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Bogotana y egresada de la prestigiosa Universidad de los Andes, Ximena Sanz de Santamaría es una de las voces más autorizadas de la Terapia Breve Estratégica, un modelo de intervención psicológica que nació en los años ´70 como una gradual evolución del modelo Familiar Sistémico. Estudió en Italia, donde aprendió una forma diferente de intervención psicológica, basada en la perspectiva del que cambia para conocer y no, como hace el modelo tradicional universitario, desde el se conoce y después se cambia: “Se conoce un problema a través de su solución, que es muy distinto a primero aprender todo en teoría y después aplicarlo, y si los hechos no concuerdan con la teoría, de malas para los hechos”, afirma esta psicóloga-psicoterapeuta estratégica. Discípula de Giorgio Nardone, sostiene que cada persona es un Sistema Perceptivo Reactivo (Nardone, 1993), es decir, que todos tenemos modalidades redundantes de percepción y reacción en nuestra relación con la realidad, entendida como la relación de cada persona consigo misma, con los demás y con el mundo. Parte del supuesto que los seres humanos somos sistemas en constante interrelación tanto con nosotros mismos, como con otros sistemas. 

 

PREGUNTA.- La psicología, ¿sirve para algo?

RESPUESTA.- Desde el enfoque de la Terapia Breve Estratégica, la psicología sirve para ayudar a las personas a encontrar y redescubrir los recursos que tienen para solucionar sus problemas pero que han refundido como consecuencia del problema que presenta la persona.

P.- La gente acude a los psicólogos pero a la vez una gran mayoría no confía en ellos. ¿Cómo explica esta contradicción?

R.- Los seres humanos vivimos en constantes contradicciones, y esta no es la excepción. Las personas buscan ayuda psicológica y lo primero que se necesita para que un consultante se sienta a gusto, confiado y seguro con un terapeuta, es que entre consultante y terapeuta se establezca empatía. Y eso está, en gran parte, en manos del terapeuta, quien con su estilo, con la manera como le hable al consultante, con el diálogo que establezca, puede construirla desde la primera sesión o no. Si esto no se establece, es probable que el consultante decida, desde la primera cita, no volver porque no se sienta confiado. El segundo escenario que puede llevar a que una persona no confíe en un psicólogo es que éste comparta información de la consulta con otros miembros de la familia. Ocurre sobre todo en el caso de adolescentes y sus padres o incluso de jóvenes, que al darse cuenta que sus padres saben información sobre ellos que no querían que se compartiera, pierden la confianza en el terapeuta y no vuelven. Finalmente ocurre con mucha frecuencia que las personas llegan donde el psicólogo para que éste les solucione todos sus problemas sin que ellos como consultantes tengan que hacer nada diferente. Y el cambio no ocurre por arte de magia porque la magia es el resultado del trabajo. Y eso sólo lo puede hacer el consultante.

P.- Es decir, buscan un cambio pero sin cambiar…

R.- Exacto. Y eso no es posible. Como consecuencia, cuando se dan cuenta que gran parte del cambio depende de su trabajo, prefieren renunciar a hacerlo que enfrentarlo y hacer el cambio. Y esto va muy de la mano con la ‘cultura del ya’, de lo inmediato en la que nos movemos hoy en día. Y los procesos, por cortos que sean, son procesos y toman tiempo.

P.- ¿Por qué la gente no es feliz?

R.- Porque las personas buscan la felicidad como algo externo que no depende de las ellas sino del mundo exterior (trabajo, amigos, pareja, dinero, etc.). Además, existe la creencia de que la felicidad es un estado al que se va a llegar como quien llega a una meta y no tiene que volverse a mover de ahí. Un estado en el que nunca se va a volver a sentir tristeza, rabia, dolor, angustia, preocupación, etc. Y la felicidad no es no volver a sentirse mal, sino saber cómo manejar las situaciones y sensaciones difíciles para conquistar la tranquilidad y el bienestar.

P.- Así es, así la gente se imagina la felicidad…

R.- Pero es una felicidad imposible, no existe. La única constante en la vida es el cambio, como bien lo dijo Buda. Y en los cambios está que oscilemos entre momentos de tranquilidad y alegría y momentos de tristeza y angustia porque además son justamente estos últimos los que nos ayudan a conquistar la libertad de no depender de cosas externas para sentirnos bien y estar felices. Si la felicidad se viviera como la alegría y la tranquilidad que se sienten tantas veces y durante tantos momentos de la vida, las personas serían felices todos los días y muchas veces porque estarían dejando de buscarla como algo externo y la disfrutarían en cada instante que nos sentimos alegres, contentos, tranquilos, etc.

P.- ¿Cuál es el secreto de la felicidad?

R.- Vivir el presente, tomar conciencia de los momentos que vivimos. Dejar de PRE-ocuparse por el futuro y de lamentarse por el pasado. La felicidad se vive en muchísimos momentos, se vive todos los días, pero las personas no se dan cuenta por estarla buscando, por pensar que la felicidad va a llegar algún día. Y la felicidad se vive en las cosas más sencillas y cotidianas de la vida, como puede ser estar en buena compañía, disfrutar de un momento de soledad, estar tranquilo un domingo en la casa, gozarse un programa de televisión, recibir una buena noticia, leerse un buen libro, disfrutar de una buena comida, entre muchas otras cosas. La felicidad está al alcance de todos y no necesita de nada externo, simplemente de la conciencia y la actitud.

P.- La felicidad es incompatible con sentirse culpable. ¿Qué tengo hacer cuando la culpa invade a las peronas?

R.- Empezar por cambiar la palabra culpable por la palabra responsable. Este es un primer paso, quizá el más importante. El lenguaje construye la realidad que vivimos. Por eso recomiendo mucho decir que somos responsables de lo que nos ha pasado, en vez de decir que somos culpables, así abrimos la posibilidad de resarcir lo que no nos ha gustado para poderlo cambiar. La culpa condena mientras que la responsabilidad abre posibilidades de hacer las cosas diferentes, de cambiar. Por ende empezar a cambiar el uso del lenguaje es un primer paso. Si la culpa persiste, dependiendo del caso, es posible que sea útil buscar una ayuda para trabajarla y poderla dejar atrás.

P.- La gente quiere ser feliz pero no quiere cambiar. ¿Cómo explica la resistencia al cambio?

R.- Es una natural resistencia que tenemos todos los seres humanos, una de las mayores paradojas en la que vivimos: tenemos que cambiar para poder adaptarnos y sobrevivir, pero al mismo tiempo tenemos una natural resistencia al cambio porque lo nuevo y lo desconocido genera miedo, y porque admitir el cambio es admitir que quizá nos hemos equivocado. No en vano dicen que es mejor bueno por conocido que malo por conocer. Por eso el cambio tiene que pasar desapercibido, las personas tienen que sentirlo antes de darse cuenta cognitivamente de que están cambiando. Es así como se vence esa natural resistencia al cambio.

SanzdeSantamaria

P.- ¿Cuál es la patología de la cabeza más común hoy en Colombia?

R.- Por lo que he visto en mi trabajo, hoy en día se presenta mucho lo que podríamos llamar una paranoia: la creencia de que los demás, o algunas personas o una específica, tienen algo en contra nuestra. En un mundo tan perfeccionista como el actual, en el que todos tenemos que ser los mejores en todo, es difícil reconocernos y aceptarnos ante nosotros mismos y ante los demás, que somos vulnerables, que tenemos debilidades, inseguridades, miedos, angustias, etc. Como consecuencia, todos estamos constantemente intentando ocultar esas debilidades, tratando de mostrarnos como las personas perfectas que no somos, y eso conlleva a que estemos más atentos a lo que los demás piensan de nosotros y a que no se den cuenta que no somos perfectos.

P.- ¿Me puede contar un caso de éxito en su quehacer profesional?

R.- Recuerdo el caso de un adulto joven que llegó al consultorio con lo que él mismo definía como un cuadro de ansiedad severo. Desde hacía muchos años presentaba momentos de ansiedad muy fuertes los cuales buscaba atenuar a través de la comida y del alcohol. Como consecuencia, había ganado mucho peso, no había vuelto a hacer deporte y después de las borracheras que se metía, se sentía culpable por haber tomado en exceso y porque la mayoría de las veces, no recordaba lo que había hecho. Y así llevaba muchos años, tratando de manejar la ansiedad sin haberlo logrado. Lo que se fue poniendo en evidencia a lo largo del proceso fue que su ansiedad provenía de sus constantes pensamientos respecto al pasado, a lo que había o no había hecho antes, y cómo eso era una condena para su presente y sobre todo, para su futuro. Como consecuencia de eso, se había empezado a alejar de sus amigos porque temía que lo juzgaran por su pasado, pero se sentía culpable de quedarles mal, de no verlos, siendo ese otro pensamiento que era fuente de angustia y ansiedad. Y así sucesivamente se fue convirtiendo en una persona aislada, que se refugiaba en la comida ganando peso en términos físicos, pero además, alimentando sus paranoias respecto a cómo por su pasado, estaba condenado en su futuro…

P.- …¿Quién no siente ansiedad viviendo así?

R.- El trabajo que él tuvo que hacer fue un trabajo exigente porque fue básicamente aprender a cabalgar el tigre con el que vivimos todos los seres humanos: la mente. Empezó por trabajar su pasado para poderlo archivar y aceptar lo que había hecho, sin condenarse ni sentirse culpable por ello. De esa forma, pudo empezar a concebir su presente sin estar atado a su pasado con lo cual pudo retomar las relaciones con sus amigos sin el miedo a ser juzgado porque él ya estaba tranquilo consigo mismo. Eso le permitió salir de nuevo y hacerlo sin necesidad del alcohol para tratar de acallar la mente o para tratar de ahogar sus penas, porque como bien me dijo una amiga una vez, las penas nadan. Laboralmente también cambiaron sus relaciones y su desempeño, porque ya no se pasaba el día preguntándose y castigándose por lo que había hecho, sino que pudo empezar a vivir su presente, a hacer su trabajo y a ver, con base en lo que hacía en la práctica, si eso era lo que realmente le gustaba o no.  Fue así como después de diez sesiones, él logró aprender a cabalgar su mente para no ser víctima de ella, sino para aprender a manejarla.

P.- ¿Utilizó alguna metodología innovadora para ayudar a esa persona?

R.- Si

P.- ¿Cuál?

R.- La Terapia Breve Estratégica

P.- ¿En qué consiste?

R.- Giorgio Nardone, uno de mis maestros, la explica así:

P.- Ya Alex Huxley dijo que la realidad no es lo que nos ocurre, sino lo que hacemos con lo que nos ocurre…

R.- …Así es. De hecho, para la Terapia Breve Estratégica, la objetividad no existe, cosa que ya planteaba Heinsenberg con el principio de indeterminación, según el cual cuando el experimentador lleva a cabo su experimento, lo influencia tanto a través de sus instrumentos, como de sus teorías. Lo mismo ocurre con las experiencias cotidianas de la vida: todos los seres humanos viven experiencias agradables y experiencias duras. Sin embargo, la manera como cada persona enfrenta y asume la experiencia vivida es lo que conlleva a que de una experiencia dura y difícil se pueda devengar un enorme aprendizaje para además construir una mayor fortaleza interior, o que esa misma experiencia se convierta en un infierno del que la persona no pueda salir.

P.- ¿Lo mismo ocurre con las experiencias positivas y agradables?

R.- Sí.  Hay personas que las viven como cosas maravillosas, que las disfrutan al máximo, que les sacan el mayor provecho. Mientras que otras se limitan a vivirlas como una experiencia más de la vida por lo cual deja de ser un motivo de alegría y agradecimiento y se vuelve simplemente una experiencia insignificante. Por eso hay gente que disfruta cada detalle de la vida, mientras que hay otra a la que la vida le pasa por junto sin mayores emociones. Las vivencias, las experiencias, pueden ser las mismas, pero la manera como cada persona las vive, hace que se vivan de diferentes maneras. Este es uno de los preceptos sobre los cuales se estructura la intervención desde la Terapia Breve Estratégica. Por consiguiente, cuando una persona llega con un problema o con una patología, más que buscar las causas y preguntarse ‘por qué’ se da el problema, la pregunta es ‘cómo’ se ha construido el problema. La pregunta por qué corresponde a una explicación causal, es decir, dada una cierta causa que ocurrió en el pasado, sin importar lo remoto que sea, se da una consecuencia (Muriana, Pettenó y Verbitz, 2007).

P.- Es necesario entonces encontrar la causa para explicar la consecuencia…

R.- Sin duda. La pregunta del ‘cómo’ prescinde de una hipótesis causal y se detiene a considerar cómo se formó y cómo se mantiene el problema ‘aquí y ahora’. En otras palabras, todo lo que el paciente y/o el sistema en torno a él hacen –o dejan de hacer- para intentar resolverlo, porque paradójicamente son esos intentos fallidos los que conllevan a que el problema exista, se mantenga y empeore. El comportamiento disfuncional es la reacción que la persona cree mejor para una situación determinada; así, el problema existe precisamente en virtud de lo que se ha hecho para intentar resolverlo (Nardone & Salvini, 2004). Es así como un terapeuta estratégico lo que hace, desde la primera sesión, es indagar por esas soluciones intentadas fallidas para sustituirlas por soluciones funcionales (Nardone & Salvini, 2004) y así, generar el cambio.

P.- Dicho de esta manera, pareciera un proceso muy sencillo y fácil de hacer. Pero en la práctica, lo primero que se pone en evidencia cuando se va a hacer un cambio, así sea un cambio que la persona quiere hacer, es su natural resistencia al cambio. Como consecuencia, lo primero que se debe trabajar es en saber cómo manejar esa resistencia al cambio para que empiece a usarse a favor del mismo, y no en contra.

R.- Exacto. Para eso, Giorgio Nardone creó una herramienta de intervención cuyo fin es aprender a manejar esa natural resistencia al cambio: el diálogo estratégico.

P.- ¿En qué consiste?

R.- Es una estrategia de intervención que consiste en hacer preguntas que generen respuestas, teniendo en cuenta que Kant decía que los problemas derivan de las preguntas que nos hacemos, no de las respuestas que nos damos (Nardone & Salvini, 2004). El arte de hacer preguntas que generen respuestas se conoce desde Protágoras, que fue el primero que sistematizó dicha técnica y la denominó “arte erística”. Significaba un proceso de preguntas que guiaban al interlocutor a responder cayendo en contradicción con sus propias afirmaciones precedentes, llevándolo así a cambiarlas por su propio descubrimiento (Nardone & Salvini, 2004).

P.- ¿Qué función tienen las preguntas en una terapia?

R.- En vez de limitarse a guiar al terapeuta a la compresión del problema que se quiere resolver, las preguntas se han convertido en el vehículo para inducir al paciente a sentir las cosas de otra manera. Como consecuencia, se lleva a que éste último a que reaccione de otra manera redescubriendo así sus recursos, que estaban bloqueados como consecuencia de las percepciones precedentes, rígidas y patógenas. Además, las preguntas se han modificado: ya no son abiertas, del tipo: “Cuando usted tiene un ataque de pánico, ¿qué siente?” sino que se han reemplazado por preguntas cerradas con ilusión de alternativas, tipo: “Cuando usted tiene un ataque de pánico, ¿siente miedo a morir o miedo a perder el control?” De esta manera, la persona se ve obligada –sin sentirse obligada- a responder con una de las dos respuestas planificadas (Nardone & Salvini, 2004). Cada sesión es como una partida de ajedrez entre el terapeuta y el paciente un continuo de movimientos que tienden a producir efectos específicos. Después de cada cambio o resultado obtenido, se procede a una redefinición del cambio mismo y de la situación en evolución. Por eso es un diálogo, porque a través de las preguntas ‘embudo’, el terapeuta va llevando al consultante a descubrir de qué manera él mismo es el artífice de su destino, evidenciando cómo él mismo está alimentando su problema con soluciones intentadas disfuncionales basadas sobre percepciones erróneas.

P.- Los seres humanos tienen la ilusión de pensar que si se entiende una cosa, se puede cambiar, ilusión que es diariamente desvirtuada porque saber, no es lo mismo que hacer…

R.- Desde la óptica estratégica, la terapia debe hacer sentir en manera diferente al consultante en vez de hacerlo entender. Es lo más importante y a veces también lo más urgente. Cambiar su percepción, no su cognición, porque si yo cambio la percepción, cambio la reacción comportamental y como efecto final, cambio la comprensión. Solamente cuando sentimos distinto, podemos creer que las cosas pueden cambiar. Pero lo primero que tenemos que cambiar es la sensación, porque si alertamos –cognitivamente- a un sistema sobre el cambio, el sistema se resiste. Y es así como se aumenta la resistencia al cambio. En otras palabras, la intervención estratégica trabaja cada sesión utilizando un lenguaje persuasivo (como aforismos y metáforas), además de prescripciones o tareas específicas de comportamiento entre una sesión y otra. Todo esto con el fin de cambiar las soluciones intentadas disfuncionales por soluciones intentadas funcionales, para así generar un cambio sabiendo manejar la natural resistencia al mismo.

@pabloalamo

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Candidato a Doctor en Economía y Empresa en la Universidad de Comillas (Madrid, España). Profesor de Liderazgo, Coaching & Business Ethics. Coach certificado y consultor en productividad con desarrollo humano.

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