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Un antiguo indio cheroquí dijo a su nieto: «Dentro de cada uno de nosotros hay una batalla entre dos lobos… Uno es Malvado: es la Ira, la Envidia, el Resentimiento, la Inferioridad, las Mentiras y el Ego. El otro es Benévolo: es la Dicha, la Paz, el Amor, la Esperanza, la Humildad, la Bondad, la Empatía, la Verdad». El niño pensó un poco y preguntó: «Abuelo, ¿qué lobo gana?». El anciano respondió: «El que alimentes».

 

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Petúfar es Peter Ujfalussy Farkas. Soy autor de materiales para la enseñanza de la Ortografía y la corrección gramatical y lingüística. Editor y corrector de estilo, también soy ingeniero químico y matemático. Aunque nací en Hungría, me gusta el español y lo estudio todos los días. Creo que el idioma español es fácil de analizar, entender, aprender y enseñar. Yo lo aprendí y estoy dispuesto a enseñarlo desde el punto de vista de un pensador independiente.

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  1. Un dato interesante: Según el Opinómetro de hoy en El Tiempo, el 59,6% no está de acuedo con que los desmovilizados participen en política; el 32,3% sí lo está y el resto (8,0% no sabe o no responde).

  2. Sesenta años de rendiciones preventivas ante la guerrilla comunista (la primera, la de Rojas Pinilla ante Juan de la Cruz Varela en 1.953 ), de despejes, diálogos, acuerdos inhumanitarios, amnistías, perdones, indultos… son mas que suficientes para saber como usan los terroristas estos “intentos de reconciliación”.
    Si sumamos a los comunistas convencidos los cobardes que sueñan con amansar la fiera echándole carne, las élites deseosas de aprovechar parte de los beneficios que generan el cartel de narcotráfico mas grande del mundo, el secuestro, la extorsión, el apoderarse de las tierras mediante el desplazamiento, los Petro-dólares de Chávez, la corrupción en Bogotá y en Colombia- como la “justicia”, los medios de comunicación, la Academia, los sindicatos, feministas, ecofanáticos, tantos grupos de presión y toda suerte de políticos de izquierda- no es “una pequeña parte de la sociedad civil” la que sueña con la enésima solución negociada del conflicto, o sea, la eternización del terror de la izquierda.

  3. Se habla mucho de reconciliación… Y no sólo en el plano espiritual, religioso y personal, sino en el mundano de la sociedad en general, incluyendo la reconciliación política. No obstante, hay un grupo de personas cuyo «lobo interior malvado» tiene completamente dominado al «benévolo» y por tanto vive sumergido en el odio, la ira, la envidia, el resentimiento, la inferioridad, las mentiras, el ego, el revanchismo y la maquinación para causar pena y dolor.
    En Colombia hay un conflicto absurdo que ya va para el medio siglo, y todavía no parece tener solución. Algunos sitúan el inicio y creen hallar justificación en lo que llaman injusticias económicas de ricos y pobres. Sin embargo es un hecho bien conocido que hay lugares de mayor desigualdad social donde no se ha llegado al conflicto armado. En Colombia, a la desigualdad —por cierto, inevitable— se ha agregado la envidia, el resentimiento y el odio que llegó a niveles inaceptables. El principal factor detonante del conflicto, y el que todavía 50 años después lo mantiene vivo, es precisamente ese odio que ha sido imposible superar. Porque el odio hizo que se formara la guerrilla, que se comenzara a matar gente (policías, soldados, población civil, hombres, niños y mujeres). Vinieron los secuestros, los boleteos, las extorsiones, las amenazas y las bombas. Y el narcotráfico… para agregar un poderoso medio de sustentación económica. Luego, ante la incapacidad o la ineptitud y falta de visión de los gobiernos para liquidar las guerrillas, aparecieron las autodefensas, organizaciones paramilitares para defender parcialmente a los afectados, entre ellos empresarios, ganaderos y terratenientes. Pero las autodefensas necesitaban más dinero que el de origen lícito que les podían dar sus clientes, y también terminaron recurriendo al narcotráfico. Pronto perdieron la brújula e incurrieron en masacres, desplazamientos y apropiación de tierras y propiedades. Los gobiernos sucesivos hacían poco o nada para remediar la situación. La guerrilla crecía y lo mismo el paramilitarismo que le hacía contrapeso. La sociedad civil, indefensa, se dividió entre los partidarios de la «mano dura» y la «solución negociada». Hubo un gobierno que se dedicó a pintar palomas de paz, otro logró la desmovilización de alguna guerrilla secundaria, otro más intentó dialogar, pero el diálogo fracasó estruendosamente después de cuatro años de no avanzar absolutamente nada. Siguió otro gobierno que le apostó a la mano dura, pero, a pesar de un período doble en que lo intentó y de algunos éxitos —incluso resonantes de liberación de secuestrados y baja de cabecillas importantes—, no pudo lograr más que una desmovilización parcial de miembros no principales de la guerrilla más poderosa. Sin embargo, ese gobierno logró la desmovilización y consecuente desintegración de las autodefensas, ya cansadas del poco o ningún reconocimiento de parte de los gobiernos y la sociedad civil como factor estabilizante. A pesar del antecedente de la generosa amnistía al M-19 que permitió y propició que varios de sus militantes pasaran a desempeñar ministerios, fueran senadores, alcaldes, gobernadores y candidatos presidenciales, los jefes paramilitares desmovilizados, no obstante no atentar directamente nunca contra el Estado colombiano, no corrieron con la misma suerte: fueron encarcelados, condenados a largas penas de prisión, extraditados y obligados a resarcir a sus víctimas. No hubo perdón ni amnistía ni reconciliación de ninguna especie. (Sorprendentemente, hay un pequeño sector amigo de la guerrilla que llama «paraco» a Uribe, responsable principal del tratamiento asimétrico dado a los paramilitares desmovilizados.)
    Mientras tanto, la guerrilla más importante de las Farc, a pesar de que se hizo a grandes fortunas gracias a sus actividades ilícitas de extorsión y narcotráfico, no hacía ni hace el más mínimo gesto de favorecer a los pobres a quienes supuestamente defiende. Tampoco da señales de querer desmovilizarse ni mucho menos intenciones de dedicarse a un trabajo honrado y productivo. Apoyada por gobiernos vecinos de izquierda, sigue sin insinuar deseos de cambio ni de reconciliación.
    El grueso de la sociedad civil poco a poco ha ido comprendiendo que, debido a la ausencia de interlocutor, el diálogo no iba a rendir frutos. No obstante, una parte de ella sigue soñando, de buena fe pero ingenuamente y sin fundamento, con la solución negociada. Otra parte, simpatizante de la izquierda y de la guerrilla misma, cuando no comunista convencido, aprovecha esa ilusión para desacreditar la vía del sometimiento, que —por eliminación— es claramente la única posible. Esa pequeña parte de la población quisiera que la guerrilla nunca se acabara o se tomara el poder. Lamentablemente, el aparato judicial, ahora encabezado por la fiscal, que es exesposa de un exguerrillero, está casi completamente en manos de los dos últimos grupos minoritarios. Sería tarea del gobierno democrático elegido por las mayorías poner remedio a la aberrante situación que se presenta. Sin embargo, aparentemente la democracia no da para tanto.
    Vemos que la reconciliación está bastante lejos. El tratamiento dado a los desmovilizados ha sido asimétrico. Se está condenando, sin pruebas confiables, a prisiones de más de veinte años a militares defensores de la democracia y a funcionarios que supuestamente han tenido «alguna relación» con paramilitares, así no se les haya comprobado participación directa en ningún hecho punible y menos en asesinatos. Los guerrilleros desmovilizados se siguen indultando, pero sus simpatizantes siguen alimentando al «lobo malvado» que llevan adentro. Algunos de los exguerrilleros siguen aspirando a los más altos cargos democráticos y dando muestras del mismo odio que una vez hizo que abrazaran las armas. En sana lógica, como muestra de agradecimiento, deberían ser ellos los primeros abanderados de la reconciliación. Por otra parte, los militares temen combatir la guerrilla, pues si no pueden demostrar que esta les disparó primero pueden ser enjuiciados y condenados a prisión. ¿Estamos frente a una dictadura de los jueces que perpetuará la guerrilla? Para terminar con el conflicto, debe haber una reconciliación genuina y equilibrada. Los actores armados deben tener perdón en caso de desmovilizarse y entregar sus armas, pero no deben pasar a ser empleados estatales ni tener oportunidad inmediata de ejercer cargos de elección popular. Su militancia debería causar inhabilidad automática por un largo período o quizás de por vida. Los enemigos del sistema democrático no tienen por qué dirigir el Estado ni vivir a costas de él. Permitirlo no es reconciliación sino bobería.

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