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 A todo el mundo le parece perfectamente normal que en sus
oficinas les exijan que “se pongan la camiseta” es decir, que aparte de hacer
su trabajo bien hecho, no digan nada que comprometa la imagen de la empresa.
Dicho así, parece que está muy bien, pero no se queda en ese punto. De hecho se
trata de una exigencia que, sin que nos demos cuenta, ha permeado la forma en
que vivimos y concebimos nuestro trabajo, haciéndonos muchas veces sujeto de la
empresa que nos ha empleado, como si nos estuvieran haciendo un favor y no nos
ganáramos nuestro sueldo debido a nuestras cualidades y experiencia, sino a
nuestra capacidad de permanecer conformes y callados. Ritalina empresarial para
todas las dependencias.

 No importa si “hablar mal de la empresa” es en realidad
hablar de cosas importantes, que de ninguna manera vulneran a las entidades,
porque incluso la exigencia de mejores condiciones de trabajo es considerada
una crítica destructiva. No que lo sea, simplemente que bajo ese rótulo es más
fácil desechar las peticiones, por justas que sean. El problema con el poder es
que requiere de quienes lo ostentan que deriven una gran porción de sus
esfuerzos a conservarlo, en vez de usarlo para bien. Dicho en cristiano, si
eres el jefe es más fácil atemorizar a tus empleados o invitarlos amablemente a
ponerse la camiseta, que ponerles atención.

Ilustración camiseta.jpg

 Hay empresas que están revisando el Twitter y el Facebook de
sus empleados permanentemente y les hacen llamados de atención basados en lo
que ven, o leen.
  Siendo que la redacción
de contratos se ha encargado de validar hasta las más insignificantes
injusticias en el mercado laboral colombiano, no vale la pena preguntarnos si
se trata de una conducta legal (no lo es cuando vulnera derechos fundamentales),
pero ¿Es justo, acaso?

 Y fuera de eso, se convierte en un elemento generador de
ansiedad, que corta la creatividad de la gente en su trabajo y por supuesto,
sus posibilidades de felicidad, que siempre estará ligada a la percepción de un
entorno que respeta la autonomía. La gente a estas alturas de la vida sigue
pensando que la creatividad es cosa de unos pocos excéntricos, sin darse cuenta
de las dosis de inventiva que requiere, por ejemplo, sobrevivir en un país como
Colombia.

 A todo el mundo se le olvida que la valentía y la franqueza
son virtudes, en contraste con la cobardía y la hipocresía, que son defectos.
Porque claro, hay momentos en los que a nadie le conviene la franqueza o la
honestidad, o mejor: a todo el mundo le parece maravilloso que uno sea honesto
o valiente, hasta que uno es honesto o valiente con ellos.

 Nadie está pensando en hacer las cosas bien, sino en que se
vea bien todo lo que hacen, finalmente para eso sirve el poder, para regañar al
que te critica en vez de tener que poner atención a lo que se está diciendo.
Porque como nos están haciendo un favor al emplearnos y evitar que nos vayamos
a vivir debajo de un puente, nadie se fija en las razones por las cuales uno
está en el trabajo en el que está. Y sí, efectivamente hay mucha gente que está
en su empleo simplemente por hacer algo, para no morirse de hambre. Pero este
sistema basado en la infelicidad de las personas solo puede hacernos
miserables. Y además serviles, como si fuera poca cosa.

 Tal vez a usted le parezca que esta es una entrada de blog
irrelevante, pero piense hasta qué punto está dispuesto a convertirse en un
apéndice del sitio en el que trabaja. Piense cuántas veces en la vida su
empresa exige de usted una lealtad injusta e innecesaria, en vez de pedirle que
haga bien su trabajo todos los días y de esa manera enaltezca el nombre del
sitio que lo 
contrató, basado en unos méritos de los que nadie puede dar
cuenta, salvo usted. Piense, por ejemplo en lo que le pasó a Claudia López por
criticar a El Tiempo en su columna de opinión hace unos años.

 Piense bien cuánto vale su trabajo, en contraste con lo que
vale el tiempo que pasa por fuera de él, el precio de su libertad. Haga un
cálculo sencillo antes de pensar si se pone la camiseta contra viento y marea,
o si de vez en cuando resulta sano para todo el mundo que usted patee la
lonchera como Dios manda. A veces la lambonería se paga más cara que la
honestidad.

 

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PERFIL
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Artista plástico sin diploma, actualmente ejerzo como: presentador de TV, crucigramista para periódicos en Barranquilla, organizador de fiestas, diseñador gráfico, columnista, profesor de dibujo, escritor de libretos y parte del equipo de El Pequeño Tirano.

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