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*Por Víctor Saavedra

CoronApp salva vidas. Tiene como referentes los mejores casos del mundo, como Singapur… Y sin embargo, el director de Servicios Gubernamentales Digitales de dicho país y cabeza del proyecto Trace Together (su aplicación, puesta como referencia por nuestro gobierno) nos advierte contra el exceso de confianza en la tecnología. Pero antes de comenzar, para evitar malentendidos, esta no es una columna sobre CoronApp, pues por desgracia la información que se está dando es ínfima e incompleta (recomiendo sobre esto la columna de la directora de Fundación Karisma).

EFE/ EPA/ Fredrik SandbergTampoco es una crítica al Gobierno con relación a dicha aplicación. En su lugar y para zanjar el tema, os propongo que paréis de leer un minuto y pongáis en una lista todo lo que sepáis que hace CoronApp, cómo lo hace exactamente y cómo eso ayuda que salgamos de esta lo menos mal posible. No es un ejercicio tan fácil.

En lugar del Gobierno o de una aplicación, hablemos de certezas en estos tiempos de incertidumbre. Recurramos a lo más simple, quizá obvio para muchos, pero también lo más firme, como base para navegar estos tiempos de pandemia. Primera idea: la tecnología no nos va a sacar de esta. Es tan extendida la idea de que los despliegues tecnológicos son eficaces y sin fisuras que hasta se le ha puesto un nombre, “tecnosolucionismo”. Sí, las tecnologías digitales avanzan a velocidad de vértigo pero no por ello pierden su naturaleza instrumental. Y como todo instrumento, funcionan mejor o peor para una u otra cosa, en uno u otro contexto y, en todo caso, con limitaciones. ¿Y qué nos aporta esta primera idea? La actitud de escepticismo ante mensajes grandilocuentes de salvación digital y el deseo de saber más.

Segunda idea: las iniciativas tecnológicas, fuera quizá de algunos espacios estrictamente académicos, no son comprensibles sin un qué, un cómo, un por qué y un contexto específicos. Ahora perdonadme el símil simplista, pero creo que tiene sentido: “Voy a usar un martillo para colgar un cuadro”. Dejadme adivinar, en vuestra cabeza habéis visto claro el qué, que no es colgar el cuadro en sí sino clavar una punta, y el cómo, golpeando con fuerza medida la punta perpendicular a la pared. ¿Por qué? Porque una punta puede aguantar un cuadro de modo más eficientes que, por ejemplo, pegarlo en la pared, que dificultará incluso quitarlo después. ¿Y el contexto? Estáis viendo la pared, seguramente una habitación o incluso a vosotras o vosotros mismos o alguien conocido realizando la misma acción.

“Voy a usar una aplicación móvil para controlar la evolución de la epidemia”, ¿qué veis en vuestra cabeza?, ¿qué va a hacer la aplicación exactamente?, ¿cómo?, ¿por qué eso y no otra alternativa? Quizá la única claridad es que la realidad social en la que va a actuar es más compleja que una pared. ¿Y qué sacamos con esto? Las tecnologías digitales son más complejas, más versátiles, con más alternativas y en contextos más ricos que un martillo, así que no podemos aceptar mensajes tipo “usaré el martillo para colgar un cuadro” porque se nos puede colar algún “usaré el martillo para cambiar el canal de la televisión”.

Última idea: ¡me martillé el dedo! Y también las iniciativas de tecnologías digitales tienen riesgos a considerar. Riesgos que pueden ser a corto plazo, como una afectación precisa a nuestra privacidad; o a largo, el establecimiento de prácticas de vigilancia masiva (en nuestro caso, un riesgo actual para periodistas y otras “personas incómodas”); intencionales, nuestros datos como fuente de lucro; o no intencionales, ese defecto de seguridad que aprovechó algún malintencionado. Pero riesgos que hay que sacar a la luz para solucionar lo que se pueda y mitigar los efectos de aquellos con los que tengamos que convivir. ¡Vale! Usaré un símil más elaborado que el del bricolaje, pero en forma de ejercicio especulativo: ¿cómo estaríamos si no conociésemos el fenómeno de los fake news y la desinformación en las redes? No es que estemos ahora excelentes al respecto, pero estaríamos mucho peor sin saber de su existencia. ¿La conclusión? Si no nos la dicen directamente, tiene que estar disponible y de fácil acceso la lista de riesgos, con su nombre y apellido, así como las medidas tomadas para solucionarlos o, en su caso, mitigarlos.

Como decía, el objetivo de esta columna es volver a las bases. ¿Y esto como va? Imaginemos que somos ciudadanos de Palombia (no esa que estáis pensando, esta) y el Gobierno nos indica, ante la amenaza del GorroBacteria-91, que nos salvará con una inteligencia artificial de big data con blockchain (¿habéis entendido? Yo tampoco). Mi propuesta sería fruncir el ceño y decirle al Gobierno “cuéntame más, cuéntame cómo, cuéntame qué quieres hacer exactamente, cómo lo vas a hacer, por qué eso, cómo nos llevará al objetivo, qué riesgos hay y cómo los vamos a evitar. Cuéntame más y de modo que lo entienda. Dame información pertinente y de modo comprensible. Sé transparente, trátame como ciudadano inteligente”.

Vayamos cerrando, las tecnologías digitales, cada día más complejas, se integran en procesos políticos de modo creciente y que parece que no tiene vuelta atrás. O mantenemos la comprensibilidad de estas iniciativas o cada proceso político en el que se integren se irá escapando de la ciudadanía, de nuestra capacidad crítica, de nuestra función de participación y control. Y de esto no se salvan los decisores públicos y los políticos, para los cuales la complejidad es la misma que para el resto de mortales y que deben aceptar con humildad sus limitaciones. Volviendo a las bases, la conclusión es clara si observamos esta vorágine desde abajo: las tecnologías digitales suponen un futuro de posibilidades apasionante, pero o las acompañamos de más transparencia, más información, más comprensible y aún más transparencia o empezamos a olvidarnos de la democracia. Así de cruda la elección, así de complicada la libertad. ¿Que yo qué elegiría? Confianza, sí; ciega, nunca; cuéntame más, háblame de martillos.

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Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad / Center for the Study of Law, Justice and Society. We work to promote human rights in the Global South.

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-->Tequilera, bar tender, lavaplatos, cocinera, mesera, estos son muchos de los trabajos de primera línea a los que se puede enfrentar un inmigrante, iniciando su nueva vida en Canadá. Así lo hice yo.

¿Devolverme a Venezuela o quedarme en Canadá? Esa era la pregunta que retumbaba en mi cabeza mientras ese ángel que encontré en Migración hacia mi aplicación, la cual me permitió como estudiante de idiomas y con mi nuevo status llamado Destitute Student (‘Estudiante Indigente’) conseguir una visa de trabajo Después de pensarlo por tres días, decidí quedarme a trabajar en Canadá para poder pagar mis estudios y como decimos los venezolanos’’echarle bolas’’, porque definitivamente en esta vida no se escoge dónde se nace, pero sí dónde vivir.  Bienvenidos a la segunda parte de mi historia, donde les presento un momento fundamental de mi pasado y mi presente en este país. Debo confesarles que nunca pensé que fuese a ser tan difícil, pero ahí estaba yo, aventurándome a un mundo desconocido, con el único objetivo de reunir, en poco tiempo (4 meses), el dinero para pagar el cincuenta por ciento (15.000 CAD) de mi maestría, pero no solo eso, debía pagar también la renta y mis gastos personales y lo sé, suena descabellado, pero lo asumí con mucha planificación y meticulosidad.
’’Uno nunca sabe lo fuerte que es, hasta que en realidad tiene que ser fuerte’’
Conseguí el primer trabajo de mi vida. Este quedaba en el Viejo Puerto, una zona muy turística de Montreal. Allí aprendí lo que es ser multitask: servir diferentes tipos de cervezas, hacer pizzas, fajitas, poutine, alitas de pollo, hamburguesas, de todo. No era mi único trabajo, tenía que reunir el dinero suficiente, así que de domingo a domingo y durante esos meses mi rutina se resumía en: tomar órdenes, cargar montañas de platos y limpiar baños como a muchos inmigrantes nos toca al inicio. 
’Y es que en las adversidades es donde nacen nuevos guerreros’’
Creo que jamás en mi existencia he trabajado tanto. No tenía más vida: todas las tardes salía del Viejo Puerto, a iniciar mi siguiente turno en un restaurante italiano en el que más que salario trabajaba por comida. El dueño amablemente me brindaba lo que no se vendía y así yo podía ahorrar gastos. Ese señor se convirtió como en mi abuelo, mi abuelo italiano.
 
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Además del trabajo, yo seguía estudiando francés todas las mañanas hasta el mediodía. Al terminar el verano comencé el máster. Un año más tarde, me gradué de abogada en Derecho Internacional de Negocios, LL.M de la Universidad de Montreal, con un GPA de 3.8, demostrándome que en mi vida no habría obstáculos más grandes que mis ganas de crecer y de superarme. Inspirada en esto, apliqué a la Residencia Permanente.  Al cabo del tiempo, empecé nuevos estudios, pero esta vez, en Inmigration consulting y logré culminarlos también. La vida comenzó a sonreír un poquito más, después de tantos sacrificios, todo estaba dando los mejores frutos. En medio de esta travesía, comprendí que no estaba sola en esta situación, ni era la única con un sueño por cumplir. Somos miles de migrantes a diario dejando todo atrás y buscando una mejor vida, así que algo detonó en mi cabeza, era el momento de que Eddy Ramírez pusiera en práctica sus estudios, experiencia y todo lo que aprendí de mi mamá.  Finalmente, llegó el día de materializar y darle vida a esta Tierra de Inmigrantes.    Continuará… Con amor, Eddy.   

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