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@wwaycorrigan
Back in my early secondary school days, as a country lad heading off to mix it with the townies, it was common for the latter to mock us. We were farmer boys, or rednecks, as they say in some parts. It was generally a bit of innocent slagging but no doubt it had its origins in the long-held belief that workers of the land were a bit “behind”, simple if you will, compared to those from urban settings.

Some city grazers in Barrio Santandercito in the north of Bogotá, Colombia.

Cattle on Bogotá’s northern limits: Bringing a bit of the country to the city.

Of course, the townies of Ballaghaderreen, along with everybody else from “down the country”, were derogatorily seen as bog folk, “culchies” being the precise word, by those from the capital Dublin.

Zoom out even more and the whole of Ireland was traditionally viewed as being backward by our “superior” neighbours in Britain. “Strange specimens those Irish, aren’t they?”

City fat cats
Modern, advanced, “rich” societies emanate from urban strongholds with their schools of excellence and such like. Rural areas only get the crumbs, enough to keep them ticking over, from the power brokers seated around that grandiose table. So it goes anyway.

Nonetheless, keeping those seated at the urban table well-fed and content with “affordable” food is nigh-on impossible without the simple country folk doing their bit to provide it.

“We’re just a few consecutive disasters away from very troubling times.”

The irony here is that while the great advancements in communications and technology have made the world a smaller place, many urban dwellers have become quite removed, mentally at least, from the rural areas that they rely on to stay alive.

OK, they have other, “more complicated, complex” concerns to worry about. The country serves simply as escapism from the concrete jungle. Engagement with it is at a superficial level only.

What’s more, aren’t the technological improvements in agriculture and the like, urban brainchildren as most have been, resulting in greater yields and reduced workloads for those who farm the land?

There’s merit to that.

Yet, to continue providing for the growing urban masses, more engagement with, and investment in, the countryside are required, not less.

Misplaced priorities
Whether one believes in man-made climate change or not (Donald Trump, considering his age, doesn’t have to concern himself with it), we can’t deny the fact that we have been experiencing extreme weather events that threaten our precious food supply. We could be just a few consecutive disasters away from quite troubling times.

How many of us would be able to survive in a kind of post-apocalyptic planet, something akin to what we often see portrayed in Hollywood movies?

It would seem fair to say that a majority of “First Worlders” have become too reliant on our modern comforts, on a lifestyle where we can get pretty much anything we want when we want it.

“We won’t be too concerned about our mental health when our very existence is under threat.”

As a species, we could also be accused of vastly overvaluing non-essentials at the expense of the essentials. Think Hollywood again, that whole world of showbiz and fame.

Heck, I left the land I was reared on (as the majority of rural-born people do these days) to go on to pursue a career (can I call it that?!) in media. Fair enough, journalism plays — or at least used to play — an important role as the fourth estate, it can be a force of positive change.

However, the counter-argument here is that this vocation has lost its way and relevance in recent times (whisper it, “#FakeNews”. Thanks Donald). And don’t get me started again on the evil incarnate that is marketing!

On a similar note, a Colombian psychologist friend told me how he wanted to get “back to the land”, fearing that without preventative action now he would be useless when faced with a future scenario where one had to fend for oneself for the bare necessities.

As he put it, when it’s a simple matter of life or death, very few people will be looking to take the time to think deeply about it all, teasing out the pros and cons. His profession would be practically surplus to requirements.

Basically, and as much as I’m not a fan of Christianity (or any religion really), the old mantra of ‘ashes to ashes, dust to dust and dust you shall return’ rings true.

The land, the planet will have the last laugh.

Those old backward rednecks who understand it a little better than most mightn’t seem so repulsive then.
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PERFIL
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La vida en Colombia desde la perspectiva de un periodista y locutor irlandés, quien ha vivido en el país desde 2011. El blog explora temas sociales y culturales, interacción con los nativos, viajes, actualidades y mucho más. Escucha su podcast acá: https://anchor.fm/brendan-corrigan.

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Qué es lo que recordamos, y qué olvidamos, es seguramente una pregunta difícil de responder.

La mayoría de los humanos somos capaces de recordar experiencias pasadas, o fechas especiales, y hoy en día unos cuantos números de teléfono. Seguramente muy pocos.

Como quizás usted sepa, estimado lector, nuestra memoria parece "guardar" recuerdos de varios tipos; es de cierta forma clara la diferencia entre el recuerdo que se tiene de la fecha de su nacimiento, al que viene a la mente al recordar un libro especial o una película o una persona. Así que hay recuerdos más "ricos" que otros; más llenos, más complejos, si se quiere. Recuerdos que se componen de imágenes y también de sonidos, de olores, de sentimientos e incluso de recuerdos. Recuerdos de recuerdos, como por ejemplo los de los sueños; no es usual recordar directamente un sueño varias horas después de haber despertado, pero si justo al abrir los ojos el personaje se concentró suficiente en lo que acababa de soñar, entonces es probable que en la noche aún lo recuerde.

En fin. Hemos vivido muchas cosas a lo largo de nuestras vidas, pero a medida que pasa el tiempo las impresiones que podamos tener sobre ellas se van como desvaneciendo, como desgastando, y todo de forma natural y progresiva. No se puede detener. Olvidar es algo necesario, he oído decir a algunos, para poder mantenernos concentrados y con los pies en la tierra.

Borges, en su relato Funes el memorioso, nos muestra la realidad de un personaje (se llama Ireneo Funes, es argentino) que, producto de un accidente, no puede olvidar. Es uno de esos argumentos llamativos, formas de experimentos sociales con visos de realidad y casi de periodismo, que le permiten al que quiera imaginar por un momento cómo sería su encuentro con un personaje así de particular. Así imagina Borges la condición de Ireneo:

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero (...) Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

No sé a ustedes, pero a mí me parece una imagen literaria muy fuerte, uno de los relatos más agradables e interesantes que he leído. Por eso lo recomiendo fuertemente.

Desconozco la existencia de casos reales tan impresionantes como el de Funes. Aún así, sé de varios savants o personas con ciertas deficiencias en ciertas habilidades naturales (autistas, en la mayoría de los casos), que sin embargo parecen verse "retribuídas" en capacidades asombrosas. Es así como algunos hombres, siendo naturalmente incapaces de bañarse y vestirse por sus propios medios, pueden realizar operaciones matemáticas complejas más rápidamente que ciertas calculadoras, y con una exactitud y seguridad asombrosas. Existe también (y éste es un ejemplo bien popular) Stephen Wiltshire, un inglés al que se le diagnosticó autismo a temprana edad, y que tiene la impresionante habilidad de dibujar un paisaje con precisión casi fotográfica habiéndolo visto una sola vez. Algunos considerarán que "mostrarlo" de esta manera equivale a ponerlo en posición de curiosidad de circo; aun así, creo sinceramente que es posible admirar de corazón a este hombre por sus capacidades, sin verlo como un espécimen raro. En este video, Wiltshire es llevado a Tokio para hacer una vista panorámica grandísima de la ciudad.



Interesante, ¿verdad?. Wiltshire se gana la vida de esta forma; dibujando por dinero. Es básicamente lo mismo que hacen algunos artistas callejeros, sólo que no lo hace por física necesidad.

Fenómenos como el Alzheimer o el autismo afectan la memoria humana incrementándola o borrándola gradualmente. En su relato, Borges nos muestra de forma impersonal (y, creo yo, bastante respetuosa) la situación de una persona que se ve afectada por una de estas situaciones extremas; nos hace ver que no es lo que se llamaría una bendición, pero que en cierta forma tampoco puede considerarse algo malo. Es un punto de vista sobre una realidad que toca a pocos, pero que nos permite reflexionar y aprender algo nuevo. La literatura, entonces, nos enseña un poco de realidad a través de la ficción.


dancastell89@gmail.com

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