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En la entrega anterior hablamos sobre los perfiles más comunes de una relación tóxica, hoy hablaremos de un concepto fundamental para comprender una relación tormentosa: la idealización inicial.

Decía Shakespeare que el amor es ciego y no hay mejor ejemplo para explicar sus versos que la idealización de las primeras citas. Han sido muchos los estudios científicos que concluyen que la idealización o el enamoramiento suele durar solo algunos meses, luego de este lapso es que empiezan a manifestarse los primeros desencuentros y, con ellos, el drama que tanto nos gusta. 

En la idealización inicial apenas han empezado a manifestarse algunos rasgos de la parte dominada y de la parte dominante, estos perfiles se definirán mejor cuando, por medio de los primeros encuentros sexuales, la relación tóxica pasa de la idealización a un constante estado de frustración. Pero antes del drama existe un pequeño amago de felicidad. El primer beso, el primer encuentro sexual, los mensajes que releemos una y otra vez antes de quedarnos dormidos con una sonrisa estúpida… el amor. Las parejas inteligentes son estables e intentan enamorarse no de esta primera apariencia que se diluye con el tiempo, sino de aspectos fundamentales que les garanticen estabilidad emocional; sin embargo, nosotros, los conflictivos, sí que sucumbimos a los espejismos de las primeras citas, y es gracias a esta idealización que sacamos fuerzas cuando no las tenemos para soportar todo el peso de la realidad que nos aplasta luego de que nos despertamos de ese sueño mágico.

En efecto, nos enamoramos porque vemos en la otra persona un ideal de amor. Dicen los expertos que hay muchos factores biológicos y hereditarios que entran en juego a la hora del enamoramiento: por ejemplo, dicen que los hombres nos sentimos atraídos por las mujeres de senos grandes, pues esto nos hace creer que son buenas productoras de leche, lo que garantizará una descendencia sana y fuerte; mientras que las mujeres se fijan más en hombres de huesos grandes y espaldas anchas que les garanticen protección a ellas y a sus hijos… Pero la biología no es el único factor de esta ecuación, hay variantes fundamentales impuestas por la cultura que nos permiten definir al amor como una construcción social. En términos de Burdeau esta construcción social está determinada por nuestras costumbres, el entorno, la religión, etc. 

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Así, en estos tiempos inmediatistas y superficiales, lo que menos cuenta a la hora de enamorarnos es que sea de una persona de buenos sentimientos, sino que basta con que se ajuste a un arquetipo físico y social que hemos diseñado en nuestra mente con los años: de hecho, un verdadero fracasado confunde la atracción sexual con el amor. He ahí la clave para empezar mal. 

En esos términos, un hombre básicamente busca una mujer atractiva, en lo posible que tenga un nivel sociocultural inferior al de él, que trabaje pero que gane menos dinero, que no tenga una inteligencia deslumbrante pues esto podría opacarlo, que no sea experta en la cama pero que sea curiosa, y en fin, que cumpla con una serie de estupideces que nos han vendido los comerciales de toallas higiénicas y las películas de Disney. Mientras que las mujeres buscan a un hombre interesante, intrépido, seductor, que tenga poder y por supuesto, que siempre pague la cuenta, como esos hombres fascinantes que protagonizan comerciales de perfumes o comedias románticas.

Como usted se dará cuenta, estos perfiles se complementan perfectamente: en muchos comerciales y en películas hemos visto que el hombre seductor enamora a la mujer atractiva, la monta en su carro deportivo, le da regalos costosos… y ella cae rendida ante la masculinidad entre comillas de su hombre. Lo que pasa es que los comerciales y las películas terminan pronto y no sabemos qué es lo que se viene después, y no nos interesa, porque como buenos consumidores de los medios masivos no nos gusta ver más allá de lo que nos muestran. 

En fin, el caso es que la publicidad es poderosa y, de manera inconsciente, buscamos a personas que se adapten a esos prototipos descritos anteriormente, aunque en el mundo real haya que hacer severas adaptaciones de lo que vemos en televisión porque no somos ni tan atractivos ni tan poderosos como en los comerciales, pero así funciona el amor tóxico y es de esta manera que conseguiremos que nuestra relación sea dolorosa y conflictiva.

Aterrizando de nuevo en la idealización de las primeras citas, lo que intentamos es adaptar a la persona que acabamos de conocer al modelo de hombre o mujer que buscamos, que no es el que en realidad buscamos sino el que creemos que buscamos. Por eso a los hombres nos afecta tanto ver a una mujer exitosa, a tal punto que puede anularnos completamente y preferimos buscar a una que sí podamos dominar (sin querer decir con esto que en todos los casos somos los hombres los dominantes, aunque claramente, la cultura machista lo dicta así), de la misma manera que a una mujer le espanta un hombre que no pague la cuenta en la primera cita o que no la recoja en su casa porque no la está tratando como a la princesa que (cree que) es.

Cuando nuestros prejuicios por fin logran encontrar a alguien que nos dé la talla empieza la idealización, la etapa más empalagosa pero a la vez más importante de una relación conflictiva, momento en el que pensamos que hemos encontrado por fin al amor de nuestras vidas y que no hay otra persona en el mundo que pueda reemplazarlo. 

La pareja que recién está empezando su relación conflictiva piensa que todo es perfecto así su entorno huela a fracaso; esta extraña sensación de que todo está bien cuando nos hundimos en el fango del sufrimiento es lo que causa tantos desencuentros con familia y amigos, que al ver la situación desde afuera lo menos que pueden hacer es advertir lo que se avecina. Por ejemplo, si una buena amiga se mete con un hombre que a todas luces es una mala persona, mi deber es decírselo para que trate de despertar de su trance, pero ella, contaminada por el virus de la idealización, preferirá romper nuestra amistad de años antes que admitir que su novio es una atarván.

La idealización cumple con una función muy importante: construir puentes indestructibles en la relación que garanticen que a pesar de todo lo que se venga, la felicidad y la plenitud de esos primeros días pueden regresar a la pareja. Es decir, cuando se rompe la burbuja de la idealización los amantes sufren la nostalgia de querer volver a ella y van a buscar hacerlo a cualquier costo, aunque obviamente, jamás habrá un resultado positivo. Esta idea anterior tiene mil formas de parafrasearse en las discusiones de parejas conflictivas que podrían resumirse en frases como “¿si ya fuimos felices por qué no podemos volver a intentarlo?” o la popular “¿por qué no puedes volver a ser el hombre del que me enamoré?” La respuesta siempre será simple y contundente: no podemos volver a ser felices porque realmente nunca lo fuimos, no hubo amor de verdad, solo un enamoramiento pasajero, una idealización inicial. Esta patética versión del eterno retorno de Nietzsche es la que nos permite ser tóxicos.

En la próxima entrega estaremos hablando sobre los primeros encuentros sexuales.  Si no quiere esperar hasta el próximo miércoles, aquí puede leer el manual completo. 

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