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Un hueco en el estomago y el ojo aguado, lo cual no es raro por estos días, me suscitó un video de el último de avión de Avianca que salió de El Dorado, el aeropuerto de Bogotá, por el cierre de operaciones que anunciaron la semana pasada debido a la pandemia. Son muchas las aerolíneas afectadas por la covid-19 en el mundo. Aquí en Estados Unidos, dicen que aun con el estimulo de 58 millones de dólares aprobado por el Congreso, les quedará bien difícil salir adelante. ¿Pero quien no se verá afectado por esta catástrofe?

En fin, mi tema hoy no apunta la economía, sino al corazón, porque ese video me hizo pensar lo que representan los aviones y los aeropuertos para los expatriados en muchos países, para quienes como yo salimos de nuestras tierras, no importa si hace mucho o poco. Ver a la gente con velas despidiendo un vuelo me llega al alma. Sé de parejas que se quedaron uno aquí y otra allá y de repente se cerró la posibilidad de ir, de volver, de estar juntos y eso crea más incertidumbres. Claro que entiendo: es un tema prioritario por salud, una necesidad y será temporal. Pero no poder ir a mi país en estos momentos me angustia y no porque tuviera nada planeado para estos días, porque el hecho crea una zanja, una lejanía, un imposible. Para uno no viajar no implica simplemente no poder salir de vacaciones, significa no poder ver a los suyos, se ahondan las distancia, un poco como si te cortaran las raíces.

Independientemente de las circunstancias actuales, uno, como emigrante, establece una relación de amor y odio con vuelos y aeropuertos. Son espacios importantes en nuestra vida de cambios y transiciones. En un aeropuerto, el de Miami, vi por ultima vez a mi papá, por ejemplo, nunca olvidaré su despedida, su ultimo cigarrillo, ese adiós que nunca imaginé iba a ser para siempre porque dos días después fallecería de un infarto en Bogotá. También, en un aeropuerto, el de aquí de El Paso, mi esposo recibió la triste noticia del fallecimiento de su padre, cuando apenas regresaba de su viaje y le tocó volverse a embarcar de regreso. El Dorado, el de Bogotá, representa la alegría de volver, los parientes por las ventanas saludando, pero también las lagrimas de las despedidas y el sentimiento de desolación en la cola de inmigración porque el tiempo pasa siempre tan rápido, no importa si fueron días o semanas y uno tiene que retornar a su rutina.

Cuando partimos la primera vez quizá fueron muchos a despedirnos, las maletas iban sin duda llenas de ilusiones, pero también quizá a reventar, todo muy milimétricamente empacado con la ayuda de la cuñada o la prima que se declararon expertas en el tema y que supieron rellenar cada uno de los rincones con medias y camisetas, y por ahí quizá también con las dudas, e incertidumbres que trae el hecho de cambiar de vida.  Ese primer despegue para siempre, o por quien sabe cuanto tiempo, lleva esperanzas, uno mira por la ventanilla del avión la ciudad que se aleja, las montañas y los edificios de ladrillo, sin saber realmente lo que deja atrás.

Con el tiempo, uno va y vuelve, las veces que pueda, usando el tiempo de sus vacaciones. ¿Colombia es? Verde, contestaban mis hijas pequeñas cuando divisábamos el imponente color de la sabana por la ventanilla del avión llegando a Bogotá. Así, sin intención, les va uno transmitiendo ese sentimiento de pertenencia a ese lugar lejano que es parte de lo que son y de su herencia. Ese que pretende uno llevarse por pedacitos en la arepa o en un pandeyuca que camufla en la maleta y que espera que el rubio alto de inmigración no le quite cuando pregunta si traemos comida.

Así, los momentos y acontecimientos importantes de nuestras vidas de emigrantes están unidos a los viajes, a los aeropuertos y a los aviones, esos que además nos traen recuerdos e ilusiones cuando nos visitan la familia y los amigos. Por eso también esperamos se restablezcan pronto esos tiempos de aviones y vuelos frecuentes, pues son la conexión necesaria con nuestra gente y nuestras raíces, son una parte importante de esta vida, que quizá no valorábamos suficiente y que se puso en pausa por las circunstancias que trajo el coronavirus.

 

Ref: Video de despedida vuelo de Avianca

https://www.facebook.com/AviancaGlobal/videos/902021886903533/

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PERFIL
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Periodista por vocación, profesión, herencia y designio, quien se tuvo que reinventar cuando se casó y se fue de Colombia, primero a México y después a Estados Unidos. En Colombia dirigió programas de Tv como ‘Pilísimo’, ‘Debates Caracol’ y ‘Personajes’. Hoy en día, vive en El Paso, Texas con su esposo y sus dos hijas. Es propietaria de una franquicia muy exitosa que ofrece clases de arte para niños, que la mantiene ocupada y feliz. Proviene de una familia de periodistas, la mayoría mujeres de esas que se adelantaron a su tiempo. Creativas y de carácter fuerte. Es alérgica al ajo y a los lagartos.

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2 Comentarios
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  1. Es cierto! No lo valoramos sino hasta ahora que hemos perdido esa posibilidad de irnos y regresar casi que sin pensarlo. Para ir un poco más allá, tú Columba me hace pensar en los miles de inmigrantes indocumentados que se van sabiendo que quizás nunca puedan regresar.

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