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SIDI 

Un relato de frontera

Arturo Pérez-Reverte

Alfaguara

 

Lo primero que se podría ponderar de esta novela de sustrato histórico; novela mitad realidad objetiva y mitad realidad imaginaria, es el esmerado idioma castellano en que está escrita. No hay palabra, ni mal empleada, ni mal escogida; no hay frase desequilibrada melódicamente, ni párrafo que no merezca ser leído en voz alta. Muchos de ellos, más que legibles, se hacen visibles por mor de la imagen poética:

«El horizonte ya no existía a levante, donde había oscuridad y cada vez más estrellas. Por el lado de poniente quedaba una estrecha franja mortecina comprimida entre tierra y cielo, que viraba despacio del ámbar al azul oscuro. Y contra la negrura, salpicándola de puntos rojos, brillaba una infinidad de fogatas».

Otro ejemplo de cómo es que se pinta con palabras:

«El viento decrecía en intensidad, pero la sierra arañaba el vientre de un enorme nubarrón, oscuro y denso, que lo ensombrecía todo a su paso. Relumbraron latigazos silenciosos de relámpagos lejanos».

A eso se le suele llamar prosa poética y es ella la sustancia de las 370 páginas de la novela.

Lo segundo, es la presencia escénica de los personajes que, dispensando ejércitos, no son muchos, siendo primerísimo, pero no único protagonista, Sidi Qambitur, llamado así por el primer moro al que le perdonó la vida. Es todo un ejemplo de liderazgo (está en todas con todos los suyos, soportando y comiendo lo mesmo y haciéndose cargo del sentimiento de los demás), tal que hasta para dictar un curso de ello serviría. Valiente que te rilas y asimismo justo y gallardo; elocuente las pocas veces que echa un discurso, y tan estoico que parece discípulo de Séneca: «Si un guerrero va a morir y está dispuesto a ello, actúa como si ya estuviera muerto…Igual que si su vida no fuera suya.»

Le siguen (como le siguen con bandera, atambor y arma en el campo de batalla), Diego Ordóñez (otro campeador), Pedro Bermúdez y Félez Gormaz (de una fidelidad a toda prueba), y, cómo no, el rey Mutamán.

Y en tercer lugar, la trama, que comienza con el famoso destierro (referido en el poema épico que todos conocemos) y cuyo destino final es la cruenta batalla entre su hueste (al servicio, por contrato, del rey moro de Zaragoza) y un ejército que, en realidad no es uno sino tres, para ver quién es amo en la frontera. Por ello, la novela lleva por subtítulo, «Un relato de frontera».

 

 

Bolívar Libertador de América 

Marie Arana

Debate

Pregunta obligada: Habiendo centenares de biografías sobre Bolívar, ¿por qué habría que leer esta? La respuesta incluye: Rigor investigativo, laudable calidad literaria, suficiencia de recursos narrativos y descriptivos y una escritura clara y amena exenta de jerga académica. El libro consta de 18 capítulos más un epílogo, e incluida la bibliografía, contiene 700 páginas. La prosopografía (toda la descripción física y la imagen que proyecta el personaje) y la etopeya (la caracterización moral y psicológica) nos ofrecen un completo y memorable retablo de un gigante de la Historia. Comienza con su infancia muelle bajo el ala de su privilegiada situación social y termina a la una de la tarde del 17 de diciembre de 1830, catapultado a la Historia como héroe trágico. El libro deja ver el lado, tal vez menos promocionado de Bolívar, el de escritor (de espíritu romántico) que ya prefiguraba el Modernismo latinoamericano.

Cada capítulo, aparte de ser un episodio del devenir histórico, es una narración tan atractiva que se lee como si fuera novela; baste  como ejemplo la forma de narrar el terremoto que sacudió a Caracas el jueves santo de 1812, con todas las consecuencias que trajo. El libro contiene casi que completas biografías aparte, como las de Miranda y Manuelita, por no hacer otras menciones.

Más que la verdad conmovedora de un destino trágico, esta biografía deja ver porqué lo más caro a nuestra idiosincrasia, es ser envidiosos, traicioneros, injustos, egoístas y ambiciosos. De todo ello fue víctima «el hombre de las dificultades». No lo mató la guerra en diecisiete años, ni el atentado que le perpetraron doce ciudadanos y veinticinco soldados y del cual lo salvó Manuela (castillo del amor, la tenacidad y la fidelidad hacia él); no lo mató el tabardillo en la campaña del Perú, ni las descomunales travesías por los páramos y llanuras (la mayor duró cuatro meses entre Lima y Caracas). Lo mató la desilusión, el asco; las calumnias, vituperios, apodos, leguleyadas, mentiras, ataques arteros y traiciones: lo traicionó Santander por ínfulas y ganas de poder; lo traicionó Páez para ganar en Venezuela la celebridad del mismo Bolívar; lo traicionó Córdoba por su misma debilidad. Lo traicionaron en Perú y en el sur porque tampoco resistían el peso de su gloria, y, para completar, mataron a traición a su amigo del alma, al único militar que le fue fiel aun cuando era tan grande como él, a Sucre. Ese asesinato le dio al Libertador el tiro de gracia, pues ya era por esos días algo menos que un espectro.

El libro de Marie (que leí con todo mi respeto, agradecimiento y admiración) representa antes que nada, toda una experiencia estética, pero también un motivo para nunca salir de la tristeza.

 

Profeta 

Juan Sebastián Gaviria

Random House

De uno de los novelista más interesantes de la narrativa colombiana actual, proviene esta impactante novela que muestra la cara oculta de la guerra que ha vivido el país. Quien le vea algún atractivo a ser soldado profesional o «profeta», puede llevarse gran decepción. Según se narra en el libro, el entrenamiento por el que ha de pasar el aspirante a un cuerpo élite del ejército, es una flagrante muestra de sadismo y un atentado contra la integridad y la dignidad humanas.Una operación militar como la que despliega la llamada Escuadra Esqueleto, no es nada diferente a jugarse la vida a los dados; cada enfrentamiento con la guerrilla es participar en una rifa macabra. Lo peor es que la defensa de la patria o de un territorio, pasa a un segundo plano, queda valiendo nada ante el tesoro que puede significar la olla de comida dejada por el enemigo.

» Emiliano ha visto cómo los muchachos se matan a tiros a la hora del rancho por llegar primero a la olla y puede ver en Cuevas ese temor de todo oficial cuando la comida escasea, la certidumbre de que el hambre desbarata ejércitos enteros de manera fría y sistemática. El teniente tiene razón, dice Emiliano, estamos muy débiles para encendernos, y aunque el hambre tiene a Rodolfo y a Mauricio en un estado de irritabilidad que confunden con la vieja sed de combate, sus cuerpos deben saber que Emiliano está en lo cierto, por eso es que nadie ha propuesto que vayan a buscar a los subversivos que bajaron el helicóptero, no sería la primera vez que una tropa revienta un campamento enemigo con el único objetivo militar de conquistar ese territorio invaluable que es una olla de arroz con fideos. Porque eso parece ser lo único que comen los guerrilleros, arroz con fideos, caen campamentos en el Meta y hay arroz con fideos y caen campamentos en el Tolima y hay arroz con fideos y ha sido así durante años, y después de alinear los cuerpos y arrumar las armas nunca faltan los soldados que van a pelar las ollas.»

Muchas reflexiones trae la novela, acerca de la violencia, la guerra y el hambre (sin dejar de lado toda las trapacerías del Estado, el más frío de los monstruos en palabras de Nietzsche); pero lo más inquietante discurre en las páginas que dan cuenta del muy lucrativo, pero siniestro negocio que bajo el auspicio de la guerra se puede montar: cada hombre muerto equivale a un hígado o un par de riñones que mediante un tráfico de engranaje perfecto, surte a los ricos que esperan por un trasplante en una cama de alguna clínica de Bogotá.

 

Los mejores cuentos policiales 

Selección de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares

Lumen

Este género novelesco fue iniciado por Allan Poe y por más de siglo y medio ha tenido felices continuadores en Inglaterra, Francia, Norteamérica, España y Japón. Pero los argentinos no se quedaron por fuera y en esa medida los autores de la presente selección también incursionaron en el género, bajo el seudónimo compartido de H. Bustos Domeq (presente en la selección con «Las doce figuras del mundo», aunque Borges se apuntó con La muerte y la brújula»). Entre los 31 cuentos seleccionados aparecen entre otros: «La puerta y el pino», de Stevenson, en el que un hombre, por odio hacia otro, lo predispuso para que, llevado por la curiosidad y la superstición, se matara. «El marinero de Amsterdam», de Apollinare, es todo un ejemplo de precisión, intensidad y concisión. Se trata de la cohartada perfecta (pero injusta) con la que un asesino se sale con la suya, dejando moraleja para quienes, con intención de hacerse una venta, se meten en casa ajena. «En el bosque», de Akutagawa, es un cuento en el cual, para esclarecer un posible asesinato, todos los personajes dan su testimonio y la versión (confesión) del victimario, parece aclarar lo sucedido, hasta que la misma víctima da su versión…después de muerto. «El vástago», de Silvina Ocampo, es sencillamente magistral, sobre cómo la maldad se hereda y cómo hay venganzas que son más que justas y el que sufre de niño, no es sino que crezca para que siga sufriendo más. En «Una salita cerca de la calle Edware», de Greene, un hombre estuvo (sin darse cuenta) en un cine junto a uno que acababa de matar a otro, pero duda si fue así o lo soñó. «Julieta y el mago», de Manuel Peyrou, es un ejemplo de cómo se combina el suspenso con el humor, sin desperdiciar ni una palabra: un hombre muere durante un acto de magia; el caso no lo resuelve ni la policía ni la ciencia, sino un periodista metiche y goloso. Para antojar más al lector, nombraré otros autores de la selección: Hawthorne, Chesterton, Faulkner y Dickson Carr.

 

La conjura de los vicios 

David Betancourt

Random House

Parodiando el título de la inmortal novela de John Kennedy Toole, Betancourt agrupa ocho cuentos en los que su protagonista-narrador, busca la manera de conjurar sus vicios. El personaje obra por metonimia, pues casi todo lo que lo envicia a él o lo que lo tiene enviciado, es vicio de nuestra sociedad en general. Por ejemplo, en el primer cuento del libro, su vicio consiste en ser gratuita y compulsivamente procaz con su lenguaje, al punto de que lo internan en un centro de rehabilitación:

«Así pasé cuatro meses hasta que llegó lo duro: erradicar de mi mente las vulgaridades potenciadas. Esas eran las que a falta de otras nuevas les daban fuerza, energía y vigor a las clásicas individuales y las ponían a insultar más y a sonar más ofensivas que estando solas. A fuerza de lidias logré también expulsarlas de mi existencia y potencié las palabras bonitas a su máxima expresión.»

En otro cuento, «Muertamenta», el narrador (plausible trasunto de Betancourt), manifiesta su delirio por ser escritor famoso. Con mucho humor, no deja de ser un vainazo para muchos que se creen buenos escritores cuando están lejos de serlo. El cuento, titulado «El prendido desprendido», es una parodia de El príncipe y el mendigo y deja como moraleja, que no es tan bueno (como se dice) ser desprendido y que por dárselas de bondadoso, un santurrón se puede fabricar su propio infierno. El tenor de la escritura y el tono irreverente, alzado y mordaz de este autor nacido en Medellín en 1982, lo emparentan bastante con Fernando Vallejo.

 

Carta breve para un largo adiós 

Peter Handke

edhasa

Más de cuatro décadas después de haber sido publicada en alemán, se nos ofrece la presente traducción de una novela que demuestra que el Nobel para su autor, fue más que justo. Es una joya de precisión narrativa, sustentada en la maestría descriptiva tan propia de Handke y con pespuntes de lirismo. Los protagonistas son: Judith, quien viene a personarse apenas al final de la novela (hasta ahí solo tenía presencia en los recuerdos del narrador) y su esposo, que nunca revela su nombre. Los dos conforman una pareja cuyo matrimonio se sostiene con base en el odio mutuo; peor aún, el mutuo deseo de aniquilarse:

«Cada uno buscaba algo más para hacer, casi no nos dejábamos en paz, y no eran los argumentos los que decidían una discusión, sino el duelo de las actividades a las que nos abocábamos inmediatamente después. […] Así es como el odio nos hacía pasar uno al lado del otro como en una coreografía,[…] Si de pronto nos separábamos, todo se volvía inmediatamente irreal. Pero ya estábamos indefensos ante nuestros nervios. Tampoco ayudaba que quisiéramos prescindir de nosotros mismos.»

Bastante lógico, ¿no? si se separaran, el objeto de odio se perdería de vista, y eso acabaría con el matrimonio.

De esta forma, cuando el uno decide viajar de Austria a Norteamérica, el otro se le viene detrás, con todo y que ella le advierte mediante una «carta breve»: «Estoy en Nueva York. Por favor no me busques, no sería lindo encontrarme.» Cada uno es perseguidor y perseguido; quieren y no quieren volver a encontrarse y en esa medida, la novela, que es más que todo psicológica, deviene novela de viaje. Solo que, mientras que Judith viaja sola, su odiado esposo lo hace en compañía de una amante de ocasión, que a su vez lleva a una hija que berrea y se pone histérica por todo. De la mano del narrador recorremos EE.UU. de Este a Oeste por el lado sur, y muchos de los recorridos el mismo narrador los asocia con los que se hacen en las películas de John Ford. La novela tiene cierre glorioso cuando este director de cine se encuentra con la pareja y, al conocer su historia, concluye que el cine es la realidad y la realidad es la ficción.

 

¡Calcio! 

Juan Esteban Constaín

Random House

 

Después de haber contado las peripecias de un aventurero neogranadino al lado de Napoleón Bonaparte en El naufragio del imperio (2007), la novela que afianzó a Constaín como novelista que bebe en la Historia, fue ¡Calcio! (2010), de la cual se hace ahora esta nueva edición y en la que recrea con mucha amenidad el probable inicio del balompié.

Fue Arnaldo Dante Momigliano, el que expuso ante una secta de borrachos devotos de la cultura clásica, la idea de que el fútbol lo inventaron los italianos en la Edad Media. Fue en 1530 durante el asedio del ejército español a Florencia, cuando veintisiete jugadores por cada bando (lo que hoy llaman recocha en cancha de tierra), unos uniformados de verde y blanco, y los otros de rojo y azul, inauguraron el carnaval dándole a la pelota con los pies y las manos, ante un público que deliraba, sobre todo cuando un jugador se anticipó siglos al crack que con malicia (y trampa) metió un gol con la mano:

«Fue así como le vino el portero, enorme, y el indio saltando fingió un cabezazo al balón, pero con el puño escondido, que un poco lo empujó hacia la red.»… era el ¡Calcio!

 

 

Conversación en la catedral 

Mario Vargas Llosa

Alfaguara edición 50 años

 

Esta novela, “la del guardaespaldas” como su autor solía referirse a ella, que acaba de cumplir medio siglo de publicada, inicialmente con una tirada de 5.000 ejemplares y con el doble de ejemplares en su segunda edición, es una de las dos más extensas que nos dejó el Boom latinoamericano (la otra es Terra Nostra, de Fuentes); es una mole de más de setecientas páginas que, cuando Vargas Llosa la terminó en 1969 después de haber trabajado, o mejor, vivido en ella por cuatro años, tenía más de mil. Tanto el editor Carlos Barral, como los otros tres integrantes del Boom (Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar), además de Álvaro Mutis, quedaron maravillados con la que sería a la sazón, la gran novela política de Latinoamérica. Probablemente lo siga siendo aún y por eso es la consentida de su autor, con todo y que muchas de las novelas que le hicieron compañía, aparte de experimentales, fueron también muy políticas; en ellas como en ésta, los autores tomaron posición.

Alrededor de medio centenar de personajes de notable prosopografía (descripción de atributos físicos) y etopeya (descripción de rasgos psicológicos y morales) desfilan por las páginas de la catedralicia novela, en un magnífico ejemplo de eso que teóricamente se llama polifonía, porque todos narran; todos tienen voz y sostienen en vilo la trama a punta de diálogos entreverados y cruzados en el tiempo y en el espacio. Es laudable ejemplo también de expansión social, porque todas las clases, nichos y grupos sociales están allí representados: ricos y pobres; militares y civiles; negros y blancos; cholos y carilavados; ilustrados y analfabetas; trabajadores y estudiantes; explotadores y explotados; burgueses y proletarios; apristas y comunistas; avispados y brutos, en fin, mujeres y hombres de todo jaez: prostitutas, trepadoras, arribistas, hampones de cuello blanco, (y también de cuello mugriento), escritores, reporteros, amas de casa, choferes, cafiches y hasta mataperros.

La situación socio-política del Perú de la época retratada con fidelidad por Vargas Llosa, tiene a Lima como epicentro, pero también réplicas en otras ciudades, como Arequipa, ciudad donde ocurre el hecho que parte en dos la trama de la novela: una doble manifestación de, por un lado seguidores y por otro, opositores del General, la cual deja su saldo trágico y conduce a la caída del ministro más poderoso del régimen. Haciendo comparaciones, se podría decir que el ministro Cayo Bermúdez era a Odría, lo que décadas después fue Montesinos para Fujimori. En los gobiernos corruptos, siempre es así, cada perro con su chanda.

 

En el café de la juventud perdida 

Patrick Modiano

Anagrama

Le condé, un café parisino como los hay por montones, es el punto de encuentro, refugio, guarida de un grupo de perdularios entre los que se cuenta una misteriosa mujer llamada Jacqueline Choureau, de soltera Delanque, pero que todos conocen como Louki. Es la reina de la colmena. La novela dispone de tres narradores: una es la misma Louki contando su periplo adolescente, casi que al margen de la ley. Es toda una joyita; se volaba de casa cada tanto; dormía donde la cogiera la noche; abandonó la escuela; apenas si cruzaba dos palabras con su mamá; se casó por puro aburrimiento y por aburrimiento también, dejó al poco tiempo a su marido que se quedó sin entender nada: «Ella lo había llamado por teléfono dos o tres veces para confirmarle que no deseaba volver. Le desaconsejaba con vehemencia que intentase establecer contacto con ella y no le daba explicación alguna.»

Esto da pie para que el primer narrador de la novela sea un policía más bien bohemio, que busca a Louki por petición del cornudo. El tercer narrador es el más cercano a la voz de Modiano y el que más se parece a los protagonistas del resto de sus novelas: un sedicente escritor que sin saber a qué horas terminó viviendo con Louki…no por mucho tiempo, claro está. El encuentro y las andanzas de esta pareja, con su desidia, cinismo y estoicismo (más otros ismos que incluyen el noctambulismo), nos recuerda a Oliveira y la Maga de Rayuela, ¿se acuerdan? «andábamos sin buscarnos, pero andábamos para encontrarnos»:

«Louki me había dicho que ella también había vivido, antes de casarse, en dos hoteles del barrio, algo más al norte, en la calle Armaillé, primero, y, luego, en la calle L’É toile. En aquella temporada, debimos de cruzarnos sin vernos.»

Como en todas sus novelas, Modiano nos pasea por París, que no es la de las estampas turísticas, sino una París de lo que Roland llama de «las zonas neutras»; Una París en la que los personajes parecen trasegar en redondo, condenados a volver siempre al punto de partida, en lo que el mismo Roland llama «el Eterno Retorno». Por eso la táctica narrativa de Modiano es la analepsis, el flash back que hace que el presente sea ilusorio y el futuro ni se vislumbre; que hace que creamos que estamos leyendo a Proust, un Proust moderno que todo lo tiñe de nostalgia, que sabe que el éxito no es posible y la felicidad sí que menos: Patrick Modiano.

 

Nueve cuentos malvados  

Margaret Atwood

Salamandra

A la decena de cuentos del presente volumen, lo perversos no les quita el sesgo de humor negro, ni la mirada crítica hacia la sociedad, y, por supuesto confirman la poca complacencia de la autora canadiense con la especie humana. «Luisa naturae» es una alegoría sobre la diferencia, la cual nos hace monstruos; además, el amor y la piedad tienen su límite, inclusive para una madre. En «Sueño con Zenia, la de los colmillos rojo brillante», un grupo de mujeres otrora hippies que para todo actuaban en gavilla, se vuelve a reunir para recordar a Zenia, quien de joven les quitó el marido a todas. Ahora ella se les aparece en sueños para prevenirlas de peligros. En «Un colchón de piedra», una mujer que de joven fue vejada, se desquita con los maridos que va teniendo, hasta que se le presenta la oportunidad de vengarse del causante de su desgracia. Este último cuento, según dice Atwood, «comenzó a gestarse durante un viaje por el Ártico organizado por Adventure Canadá, con la idea de entretener a mis compañeros de expedición. Graeme Gibson hizo una contribución sustanciosa a la historia, dado que ya parecía tener en mente el método para que un individuo liquidara a otro en un viaje de esas características sin ser descubierto«.

 

 

 

El olor de la guayaba

Gabriel García Márquez 

Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza

Random House

Publicado por primera vez en 1982 con un inusitado tiraje de 200.000 ejemplares y en simultánea con editoriales de México y España, este libro del que ahora aparece esta nueva edición, contiene las claves para entender a Gabo como escritor, lector, hombre político y hombre a secas. El libro bien puede tomarse como cuota inicial de lo que a la postre serían sus memorias (Vivir para contarla). Entre charla y charla, Apuleyo Mendoza obtiene de Gabo confesiones, anhelos, frustraciones, conceptos y muchas claves sobre la escritura que debidamente formalizadas darían para un curso de teoría y creación literarias. Veamos algunas:

«Nadie puede ayudarle a uno a escribir lo que está escribiendo.»

«Sé por experiencia que cuando se toman notas uno termina pensando para las notas y no para el libro.»

«Uno no puede inventar o imaginar lo que le da la gana, porque corre el riesgo de decir mentiras, y las mentiras son más graves en la literatura que en la vida real.»

«No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad.»

«Tampoco a los niños les gusta la fantasía. Lo que les gusta, por supuesto, es la imaginación. La diferencia que hay entre la una y la otra es la misma que hay entre un ser humano y el muñeco de un ventrílocuo.»

 

Carta sobre los ciegos para uso de los que ven 

Mario Bellatín

Alfaguara

En la Colonia de Alienados Etchepare está recluida una pareja de hermanos ciegos. Uno de ellos, la hermana (de sexualidad bastante ambigua) puede oír y el otro es sordo. Mediante un artilugio tecnológico ella le facilita la vida a él, pero es el incesto lo que a la hora de la verdad los mantiene juntos. La novela del escritor mexicano se sostiene en el discurso de la que uno supone que es mujer, cuyo único destinatario es su hermano, Isaías. En realidad es un monólogo inútil porque él no se inmuta. Es una novela, se diría alegórica y simbólica, que deja al lector la posibilidad de interpretar si el sórdido lugar de confinamiento rodeado de perros y ratas es real o es pesadilla (kafkiana), aunque la razón por la que la pareja incestuosa fue a parar allá, es de lo más prosaica:

«¿Te has puesto a pensar en lo que fue la vida de nuestra madre dedicada a limpiar casas de manera interminable? Lo hizo hasta que no pudo más y nos dejó. El hombre con quien había comenzado a verse puso como condición para llevársela que se deshiciera de sus hijos. Conforme su romance florecía, empezó a buscar por aquí y por allá, hasta que finalmente se enteró de que en la Colonia de Alienados Etchepare existía una sección casi secreta, donde nos podía alojar. Así fue como llegamos a este lugar.»

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PERFIL
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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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