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Captura de pantalla del flash mob en Sao Paulo, Brasil, el 5 de octubre de 2013 https://www.youtube.com/watch?v=fTd3ZsvqDiQ&list=RDFFBumRw3vRA&index=2

Captura de pantalla del flash mob en Sao Paulo, Brasil, el 5 de octubre de 2013 https://www.youtube.com/watch?v=fTd3ZsvqDiQ&list=RDFFBumRw3vRA&index=2

Hay gente que se dedica a hacer feliz a la demás gente. Y lo mejor es que son felices en el entretanto. Y me refiero a esa mujer que se para en una plazuela con un tambor y empieza a hacer un solo sonido. Acompasado, como si fuera una marcha. Allí, a un lado, casi contra la pared, luciendo un sombrero que parecía quedarle pequeño, mirando por entre sus lentes primero hacia la nada y luego hacia su instrumento. Nadie la había visto, pero empezaban a escucharla. Se oía una marcha tarara, tararararara, tararararara…

Al hombre de traje que se acercó, alguien le alcanzó un inmenso instrumento del que se empezaron a escuchar solo sus cuerdas. Unos sonidos arrancados con las manos a los que muy pronto se unieron dos flautas (en mi ignorancia musical me parecen flautas). La, laralara larala. lalalarala la la la, la la la… y ahí es donde se unen los violines, las gente hace un ruedo, se emociona y en los segundos pisos de los edificios salen por las ventanas extasiados.

Abajo, jóvenes con trompetas se toman el escenario para dar un sonido que pareciera un lamento, pero que en realidad es un trozo de corazón que sale, con el mismo amor que un bolero le llega al alma a una mujer.

Las chicas y los chicos van saliendo de todas partes. Entran por entre la gente que ve el espectáculo, se abren paso y se unen a los demás para dar mayor majestuosidad al momento. Lo hacen caminando acompasados, al ritmo de sus propios instrumentos, con delicadeza, como cuidando que no se les vaya a ir una nota de más.

De un momento a otro suena una trompeta. El sonido viene de arriba. Es un chico de unos 12 años que desde una de las ventanas se une a sus compañeros del primer piso. Llegan más trompetas, más jóvenes, más personas que solo buscan que aquellos que los escuchan vivan un momento inolvidable.

Un chiquillo de camiseta roja no deja de tocar el violín en todo el centro de la plaza, mientras por otra de las ventanas suenan dos instrumentos más. De un momento a otro el sonido es envolvente, desde abajo, desde arriba…

El Bolero de Ravel les llega a las venas de quienes no se quieren mover del sitio.

Suena el trombón, pon, pon pon; pon pon pon… y ya son una colección de violines los que se escuchan. Todo va como creciendo, llega a un éxtasis y se detiene de repente, mientras todos explotan en aplausos y vítores a esos grandes y chicos que se prepararon para entregar lo que saben hacer, a un público, donde quiera que esté. Esta vez estaba en Sao Paulo, Brasil.

No eran épocas de coronavirus. Eran esas épocas felices que muchos han dejado pasar porque aquello les podría parecer normal. Una orquesta que estaba tocando en un museo, o en un parque o en una plazoleta. Pero ahora, viendo lo felices que fueron quienes escucharon ese día el Bolero de Ravel, estoy seguro de que, cuando salgamos de esta, entre las primeras cosas que vamos a buscar es a esos seres que viven de la música, no para ganar dinero sino para alimentar el alma. Hoy los extrañamos mucho. Pero ya tendremos la oportunidad. Si usted se cuida, seguro que sí.

Twitter: @VargasGalvis

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PERFIL
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Egresado de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana. Hizo un curso de agencias de prensa en la Agencia Dpa, en Hamburgo (Alemania). Jefe de prensa y Director de Divulgación de Promec Televisión. Redactor de espectáculos, editor nocturno, redactor político, Jefe de Redacción y director de la Agencia Colombiana de Noticias Colprensa. Trabajó en la Casa Editorial El Tiempo como Editor de Actualidad, jefe de Redacción y Editor General del Periódico HOY. Fue Editor General del periódico Q'hubo de Cúcuta (Colombia). Twitter: @VargasGalvis

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Qué es lo que recordamos, y qué olvidamos, es seguramente una pregunta difícil de responder.

La mayoría de los humanos somos capaces de recordar experiencias pasadas, o fechas especiales, y hoy en día unos cuantos números de teléfono. Seguramente muy pocos.

Como quizás usted sepa, estimado lector, nuestra memoria parece "guardar" recuerdos de varios tipos; es de cierta forma clara la diferencia entre el recuerdo que se tiene de la fecha de su nacimiento, al que viene a la mente al recordar un libro especial o una película o una persona. Así que hay recuerdos más "ricos" que otros; más llenos, más complejos, si se quiere. Recuerdos que se componen de imágenes y también de sonidos, de olores, de sentimientos e incluso de recuerdos. Recuerdos de recuerdos, como por ejemplo los de los sueños; no es usual recordar directamente un sueño varias horas después de haber despertado, pero si justo al abrir los ojos el personaje se concentró suficiente en lo que acababa de soñar, entonces es probable que en la noche aún lo recuerde.

En fin. Hemos vivido muchas cosas a lo largo de nuestras vidas, pero a medida que pasa el tiempo las impresiones que podamos tener sobre ellas se van como desvaneciendo, como desgastando, y todo de forma natural y progresiva. No se puede detener. Olvidar es algo necesario, he oído decir a algunos, para poder mantenernos concentrados y con los pies en la tierra.

Borges, en su relato Funes el memorioso, nos muestra la realidad de un personaje (se llama Ireneo Funes, es argentino) que, producto de un accidente, no puede olvidar. Es uno de esos argumentos llamativos, formas de experimentos sociales con visos de realidad y casi de periodismo, que le permiten al que quiera imaginar por un momento cómo sería su encuentro con un personaje así de particular. Así imagina Borges la condición de Ireneo:

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero (...) Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

No sé a ustedes, pero a mí me parece una imagen literaria muy fuerte, uno de los relatos más agradables e interesantes que he leído. Por eso lo recomiendo fuertemente.

Desconozco la existencia de casos reales tan impresionantes como el de Funes. Aún así, sé de varios savants o personas con ciertas deficiencias en ciertas habilidades naturales (autistas, en la mayoría de los casos), que sin embargo parecen verse "retribuídas" en capacidades asombrosas. Es así como algunos hombres, siendo naturalmente incapaces de bañarse y vestirse por sus propios medios, pueden realizar operaciones matemáticas complejas más rápidamente que ciertas calculadoras, y con una exactitud y seguridad asombrosas. Existe también (y éste es un ejemplo bien popular) Stephen Wiltshire, un inglés al que se le diagnosticó autismo a temprana edad, y que tiene la impresionante habilidad de dibujar un paisaje con precisión casi fotográfica habiéndolo visto una sola vez. Algunos considerarán que "mostrarlo" de esta manera equivale a ponerlo en posición de curiosidad de circo; aun así, creo sinceramente que es posible admirar de corazón a este hombre por sus capacidades, sin verlo como un espécimen raro. En este video, Wiltshire es llevado a Tokio para hacer una vista panorámica grandísima de la ciudad.



Interesante, ¿verdad?. Wiltshire se gana la vida de esta forma; dibujando por dinero. Es básicamente lo mismo que hacen algunos artistas callejeros, sólo que no lo hace por física necesidad.

Fenómenos como el Alzheimer o el autismo afectan la memoria humana incrementándola o borrándola gradualmente. En su relato, Borges nos muestra de forma impersonal (y, creo yo, bastante respetuosa) la situación de una persona que se ve afectada por una de estas situaciones extremas; nos hace ver que no es lo que se llamaría una bendición, pero que en cierta forma tampoco puede considerarse algo malo. Es un punto de vista sobre una realidad que toca a pocos, pero que nos permite reflexionar y aprender algo nuevo. La literatura, entonces, nos enseña un poco de realidad a través de la ficción.


dancastell89@gmail.com

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