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Cuando la alcaldesa de Bogotá anunció su propósito de decretar la medida que denominó “simulacro de aislamiento” a mediados del mes de marzo de este año, como consecuencia de la aparición de los primeros casos de contagio, nunca pensé que sería testigo –y damnificada- de los hechos que han cambiado la historia reciente de la humanidad por causa de la pandemia desatada por el coronavirus.

Debo confesar que a principios de año no imaginé (como la mayoría de los habitantes de este planeta) que hoy el mundo entero viviría la crisis en la que está sumido. No obstante, desde finales del año pasado ya se hablaba de la existencia de un virus nuevo que estaba afectando a la ciudad de Wuhan en la China. No era, sin embargo, una información que ocupara la primera plana de los diarios.

Como pasa siempre que se tiene noticia del surgimiento de una nueva enfermedad en un país lejano, no cruzó por mi mente la idea de que algún día (muy próximo) la propagación de ese mal se regara por todo el mundo y llegara como un rayo a Colombia extendiéndose por todo su territorio.

En Bogotá estábamos apenas comenzando el “simulacro” cuando el Gobierno Nacional decretó inicialmente el aislamiento preventivo obligatorio de los mayores de 70 años hasta el 31 de mayo (el cual me incluye), decisión que poco después se extendió a todos los habitantes del territorio nacional hasta el 13 de abril y se ha prorrogado en dos oportunidades. Su última vigencia va hasta el 25 de mayo.

La noticia de un encierro forzoso por un tiempo relativamente largo no me sorprendió porque ya intuía que una medida semejante podría tener lugar teniendo en cuenta las experiencias previas de otros países. En Italia, por ejemplo, se decretó la alarma sanitaria el 31 de enero pasado cuando se registraron los dos primeros casos positivos de coronavirus en ese país. Eran dos turistas chinos. Pero el primer confinamiento se estableció cuando en el municipio lombardo de Codogno los médicos diagnosticaron que un hombre, a quien no le habían podido curar una neumonía durante tres días, padecía de coronavirus. Como consecuencia, varios pueblos del norte de Italia entraron en cuarentena por causa de ese descubrimiento.

Vivir encerrado y sin poder salir es incómodo. Tal vez las monjas de clausura están habituadas a ese estilo de vida pero en su caso la decisión de vivir así es voluntaria. Los demás debemos hacerlo obligados por el Gobierno con el fin de proteger nuestra vida. Como les decía, no me sorprendió la determinación pero sí he tenido que adaptarme a un modo de existencia novedoso. Es así, a título de ejemplo, que extraño ir al supermercado, tomar un carrito, recorrer los pasillos y escoger a mi gusto las frutas, las verduras, las carnes y otros productos de mi preferencia personal. Después, al momento de pagar, cruzar un saludo con el cajero y si es un conocido hasta bromear un poco para hacer ameno el momento. En lugar de eso, ahora, para mercar, utilizo una aplicación instalada en mi teléfono y los productos que antes podía tocar y seleccionar, solo los veo representados en imágenes fotográficas. La diferencia es enorme y la sensación, terrible. Lo peor de todo es que otra persona escoge por mí los tomates, las cebollas y los pepinos. Si me gustan los que recibo a domicilio, bien. Si no, también. Al fin y al cabo debo estar agradecida porque puedo comprar sin salir de mi casa.

Tengo un hábito o rutina que quizás sea una ventaja para paliar el encierro: no tengo la costumbre de salir a la calle sin motivo alguno. Cuando salgo lo hago por una razón muy concreta: ir al supermercado, a la peluquería, a comprar algo que necesito, a un restaurante. Por eso, aunque extraño esas salidas, no estoy desesperada ni a punto de enloquecer como les ha ocurrido a otras personas. Además, mi actividad no requiere que me desplace a otro lugar porque, gracias a Dios, la tecnología me permite estar conectada con quienes necesitan comunicarse conmigo.

A propósito, esta situación está influyendo notablemente en los sueños de todos. Recuerden que en los sueños Dios nos habla de lo que sucede en nuestras vidas en el momento presente. Por eso, al despertar en las mañanas y recordar lo que soñamos, debemos examinar cuáles son nuestras circunstancias, qué estamos haciendo, qué queremos cambiar en nuestras vidas. Un poco de reflexión sobre estos aspectos nos conducirá a las respuestas que buscamos en las imágenes del sueño.

Una persona me narró hace poco un sueño en el que veía un lugar parecido a un edificio y una gran cantidad de personas  desesperadas que trataban de salir de ahí por puertas, ventanas o cualquier otro espacio que tuvieran a su alcance. Las imágenes le parecieron raras e incomprensibles, sin sentido. Entonces le pedí que pensara un poco y revisara lo que actualmente está ocurriendo a su alrededor. Hay muchas personas que quieren “salir” de cualquier manera de la situación en la que están atrapadas. El confinamiento ahoga y desespera a muchos por la sensación de impotencia que genera para algunos, verbigracia, no poder cumplir con la obligación de sostener a su familia, como puede ser el caso de un trabajador informal. Y para otros puede ser la necesidad sicológica de estar fuera del espacio físico que los oprime. De eso le hablaba Dios a esta persona. No solo del momento que está viviendo individualmente, también de lo que están experimentando sus allegados. La realidad personal y la circundante se manifestaron claramente en las imágenes de este sueño.

Volviendo a mi experiencia dentro de la cuarentena solo me resta acotar que espero con paciencia el día en que se apruebe la vacuna contra el coronavirus. Las opiniones de los expertos a veces no coinciden pero entiendo que todavía no hay un conocimiento certero del virus y sus mutaciones. Habrá que esperar y como dicen algunos tendremos que aprender a convivir con él. Sé que la vida no volverá a ser igual que antes. No sé si por un tiempo determinado o para siempre. Entre tanto, le pido a Dios que se apiade de la humanidad entera. Algunos, como en mi caso, hemos vivido bastante. Pero otros, los niños y los jóvenes necesitan vivir para desarrollar todo su potencial. Ojalá esta pandemia algún día sea simplemente un mal recuerdo.

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PERFIL
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Nací en Barranquilla, Colombia, en 1949. Desde muy niña, a la edad de seis años, descubrí que poseía el don de interpretar los sueños. Al principio supuse que era una facultad natural que poseían todos los seres humanos. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo observé que no era así. Entonces, al llegar a la adolescencia, decidí ocultarlo para evitarme problemas y malos entendidos con quienes suponían que lo mío era un arte adivinatorio. Después de haber educado a mis hijos, de verlos casados e independientes, y ya retirada de mis ocupaciones laborales, consideré que había llegado la hora de desempolvar el don y ponerlo al servicio de los demás.

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