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¡Lo logré! Por fin pude visitar el Museo de Dalarna, un pendiente en mi lista desde que llegué a Falun. Una mañana de martes con el cielo nublado fue el momento destinado a entrar por aquella puerta de madera con un mapa de la región dibujado sobre su marco en color dorado. Por primera vez, me fijé en la forma extraña de la edificación. Ni cuadrada ni rectangular y con un patio en la mitad con una fuente de agua, tres materas con flores moradas y dos sillas. Este edificio, construido en 1962, fue descrito por su arquitecto como “una fortaleza medieval con su propio foso en medio de Falun”, lo cual tiene mucho sentido después de recorrerlo.

Empezamos hacia la derecha, con una exhibición de los instrumentos producidos por Hagström. El brillo de las guitarras y los acordeones resalta en las vitrinas y puedo sentarme a ver un video donde un señor mayor disfruta tocar la guitarra mientras cuenta, en sueco, historias sobre su música. Después, en un salón amplio, una mesa con tres señoras trabajando y tras de ellas, un ventanal que permite observar mi parte favorita de la ciudad: la biblioteca, la casa roja que más me gusta, el río y una escultura de Selma Lagerlöf, autora sueca de fama universal.

Justo en el primer piso, hacia el otro lado del museo, se encuentran el estudio y la librería de esta escritora, recreados por el museo en la primavera de 1985.  Selma se mudó a Falun para estar cerca de su mamá en 1897 y después de muchos años de publicar novelas y cuentos, en 1907 compró una casa grande en Villavägen. Este lugar fue conocido por la gente de Falun como Lagerlösgården y, aunque la administración municipal ordenó la demolición de la vivienda en 1968, varias organizaciones unieron esfuerzos para comprar y salvar la biblioteca de la primera mujer que recibió un Premio Nobel de Literatura. Acá podría quedarme toda la visita. Huele a algo que lleva mucho tiempo guardado, se ve oscuro y acogedor y seguro tiene libros inspiradores para esta aspirante a escritora.

Siguen la sala de las pinturas, de los atuendos típicos, de artistas de Dalarna, de la industria y de los caballos típicos de esta región. Pero vamos por partes. De la exposición de las pinturas lo que más cautiva mi mirada son las paredes llenas de esquina a esquina con cuadros de diferentes tamaños. Hace alusión a la manera en la que solían decorar habitaciones enteras y yo busco las que están marcadas con los meses en los que cumplimos años mis hermanos y yo. El siete, un florero; el tres, una mesa roja con muchos sirvientes alrededor; el uno, una historia que involucra caballos, parejas y niños; la once, un texto religioso. Las historias bíblicas eran la inspiración principal de los artistas, junto con los patrones que llaman kurbits y los cuales, aun ahora, son usados para decorar objetos del hogar, prendas de vestir y más de un suvenir.

En la exhibición de los trajes se prende la luz tan pronto piso la sala. Se iluminan diferentes vestuarios, con varios colores y estilos, que permiten observar la variedad de elementos puestos en un solo atuendo típico. Dependiendo de su diseño se podía distinguir el estado civil o la religión de la persona que lo vistiera. Era importante usarlo durante los eventos que denotaban la transición de una época a otra y era importante que cada mujer supiera coser. Tuve la oportunidad de observar algunos de estos vestuarios durante la graduación de los jóvenes y en el día nacional. Tienen una magia especial que le aportan a la vida en Dalarna otro significado.

Antes de terminar el recorrido, leo uno de los folletos que me entregaron en recepción. Dice que hay diez tesoros escondidos en las exposiciones del museo y hay tres que llaman mi atención.

  • Joyería con cabello: proveniente de las villas alrededor del Lago Orsasjön y que empezaron a conocerse en 1820.
  • Mamuts: restos de este animal encontrados al sur de Rättvik
  • Tenis Dalecarlian: Reebok lanzó el 25 de julio de 2008, 300 pares de un modelo especial con los colores usados en los suvenirs tradicionales de la región.

Verde, rojo, blanco, amarillo y azul. Esos colores aparecen en los tenis de edición especial y en los típicos caballos de Dalarna, que se han convertido en un símbolo sueco alrededor del mundo.

Ansiaba llegar a esta exposición. Lo que empezó como un juguete de madera para entretener a un niño con dificultades de movilidad, se convirtió en un elemento con el cual todos los artistas quieren trabajar. Varios han intentado modernizarlo y aportarle diferentes elementos y algunos de estos son expuestos en las vitrinas. Grises con patrones sobrios, de madera y con una figura más elemental, uno de color rojo esquiando, otro tocando el acordeón, uno con un cuerpo cilíndrico y hasta uno montando en bicicleta.

Son tantos y todos tan diferentes, que podría usar dos páginas enteras detallando cada uno de ellos. Pero voy a terminar la historia por donde terminó mi recorrido oficial: una vitrina pequeña, todos los animales que se nos puedan ocurrir, pintados con los colores y patrones típicos del caballo de Dalarna. Hipopótamo, jirafa, león, oso, rinoceronte, reno, camello y vaca. Todos en un mismo espacio. La obra se llama “Rinkebyhäst” y su artista, Ylva Ekman, quiso dejar plasmado el mensaje de que, aunque nos veamos diferentes, somos iguales y podemos convivir todos en un mismo lugar.

 

 

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Viajera colombiana que busca compartir con quienes se cruzan en su camino una amplia sonrisa y la buena energía que nos caracteriza a los latinos.

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