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Por: Humberto Aristizábal Losada, padre de Verónica Aristizábal Vargas, psicólogo investigador egresado del Politécnico Grancolombiano

Quiero empezar citando las palabras de Rudolf Dreikurs, psiquiatra austríaco:

“La vida no se trata de no cometer errores y ser perfectos, por el contrario, se trata de reconocerlos para ser cada vez mejores. No podemos proteger a los niños de la vida, por eso es fundamental que les preparemos para ella. Sentir lástima por los niños es una de las actitudes más dañinas que podemos adoptar. Les convence a ellos y a nosotros mismos de que no tenemos fe en ellos, ni en su capacidad para enfrentarse a las adversidades. La autonomía es la esencia del desarrollo de un niño”.

¡Los hijos son un regalo de Dios! Es una expresión que se escucha con frecuencia y que refleja el gran amor que tenemos hacia ellos.

Algo que la gran mayoría de padres deseamos es dar a nuestros hijos el mayor bienestar posible. En esa expresión de amor intenso algunos padres evitan que tengan que enfrentar las dificultades por las que quizás ellos tuvieron que pasar. Sin embargo, en el afán de brindarles todas las oportunidades que consideran necesarias, sin darse cuenta, pueden empezar a caminar entre los límites del amor y de la dependencia.

Hay una realidad y es que no se enseña a ser padres. Es algo que se aprende de las experiencias con los propios padres, siendo así una copia de sus estilos de crianza o, todo lo contrario, evitando ser como fueron ellos. Otra manera de aprender por sí mismos a ser padres es a través de la observación, de cómo otros padres educan a sus hijos y también al escuchar consejos sobre la marcha de la manera adecuada de hacerlo; por lo cual esto se va convirtiendo en una norma social y una cultura acorde a cada generación.

Todas estas circunstancias van desembocando en una pérdida de dirección, en una confusión de roles y de límites para muchos padres debido a que no todas las experiencias, observaciones o consejos pueden ser los mejores y menos cuando detrás de cada uno de ellos puede haber una historia de dolor que no se ha superado aún.

El concepto de los vínculos ha sido estudiado desde la psicología por variados autores desde diferentes campos, lo que nos ha permitido entender cómo en algunos padres se dan unos vínculos sanos con sus hijos y en algunos otros no. Para efectos de identificar más claramente estos vínculos no apropiados les denominaré vínculos tóxicos.

El primer vínculo tóxico entre padres e hijos se da a través del dinero. Dar más de lo que un hijo necesita puede ser el reflejo de que hay algo que se quiere sanar utilizando a los hijos para tal fin, creando una imagen distorsionada de ser buenos padres, diferentes de las experiencias de sus propias infancias. Dar hasta lo que no se tiene, a pesar de tener una buena intención, evita el desarrollo de la tolerancia a la frustración en los hijos, porque al satisfacer todas sus necesidades les da la falsa sensación de ser merecedores de todo sin el esfuerzo requerido. Este primer vínculo les quita a los hijos las herramientas para afrontar de buena manera las dificultades de la vida diaria. La independencia se pierde; provocados por estas circunstancias en la cual se acostumbraron a vivir los padres se hacen responsables de todo, han sido creadores de hijos exigentes. Los hijos exigen porque los padres han asumido la obligación de satisfacer todas sus necesidades, incluso, en la adultez.

El segundo vínculo tóxico se da a través del miedo. Algunos padres temen que sus hijos tengan que afrontar situaciones difíciles, por lo cual evitan que sus hijos tengan que pasar por estas situaciones a través de diferentes tácticas como “la manipulación”, descrita así por los psicólogos Stattin y Kerr como “padres controladores”,  lo cual limita el aprendizaje de ellos a través de sus propios errores.

Cuando los padres viven la vida de sus hijos, los hijos dejan de vivir su vida. Los padres se vuelven excelentes en todo porque piensan por los hijos, deciden por los hijos, aun cuando ellos ya tienen la capacidad de decidir, hacen las cosas por los hijos, aunque ellos ya pueden hacerlo. Estos padres controladores incuban futuros controladores o dependientes, crean hijos altamente demandantes, llenos de miedo, culpa o vergüenza. La posición de estos padres es sabedora y demerita la opinión de los hijos que no saben ni tienen su experiencia.

El tercer vínculo tóxico se da a través de las pérdidas. Cuando uno de los padres falta, en algunas ocasiones se rompen los límites y los roles familiares y es el hijo quien debe asumir el rol que no le correspondía tener. Ante la incapacidad del padre o madre que permanece para afrontar su nueva vida y ante la necesidad de avanzar, lo convierte en ese alguien que les resuelva la vida. De igual modo, el temor de alguno de los padres ante una nueva pérdida puede llevarlo a la sobreprotección de sus hijos, limitando igualmente el desarrollo adecuado de su independencia y autodeterminación.

El cuarto y último vínculo tóxico que se puede dar es en relación al apego excesivo y a la posesión de los hijos como objetos propios. Algunos padres hacen de sus hijos el objeto más deseado, por lo que viven al cien por ciento para ellos y de igual manera esperan que ellos lo retribuyan al ciento por ciento.  Este vínculo limita el desarrollo personal tanto de los padres como de los hijos, debido a que no permite la realización personal de ninguno de los dos.  Este tipo de relación que se gesta se caracteriza por un control excesivo, obsesión, posesión, celos, miedo y negación a soltar, evitan que sus hijos se vayan; es necesario retenerlos como su objeto más preciado.

¿Cuál es la función de ser padres?

Para Eric Ericson, reconocido psicoanalista de origen alemán, quien llevó a cabo importantes estudios acerca de la personalidad y de la psicología del desarrollo, los seres humanos transitamos diferentes etapas escalonadas en la vida, las cuales nos van permitiendo una adecuada adaptación individual y social. El no poder superar cada una de estas etapas de manera satisfactoria implicará dificultades posteriores en su desarrollo personal y social.

Cuando los padres restringen que sus hijos vivan sus propias experiencias, están impidiéndoles ser ellos mismos y haciendo que muy probablemente no lleguen a ser lo que ellos en el fondo deseaban que fueran.

La verdad es que estas conductas de algunos padres impedirán la adquisición de cualidades como la confianza, autonomía, iniciativa, laboriosidad e identidad propia y los conducirán a todo lo opuesto como la desconfianza, vergüenza, duda, culpa, sentimientos de inferioridad y pérdida de identidad.

El rol de los padres se debe basar en el apoyo incondicional, en el enseñar más que en el dar, en potenciar capacidades y en, antes de dar sin medida, preguntarse si con esa acción que piensa realizar los fortalecen o los debilitan en su futura independencia. Si no estuvieras más, te podrías imaginar ¿cómo sería su vida? ¿Los hijos están realmente preparados para enfrentarse a la vida cambiante y exigente actual? ¿Los armaste con las herramientas adecuadas para sortear retos y ser capaces de sus propios desarrollos?

La codependencia y la dependencia ya han sido catalogadas como enfermedades en los manuales diagnósticos de la medicina y psicología. Algunos padres necesitan ser necesitados. Ante esto, no se busca culpables sino el poder identificar estas circunstancias que puedan romper esos lazos tan fuertes que afectan el desarrollo adecuado de los hijos. El primer paso es reconocerlas, evaluar si esas características o relaciones se están dando con los hijos, identificar si aunque se reconocen no se pueden abandonar estas conductas aunque se haga el esfuerzo por dejarlas.

Si ustedes como padres experimentan esta situación, es necesario apoyarse de psicólogos que le ayuden a retomar el camino de ser padres. Es común que la mayoría de las veces estos vínculos tóxicos no se reconocen por sí mismos, por lo cual el tener los oídos abiertos a comentarios al respecto puede ser un indicador para consultar a un profesional de la salud mental.

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