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El empleo es una bendición, quién lo duda. En un país  como el nuestro, conseguir un trabajo bien remunerado es una verdadera mina de oro. Y claro, hay gente esforzada que trabaja desde que llega hasta que se va, que cumple los objetivos propuestos y más. Sin embargo hay  también una casta de trabajadores, una caterva de perezosos que se camuflan detrás del trabajo de los demás, de la adulación a los superiores, de una simpatía  forzada por las circunstancias, para dejar transcurrir las ocho horas reglamentarias, y en algunos casos las horas extras, para no hacer nada, aparentando que si.

Su éxito radica en aparentar siempre, en tener una respuesta que no diga mucho pero que tampoco diga nada, en no decir nunca no y claro, en conocer a fondo el desempeño de los demás para poder desviar la conversación sin problemas o intervenir  con una opinión que  a primera vista suene calificada.

Son amables al extremo, conversan con suficiencia de cualquier tema, son simpáticos, visten a la moda, no  tienen enemigos (esa es una condición sinequanon   de los chupasangre, ya que un enemigo los delataría). Sus escritorios nunca están desocupados ni ordenados. Tres o cuatro carpetas abiertas son parte de su antifaz. Nunca caminan despacio ya que el andar rápido ayuda para que todos crean que se dirigen a un lugar en concreto y a cumplir con una tarea específica. Si están al frente del computador teclean con fruición, aunque solamente hay dos posibilidades: están chateando o  están viendo porno. Como nunca llegan tarde, el día se les hace laaaaaargo por lo que  se rebuscan qué hacer ( todo menos el trabajo para el que los contrataron). Así, entre ocho y ocho y treinta, bien cae un cafecito, charladito, eso si.  Entre nueve y diez y treinta, el tiempo se les va entre la revisión del correo electrónico, una pasadita por Facebook, las páginas web del fútbol argentino y claro, la versión electrónica de la última SOHO.

Entre once  y doce, un baño de popularidad siempre ayuda. Carpetas en mano visitan  reglamentariamente a “Patico”, la secretaria de Presidencia, a Shirley la de contabilidad, a Erika, la practicante de financiera, a Yurleidi, la niña del Sena y Libia, la señora de los tintos con pellizquito en la nalga incluido.

El almuerzo les sirve para conocer los últimos chismes de la empresa, criticar al jefe, el salario y en general a la Compañía. Luego, ya en la jornada de la tarde, se arranca con otro tintico, la lavada de dientes, llamada a la mamá y claro, los emails a otros chupasangre como él.

Las reuniones de trabajo les encantan, ya que les permite vender su imagen y dejar que el tiempo transcurra. Con un comentario a tiempo, pueden volver a encender una discusión a punto de cerrarse. Ya cuando la tarde cae, intentan ayudar a Norita, la nueva del departamento, para luego, faltando cinco minutos para las cinco, hacerse cargo de presentar el informe ante el jefe y quedar como un príncipe: Jefe, aquí le traigo el informe que usted le pidió a Nora. Me tocó dejar de hacer lo que estaba haciendo porque  la vi como colgada. Bueno jefe y me voy, porque estoy mamado, nos vemos mañana, que descanse.

Falta decir que cuando por alguna extraña razón los planetas se alinean y los descubren, terminan en el asfalto. Pasan entonces a engrosar una lista cada vez más densa: se convierten en consultores…

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Reflexiones de a pie de un ciudadano en bus. Notas cotidianas con humor y sobretodo con dolor. Periodista, escritor de libros y novelas, Creador de Atardescentes .

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