Acabo de regresar de un periplo bien interesante por el Perú. Hacía mucho rato no viajaba en plan de turista pura—sin trabajo de por medio—y como no nací para internacionalista de escritorio, ya era hora de salir de exploración. La travesía resultó muy interesante y me sorprendió la cantidad de gente que peregrina a los lugares de ensueño que ofrece ese país. Pero además de la rica experiencia cultural, por alguna razón que no podría explicar, me dedique a observar con mucho cuidado ese extraño sujeto en el que nos convertimos fuera de nuestro entorno: el turista. Alguien debería escribirse un análisis antropológico o sociológico serio sobre este personaje (si conocen uno, agradezco me lo recomienden).
Sustraje algunas ideas que me parece, hacen del turista un objeto fascinante de análisis, por sus virtudes, defectos y contradicciones. Por supuesto lo que aquí reseño no son generalidades sino comportamientos (algunos de ellos en los cuales yo misma incurro) algo aleatorios que he observado en varios viajes y que encuentro muy particulares e interesantes, casi paradójicos. Fíjense:
1. Hay viajeros que salen por voluntad propia de su zona de comodidad. Sin embargo, a donde llegan, quisieran tener una réplica casi exacta de las comodidades de su lugar de origen. Este turista quiere “cambiar de ambiente” pero realmente desea que todo se mantenga inalterado. No falta la que no puede sobrevivir sin un secador de pelo, el indignado por falta de WiFi en el hotel, etc.
2. Mientras la lógica del viaje es la exploración, no falta el turista que se cansa y que se acostumbra a la novedad bien rapidito, sin mirarla con cuidado ni profundizar en su naturaleza. Estas frases que he escuchado ejemplifican bien el fenómeno: “No me resisto una Iglesia más”, “Ya vi todos los canguros que tenía que ver en mi vida”, “Otro montón de llamas, hay por todas partes”. El descreste del turista es de corta duración. Al final uno no se pone muy profundo en las vacaciones: se va es a descansar, no a hacer trabajo de campo!
3. El otro prototipo turístico fascinante es el del nuevo evangelizador. Este Bartolomé de las Casas contemporáneo le enseña al niño de la comunidad indígena que ha hecho hasta lo imposible por mantenerse aislada y preservar su identidad, a jugar Angry Birds en el Ipad. Este turista se auto-justifica indignado preguntándose a sí mismo: “¿pero cómo pueden vivir así?”. Si, vaya a saber uno cómo hace la gente para vivir sin un Ipad! Inexplicable!
4. Pero hay uno más agresivo: el turista conquistador. Este, al mejor estilo del cruel Pizarro, llega a tratar a todo el mundo cómo si fuera parte de su séquito. Trata mal a meseros, a guías, a conductores y en general a personal de servicio con el argumento de que está pagando y por eso lo tienen que tratar como a un rey y complacerlo en todo. O como a un virrey, al menos. Tristemente, ví a varios colombianos en este plan en mi viaje por Perú…
5. El turista tacaño que es capaz de pagar un cojonal de Euros por una caricatura mediocre en Montmartre, pero se niega a pagar una cifra medianamente decente y razonable al indígena que vende su trabajo artesanal. Este turista es tan rápido para desembolsillarse la plata en el llamado Primer Mundo como lo es para regatear hasta el último céntimo en el Tercero.
6. Como en el caso del turista del numeral 5, los de los numerales 3 y 4, solamente se comportan así cuando están de visita en un lugar que por cuestiones culturales, étnicas, políticas, económicas y sociales o una combinación de todas, consideran inferior a su lugar de origen. Ya sabemos lo bien que nos portamos los latinoamericanos en Europa y Estados Unidos: somos muy juiciosos, calladitos y obedientes. Pero los invito un día a que le pregunten a un peruano que trabaje en la industria del turismo por el comportamiento de los visitantes argentinos en ese país (para citar solo un ejemplo), se darán cuenta de la diferencia inmediatamente.
En unos lugares no hacemos show y tratamos de pasar desapercibidos, no va y sea le quiten a uno la visa por dárselas de bravucón (piensen en cómo la gente espera horas interminables de fila en inmigración después de largos viajes y sin decir ni una palabra) y en otros, a la menor señal de espera hacemos el espectáculo de rigor porque «uno no es el tipo de gente que hace fila», como le escuche una vez a una turista colombiana.
Oh sorpresa: el mundo tiene estratos y hay lugares en los que el turista se siente con derecho a comportarse como un ser superior, mientras hay otros en los que solo aspira a encajar y pasar desapercibido.
Los rasgos identitarios de la gente se hacen más evidentes y notorios cuando están desempeñando su papel de turistas. Es fascinante: se nos sale el arribista que llevamos dentro, el racista, el conquistador, el educador o en su defecto, el tercermundista con complejo de inferioridad. Eso depende a donde uno vaya.
@sandraborda
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