Al hablar de una ciudad bonita, con frecuencia la gente toma como referencia las características arquitectónicas de sus edificaciones, la limpieza de sus calles, sus parques y jardines, pero también es común, y lamentablemente se ha normalizado socialmente, que dentro de esa evaluación se considere que haya gente que “afea” la ciudad.
Hay que comenzar por reiterar una obviedad, que el espacio público por ser público es de todos los ciudadanos, y que los habitantes de la calle tienen tanto derecho a su uso como cualquier otra persona, y que con medidas policivas de desplazamiento o arriamiento no se soluciona el asunto, sino que se esconde y la respuesta efectiva se atrasa.
En un país con altísima inequidad social es de esperar que haya no solo pobres, sino ciudadanos en la miseria. A la indigencia se llega por desigualdad social, pobreza, maltrato infantil, desplazamiento y/o adicciones al alcohol o a las drogas. Las políticas sociales deben estar encaminadas no solo a atender a la población vulnerable, sino también a evitar que más gente caiga en la indigencia.
Por supuesto que la nueva intervención del Bronx en Bogotá era necesaria por la criminalidad que allí reinaba, pero hay que aclarar que el Bronx no era solamente el territorio, sino también las personas que allí estaban y el ambiente que allí reinaba.
Argumentar que ahora se está visibilizando la situación del habitante de la calle no es suficiente. El Bronx era conocido en Bogotá y en toda Colombia. ¿Y? Qué mayor visibilidad que haber estado cerca del Congreso de la República, del palacio presidencial, de la Alcaldía de Bogotá e incluso del comando de policía de la capital por muchos años.
Claro que la situación ha despertado la solidaridad de un sector de la sociedad, pero también el miedo y preocupación de comerciantes y residentes, y además está la profunda repulsión de otro segmento de la ciudad para la que no es tan grave que exista miseria, sino que se vea. Pero la indignación de cualquier lado confluye en el mal manejo que se le ha dado a esta problemática social.
Desde el punto de vista urbanístico, por supuesto que un ambiente de droga y mendicidad degrada y desvaloriza los terrenos y comercios que estén a su alrededor, por el temor de las personas a transitar por estas calles.
Es más difícil recuperar a estas personas que al mismo territorio. Muestra de ello es que los degradados edificios del Bronx ya están siendo demolidos por las autoridades para hacer renovación urbana, mientras que su población se ha esparcido o se ha desplazado, o la han arriado a distintos puntos de la capital. Existen denuncias de que muchos fueron enviados a otras ciudades del país. Y a cualquier punto a donde van, sea una plaza, debajo de un puente o un caño, se ha vuelto un problema no solo para ellos, sino también para los habitantes y comerciantes vecinos. Es decir, el Bronx aún no ha sido recuperado.
La situación es difícil por el tamaño poblacional, se estima que son más de diez mil personas; por la diversidad de problemáticas, muchas de ellas asociadas con su dependencia a las drogas; y claro, por las organizaciones criminales que se mantienen con la venta de estupefacientes.
Las autoridades deben garantizar la atención social y los programas de desintoxicación necesarios para atender a los habitantes de la calle. Habrá quienes acepten las ofertas institucionales y otros que prefieran continuar con su vida en la indigencia. Lo ideal sería que aceptarán la ayuda médica, alimenticia y social, pero la Corte Constitucional prohíbe que ellos sean forzados a recibir tratamientos o a ser trasladados a centros de atención.
Es comprensible la sensación de impotencia que genera esta situación, pero en el fondo está el poder de las drogas y de las bandas criminales que necesitan que nada cambie. Hay que continuar atacando a estas bandas e inducir continuamente a los habitantes de la calle a que acudan a la asistencia social.
La solución posible debe estar dirigida tanto al que quiere salir de su vida en la calle, como para el que quiere permanecer en ella, como los centros de consumo controlado, o la reciente propuesta de crear campamentos de consumo o alguna otra que garantice que no se volverá a crear un nuevo Bronx o Cartucho y que estas personas tendrán un lugar a donde ir, porque sea como sea, hay que garantizarles un lugar en la ciudad.
Los planes de intervención de espacios con una aguda crisis social como el del Bronx, deben enfocarse primeramente en dar respuesta al drama humano. Recuperar a los indigentes de las garras de la droga y de los grupos criminales es más difícil que recuperar edificios y casas.