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María Elvira Bonilla me llamó un día desde su oficina de editorial Norma, en Cali, para contarme de un grupo de muchachos llamados Los legionarios del Afecto.
Confieso que nunca había oído hablar de ellos. La palabra ‘Legionario’ tiene para mí un sentido cercano a lo militar. Quizá por algunas historietas de la Legión Extranjera que leía de muchacho en la plaza de mercado de La Esmeralda, en Popayán, en un puesto de los cómics ubicado en la parte exterior de la edificación, junto la puerta donde los Arévalo vendían mates de arequipe y panelas de guayaba.
El dueño de los cómics era un zapatero del barrio Pandiguando. Las revistas de historietas permanecían colgadas por la mitad en cuerdas que el hombre extendía a las 8 de la mañana. Los sábados o entre semana, después de clases, los muchachos de los barrios cercanos pagamos 20 centavos por el alquiler de cada historieta… En los años 70 no existían las palabras Internet y videojuegos y los televisores eran escasos…  Pero bueno, esa es otra historia.
Decía que fue mi amiga María Elvira la que me trajo noticias de los Legionarios del Afecto. Le hice un montón de preguntas para tratar de entender que era lo que hacía exactamente la Legión. No entendía muy bien por qué estos jóvenes, algunos con antecedentes en pandillas o milicias, decidieron utilizar su liderazgo y recursividad para visitar comunidades abandonadas del país (que son casi todas), acorraladas por el conflicto y llevar un mensaje de alegría. Claro, tenían un soporte económico del Pnud, pero esa no era la esencia del asunto.
Había algo más profundo en la labor de estos muchachos que no lograba entender. ¿Viajar cientos de kilómetros, soportar zancudos, aguaceros, trochas enfangadas solo para darle un abrazo a un compatriota y arrancarle con juegos una sonrisa a niños que han visto más guerrilleros y paramilitares que profesores?  
Para tratar de aproximarme a este proceso, viajé con ellos hasta Bojayá, el lugar donde una pipeta con metralla lanzada por las Farc contra un grupo de paramilitares mató a más de cien personas que se habían refugiado dentro de la iglesia.
Nos encontramos en Quibdó, adonde los legionarios llegaron en bus desde Bogotá. Los legionarios son muchachos y muchachas de barriadas, que vienen del mundo de rebusque, son guerreros de la vida, hijos de campesinos desplazados, obreros y vendedores ambulantes…
Aprendieron a luchar por cada cosa desde que nacieron y eso los ha dotado de una capacidad pasmosa para organizar desplazamientos, eventos, comidas comunitarias y actos culturales con la cuarta parte del dinero que utilizaría un grupo de burócratas capitalinos.
Durante tres días los acompañé minuto a minuto. Ellos se quedaron más de una semana con los sobrevivientes de Bojayá.
Después de verlos, creo que en realidad abrazan sus raíces, abrazan a sus hermanos que tampoco tienen nada…cualquiera de esos ancianos o niños a los que ayudan a sembrar un cultivo, arreglar el techo de su rancho o que simplemente hacen reír por un instante podrían ser sus abuelos, padres o hermanos menores…
 
Pero es más profundo que eso. Está además la posibilidad que hallaron de hacer algo constructivo con el innegable liderazgo y capacidad que tienen. Claro, no todo los que se someten al proceso se convierten realmente en Legionarios, pero la iniciativa ya le ha arrancado docenas de muchachos a la muerte y la violencia.
 
Esta es la crónica en Bojayá….
 
 
 
El viaje a Bojayá con los guerreros del afecto
 
 
 
Diez minutos después de pasar el último retén militar destellaron frente a la proa del bote las luces amarillentas de Bojayá. 
Eran la 7:10 de la noche. La embarcación se deslizaba lenta por el río Atrato. Dentro del bote iban 70 pasajeros soñolientos por las doce horas de viaje desde Quibdó.
“Entremos en silencio”, había dicho minutos antes uno de los líderes del grupo. Pero desde el mirador del pueblo se escuchó el golpe alegre de los tambores y, luego, gritos de bienvenida.
Docenas de personas, sobre todo niños, se desgranaron por la pendiente hasta la orilla del río para abrazar a los recién llegados.
Así comenzó esta semana una de las expediciones de la Legión del afecto. La Legión está conformada por unas 400 personas, especialmente jóvenes, provenientes de barrios pobres de Cali, Medellín, Cartago, Florencia, Armenia, Salento, Barrancabermeja y Soacha, entre otros.
Algunos de ellos pertenecieron a pandillas, bandas de delincuencia y grupos armados ilegales. Otros son desplazados, vendedores ambulantes… muchachos sin posibilidades de conseguir trabajo o de ir a la universidad.
Como Alexis Sáenz, que vendía turrones de ajonjolí frente al paraninfo de la Universidad de Antioquia, en el centro de Medellín. Ahora estudia en quinto semestre de biología y química en esa misma universidad, gracias al aporte económico que recibe por declamar poemas de Barba Jacob en las comunidades.
El objetivo de Alexis y de sus compañeros al desembarca en Bojayá es sencillo: alegrar la vida a los habitantes del pueblo donde las Farc mataron hace cinco años a 119 personas durante un combate con paramilitares.
“Nuestro objetivo es llevar instantes de alegría”, explica Diego Palacios, un joven del barrio Santander, en la comuna noroccidental de Medellín.
En ese sector nació esta experiencia hace unos cinco años. Mario Flores y Darío Barberena, asesores de Acción Social, se fueron a vivir a la comuna noroccidental de Medellín. Allí se encontraron con los muchachos de Casa Mía, una iniciativa de paz creada por los jóvenes del barrio Santander.
De las charlas con los muchachos de Casa Mía nació la Legión del afecto, cuyo objetivo es quitarle unos 20 mil jóvenes a la guerra. Para ingresar a la Legión basta tener voluntad inquebrantable de servicio a la comunidad.
Comenzó con una docena de muchachos que buscaban otras opciones de vida para huirle a una muerte segura en las balaceras diarias que se desataban en estas laderas de Medellín.
Luego hallaron respaldo en la oficina de Acción Social de la Presidencia y en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Pnud, organismo que financia a los legionarios del afecto.
Así pudieron viajar a otras ciudades a dialogar con muchachos de barriadas. Allí, además de pandilleros, hallaron acróbatas, músicos, poetas, malabaristas, equilibristas y danzarines.
Algunos de ellos se metieron de lleno en la Legión y a cada uno le encontraron algo que hacer. Existe, por ejemplo, un ‘coordinador de las cosas sin importancia’.
Otros, curtidos por la vida y por tenebrosas empresas ilícitas, descubrieron sus talentos escondidos: organizan expediciones de más de 500 personas por zonas campesinas o almuerzos comunitarios para cinco o seis mil personas. En estos, temidos ex pandilleros sirven la mesa o bailan para los invitados, sus vecinos a los que antes atemorizaban.
Todos ellos reciben un aporte mensual que va entre los 400 y 600 mil pesos y que se denomina ingreso social.
Aunque la intención de llevar alegría parece somera, la Legión del afecto está guiada por una filosofía enraizada en la convicción de que los jóvenes pueden jugar un papel de transformación hacia un país tolerante, más equitativo, solidario y respetuosos de la vida y de la naturaleza.
Diego, Alexis y los demás muchachos de la Legión ya han acompañado a las comunidades del río Caguán y a los desplazados de Caldas y el oriente de Antioquia.
En Medellín, recolectan víveres para los ancianatos y arreglan casas de desplazados. En Salento (Quindío), hace un mes, realizaron una jornada de convivencia con 500 enfermos terminales.
Esas labores despertaron la solidaridad de unos 150 médicos, odontólogos, arquitectos y otros profesionales que apoyan labores de la Legión, como atención médica especializada a campesinos y a habitantes de barrios pobres.
Pero los Legionarios no son ángeles; algunos aún tienen problemas de drogadicción. Por esa razón, crearon un ‘código de honor’ que les prohíbe tener relaciones afectivas en las comunidades que acompañan o consumir alcohol o drogas mientras realizan sus misiones. 
EL TIEMPO / 07/10/2007

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PERFIL
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La gente es la principal motivación en mi oficio de contador de historias. Sobre todo la gente que ríe y llora con cada latido de este país. Los he hallado en caseríos fantasmales, arrinconados por la violencia; enrumbados en jolgorios indescriptibles; los he visto perseguir cada peso, de día o de noche, o celebrar con cerveza por la nueva hilera de ladrillos que pegaron en la casa que levantan durante años con sus manos... he intentado escribir para la memoria durante 24 años de periodismo, 18 de ellos en EL TIEMPO. Nací en una vereda de Popayán, soy de ancestros nasa o paeces. Tengo algunos reconocimientos por mi labor periodística, entre ellos cuatro premios nacionales de periodismo, el Premio Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, 2007 y el Premio Rey de España en Periodismo Digital-2007. He publicado tres libros de historias urbanas. Pueden escribir a: josenavia@hotmail.es

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