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A propósito del 25
aniversario del Año de las Masacres -1988-, comparto una cadena de reflexiones
sobre violencia y memoria pública.

violentología.jpgLuego de leer el artículo publicado en El Espectador sobre la violencia paramilitar –masiva e indiscriminada– que hizo que 1988 se recuerde ahora como el Año de las Masacres, pensé en las tres estatuas que, once años después, en 1999, fueron erigidas en el centro de Montería, Córdoba: son un campesino y un soldado sosteniendo una paloma, el cuerpo de Jesús asomándose en medio de ambos. Las tres estatuas conforman el llamado Monumento a la Paz y, según afirmó Carlos Castaño en Mi confesión, “invita a los ciudadanos a convertirse en paramilitares”.

 

Entonces recordé el derecho de petición que en el 2011 envió el representante Iván Cepeda a la Alcaldía de Montería, solicitando que el monumento fuera demolido. “Bajo ninguna circunstancia deben existir homenajes públicos a grupos armados causantes de tanta violencia, muerte y dolor en el país”, escribió en su blog. “La existencia del Monumento a la Paz ofende a las víctimas de crímenes de lesa humanidad que continúan perpetrando estos grupos en zonas que siguen bajo su control”. Pero la Alcaldía se negó a demoler el monumento, afirmando que efectivamente representa paz y un rechazo a todo tipo de violencia.

 

Como las tres estatuas siguen en pie; como se cumplen 25 años de las primeras masacres perpetuadas por la casa Castaño; como RCN acaba de estrenar Los tres Caínes, una telenovela sobre los hermanos Castaño; como nuevos grupos paramilitares han surgido en Córdoba a pesar de la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia durante la administración de Álvaro Uribe Vélez; como esos grupos neoparamilitares fueron acusados de asesinar a 562 personas en el 2010 y siguen siendo acusados de cometer atrocidades; como continúan formándose grupos neoparamilitares; y como el país ha estado proyectando desde hace varios años, tanto nacional como internacionalmente, la idea de que el conflicto se ha superado en una gran medida, empecé a pensar en nuestra violencia y memoria pública: en la manera como podríamos entroncar el pasado de Colombia, tan doloroso y atroz, con su difícil presente.

 

Éste fue el hilo de pensamientos:

 

  1. En principio creo que los monumentos que ya han sido erigidos para honrar a los victimarios de un pueblo –la estatua de un dictador, por ejemplo, o el propio Monumento a la Paz– no deben ser demolidos sino resignificados; y esto, desde una intervención artística. El obelisco del malecón de Santo Domingo, República Dominicana, es un buen ejemplo de esta posibilidad. Levantado originalmente en honor al dictador Rafael Leonidas Trujillo, el monumento es actualmente un homenaje a las hermanas Mirabal, que militaron contra la dictadura, gracias al trabajo pictórico que el artista Dustin Muñoz hizo en la propia estructura. La obra se llama ahora “Alegoría a la Libertad” y pasó de simbolizar la opresión a representar la lucha contra la opresión. El obelisco contiene una parte importante de la historia reciente de la isla: recuerda uno de los regímenes más cruentos del siglo XX pero también la lucha contra el mismo. Honra a las víctimas y señala al victimario. Abraza el pasado; lo acepta. Dice: “Esto existió, esto ocurrió. Hubo una dictadura, y aquí, un monumento a un dictador”. Pero también recalca que muchos murieron militando contra el régimen.

2. Y entonces pensé que en ese obelisco hay una narrativa: que al mirarlo se mira la cadena de datos del pasado, que es doloroso y sombrío, al tiempo que se mira el intento de remediarlo y redimirlo.

3. Pero me pregunté si la “Alegoría a la Libertad” es, en efecto, una manera de enfrentarse al pasado –y si es verdaderamente un medio para hacer las paces, desde lo individual y desde lo colectivo, con lo vivido. Me pregunté si el obelisco despierta en los dominicanos la voluntad de “detenerse y despertar a los muertos y recomponer lo despedazado” (la cita es parte de la teoría sobre la alegoría de Walter Benjamin).

Es decir, me pregunté si el obelisco, al volverse parte del paisaje, un elemento más del malecón, deja de narrar el pasado de la isla –el horror vivido y enfrentado.

4. Buscando respuestas posibles llegué a En busca del tiempo futuro, del académico alemán Andreas Huyssen. Al subrayar que hoy hay pueblos enteros convertidos en museos, él advierte con preocupación que el mundo se está “musealizando” al tiempo que recuerda que la memoria “siempre es transitoria, notoriamente poco confiable, acosada por el fantasma del olvido; en pocas palabras: humana y social”. Y agrega que la memoria pública está sometida al cambio político, generacional e individual: “No puede ser almacenada para siempre, ni puede ser asegurada a través de monumentos”.

Pero Huyssen aclara que “peor que una memoria ritual (como la de los monumentos) es no tener memoria”. Por eso se pregunta cómo podrían asegurarse, estructurarse y representarse las memorias locales, regionales y nacionales.

5.Pensé que en Colombia ni siquiera hay memoria ritual. Que no hay un día feriado en conmemoración de todos los muertos que ha dejado el conflicto. Que no hay un gran monumento nacional que intente narrar nuestro pasado –el horror vivido y enfrentado.

6. Así que me pregunté cómo se puede estructurar y representar el pasado de Colombia –es decir, la violencia– considerando que los monumentos no logran asegurarlo ni contenerlo. ¿Cómo se puede representar la violencia –la guerra, las masacres– en tanto memoria pública?

7. Y llegué al ensayo de Simone Weil sobre La Ilíada: El poema de la fuerza. En ese texto, Weil expone que el verdadero protagonista de la guerra es la fuerza, y que la fuerza es “ese algo” que vuelve cosa a cualquiera que esté sujeto a ella. Evidentemente vuelve cadáver, materia inerte, al hombre asesinado, pero también vuelve cosa al hombre petrificado –“convertido en piedra”– por el horror o por la inminencia de su muerte (Weil dice que, en ese caso, el hombre sufre una transformación extraordinaria: se vuelve una “cosa con alma”). Pero la fuerza no sólo destruye a la víctima sino que intoxica al victimario: produce en el alma de quien la ejerce la misma tiranía del hambre porque “posee el poder de la vida y el poder de la muerte”.

En la guerra, entonces, y desde el momento en que empiezan a dispararse las armas, los hombres pueden transformarse de dos maneras, según Weil: o quedan disminuidos a materia inerte, que es la pasividad absoluta; o quedan disminuidos a la fuerza ciega, que es puro ímpetu, momentum.

8. Y de nuevo la pregunta: ¿Cómo se puede representar la violencia en Colombia –la guerra, las masacres– en tanto memoria pública? Los monumentos y feriados se quedan cortos, también las obras de arte, los libros, las películas, los documentales –por brillantes e iluminadores que puedan ser, todos son atisbos del horror. Ya ni hablar de las telenovelas.

9. Entonces pensé en nuestro presente: en la masacre de Buenaventura, en los cinco cuerpos encontrados recientemente en Puerto Claver, en los homicidios múltiples que se han ejecutado en lo que va del año. Y pensé en nuestro pasado: en la Masacre de las Bananeras. En el Año de las Masacres. En El Salado, Vegachi, Mutata, Segovia, Mapiripán, El Retiro, Miraflores, Tocaima, Dabeiba, Ituango, Riosucio, Sabanalarga, Barrancabermeja, Ciénaga, San Carlos, Remedios, Puerto Gaitán, Yolombó, Curumaní… (Y en el horror de estos puntos suspensivos).

10. Pensé que lo único que realmente asegura la memoria del horror es el horror mismo: la violencia, entonces, como memoria y como presente. O la violencia presente como memoria de toda violencia anterior.

Pensé que la masacre permanente es la memoria pública de Colombia: que los hombres vueltos cosas –transformados en cadáveres por la violencia o petrificados por el miedo– son, por un momento, la memoria del horror, como lo son los hombres que están matando, enceguecidos por la fuerza, vueltos ímpetu.

Pensé que todos –los perpetuadores de las masacres, los asesinados y sobrevivientes horrorizados– fueron, por un momento, monumentos en sí mismos, hombres vueltos piedra. Que, por ser monumentos, dejaron de representar el horror en un momento dado: cuando bajaron las armas, cuando el miedo dejó de paralizarlos, cuando fueron sepultados. Que el recuerdo del horror volverá con la próxima masacre, cuando otros asesinados, sobrevivientes petrificados y asesinos se transformen en monumentos. Y que Colombia es, pues, en sí misma, un monumento a sí misma; la memoria del horror cíclico, de la tragedia incesante.

En Twitter: @GiuseppeCaputoC

Todas las entradas del blog Monstruos, aquí.
Fotografía: Tomada del libro Violentología. Un manual del conflicto colombiano, de Stephen Ferry. 
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PERFIL
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Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982) estudió Periodismo en la Universidad de la Sabana y luego Literatura en la Universidad de Barcelona. En mayo de 2012 se graduó de la Maestría en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York. Su primera novela, aún inédita, se llama "Mundo huérfano". Tiene dos poemarios: "Jardín de carne" y "El hombre jaula". Entre el 2007 y el 2010 trabajó como director de comunicaciones de editorial Alfaguara. Actualmente colabora con diferentes publicaciones colombianas como Arcadia y Diners, con la línea de libros electrónicos de Prisa Ediciones y con la agencia literaria Indent.

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