interesante para usted mismo. Piense en el provecho que le podría sacar a una persona estructurada viviendo en su cabeza.

Así que, el diálogo con nosotros mismos, las voces que aparecen y desaparecen, las auto preguntas y auto respuestas, ¿Cómo son en su caso? ¿no muy amables?, y ¿Qué pasaría si frenamos en seco ese rudo diálogo interno, intentamos quitarle el juicio y nos evitarnos el regaño que nos íbamos a ganar? Tal vez algo cambiaría. Si las palabras tienen efectos en interlocutores externos, si podemos cambiarle el día a alguien con lo que le decimos ¿qué podría desencadenar en nosotros si nos hablamos con bien?

Compartir post