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Es innegable, y resulta esperanzador, que una gran cantidad de empresas -nacionales y multinacionales- estén actuando de forma solidaria con ocasión de la pandemia causada por el coronavirus.

Diversos actores económicos han aportado importantes recursos para atender la creciente emergencia sanitaria que afecta a la mayoría de los estados miembros de la comunidad internacional, los cuales cuentan con intermitentes sistemas hospitalarios para atender dicha situación, y por ende requieren de apoyo financiero urgente.

Así mismo, muchas empresas han acondicionado el desarrollo de su actividad económica para servir necesidades particulares que se han generado dentro de las sociedades afectadas, como por ejemplo el abastecimiento y transporte de comida, elementos médicos y hasta servicios funerarios.

Y, sin lugar a dudas, todos los actores privados han tenido que asumir la gran carga que implica la transformación abrupta de las condiciones (políticas, económicas, sociales y legales) en virtud de las cuales fueron constituidos y operan como unidades productivas rentables. Condiciones que, además, llevaron al despliegue de importantes inversiones de capital.

Dicha transformación, hay que decirlo, está dada por las medidas de naturaleza regulatoria que los gobiernos a lo largo y ancho del globo han tenido que tomar, con el objetivo de proteger los intereses generales que son considerados como prioritarios.

Por ejemplo, los derechos a la vida, a la integridad y a la salud de las personas, que bajo las condiciones pandémicas actuales sólo podrían ser preservados de forma efectiva si se limita por un largo período la movilidad de personas para frenar las dinámicas de contagio; si se cierran las fronteras nacionales con el fin impedir la llegada de nuevas fuentes de contagio; y si se clausuran de forma indefinida aquellas actividades que involucran concentraciones masivas de gente, como el turismo, los espectáculos y las grandes plataformas comerciales.

Es preciso reiterarlo: en términos generales se percibe solidaridad por parte del sector empresarial, y por ende, hay esperanza de cara a la superación de este duro reto que trasciende el estricto ámbito de gobernanza de los estados.

Sin embargo, también hay que llamar la atención respecto de un elemento latente en dicho ámbito de toma de decisiones y regulación, que muy probablemente le traerá dolores de cabeza a gobiernos que han estado comprometidos durante muchos años con las políticas económicas neoliberales: el eventual surgimiento de controversias internacionales de inversión relacionadas con las medidas regulatorias desplegadas para atender la emergencia generada por la pandemia.

No se puede olvidar que el modelo empresarial global tiende, cada vez con mayor fuerza, hacia la concentración de los actores económicos privados en grandes conglomerados, y hacia la consolidación de dinámicas de operación multinacional. El correspondiente panorama es el de poderosas corporaciones y cadenas de asociación empresarial encargadas de llevar a cabo masivas actividades de extracción de recursos naturales y producción de bienes y servicios que circulan dinámicamente por todas las latitudes posibles.

No se puede olvidar, tampoco, que estos agentes económicos globales están estructurados y toman decisiones en términos racionales. Esto quiere decir, para bien o para mal, que las empresas funcionan sobre una base de expectativas legítimas. En virtud de dichas expectativas, se supone que aquellas pueden predecir el comportamiento del estado y sus competidores de acuerdo con lo que las normas permiten o prohíben. De ahí que puedan calcular, mediando un entorno estable, el acceso a utilidades como consecuencia del desarrollo de su objeto social.

Bajo dichas consideraciones, replicables en todas las latitudes posibles, muchas empresas enfrentadas a profundas crisis -o incluso, al riesgo de quebrar y desaparecer- procederán a hacer uso de las herramientas en materia de estabilidad jurídica que, en su momento, les fueron concedidas por parte de los estados.

Así es. En los albores -y buenos tiempos- del neoliberalismo, muchos estados firmaron acuerdos internacionales de inversión (tratados de libre comercio o acuerdos bilaterales de inversión). A través de estos instrumentos legales internacionales, éstos decidieron ofrecer mecanismos de protección legal a los inversionistas extranjeros, adicionales a los que sus normas internas consagran para todos sus ciudadanos, para generar su llegada masiva. Esta maniobra de atracción incluye, de forma crucial, la posibilidad de que dichas empresas multinacionales decidan -racionalmente- demandar a sus estados huésped ante tribunales de arbitraje de inversión, como consecuencia de la generación de perjuicios económicos por el despliegue de acciones u omisiones regulatorias.

El riesgo existe, y es posible esperar el surgimiento masivo de demandas internacionales de inversión contra los estados, incluyendo a Colombia, en tanto las medidas tomadas por los estados empiecen a afectar los intereses de las empresas.

Esto es así porque dicho sistema de resolución de controversias adolece de bases éticas asociadas con la protección de intereses superiores a la actividad económica, tales como la protección de los derechos humanos. Así pues, no hay forma de conducir las decisiones empresariales en materia de inicio de controversias, pues éstas se basan en la simple medición de perjuicios cuantificables y la violación de estándares normativos, sin tener en cuenta el entorno donde esto ocurre.

En consecuencia, las empresas buscarían transferir los costos asociados con la pandemia generada por el coronavirus a los estados, por medio de la instauración de demandas internacionales de daños y perjuicios. Y por ende, a la ciudadanía que se vería afectada por los recortes presupuestales necesarios para cubrir las condenas dictadas por tribunales de arbitraje de inversión. Bajo una situación de recesión económica general, los efectos colaterales para la sociedad serían incalculables.

Como todo análisis prospectivo, este artículo busca plantear un escenario que, aun cuando no ha ocurrido, merece ser atendido con seriedad por todos aquellos interesados en el tema.

Del lado del estado, sus dependencias encargadas de desplegar medidas para atender la actual crisis sanitaria, quienes manejan la política económica internacional colombiana, así como quienes tendrían que defender al estado frente a eventuales demandas. Por parte del sector privado, aquellos que determinan la estrategia jurídica y reputacional de las empresas, que tantos beneficios han recibido por el buen trato que se les ha dado en Colombia. Y claro, la sociedad civil, quien tiene el deber de intervenir activamente en la discusión de temas como este, que afectan directamente valores intangibles como la democracia y la justicia social.

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Estudió derecho y a pesar de todo, se creyó el cuento de la justicia social y a eso se dedica. Cuando no está sumergido en la tesis doctoral le interesa la música latina y alternativa, el ciclismo colombiano en el mundo, la historia del más allá y el más acá, y los problemas públicos a nivel urbano y rural.

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Qué es lo que recordamos, y qué olvidamos, es seguramente una pregunta difícil de responder.

La mayoría de los humanos somos capaces de recordar experiencias pasadas, o fechas especiales, y hoy en día unos cuantos números de teléfono. Seguramente muy pocos.

Como quizás usted sepa, estimado lector, nuestra memoria parece "guardar" recuerdos de varios tipos; es de cierta forma clara la diferencia entre el recuerdo que se tiene de la fecha de su nacimiento, al que viene a la mente al recordar un libro especial o una película o una persona. Así que hay recuerdos más "ricos" que otros; más llenos, más complejos, si se quiere. Recuerdos que se componen de imágenes y también de sonidos, de olores, de sentimientos e incluso de recuerdos. Recuerdos de recuerdos, como por ejemplo los de los sueños; no es usual recordar directamente un sueño varias horas después de haber despertado, pero si justo al abrir los ojos el personaje se concentró suficiente en lo que acababa de soñar, entonces es probable que en la noche aún lo recuerde.

En fin. Hemos vivido muchas cosas a lo largo de nuestras vidas, pero a medida que pasa el tiempo las impresiones que podamos tener sobre ellas se van como desvaneciendo, como desgastando, y todo de forma natural y progresiva. No se puede detener. Olvidar es algo necesario, he oído decir a algunos, para poder mantenernos concentrados y con los pies en la tierra.

Borges, en su relato Funes el memorioso, nos muestra la realidad de un personaje (se llama Ireneo Funes, es argentino) que, producto de un accidente, no puede olvidar. Es uno de esos argumentos llamativos, formas de experimentos sociales con visos de realidad y casi de periodismo, que le permiten al que quiera imaginar por un momento cómo sería su encuentro con un personaje así de particular. Así imagina Borges la condición de Ireneo:

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero (...) Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

No sé a ustedes, pero a mí me parece una imagen literaria muy fuerte, uno de los relatos más agradables e interesantes que he leído. Por eso lo recomiendo fuertemente.

Desconozco la existencia de casos reales tan impresionantes como el de Funes. Aún así, sé de varios savants o personas con ciertas deficiencias en ciertas habilidades naturales (autistas, en la mayoría de los casos), que sin embargo parecen verse "retribuídas" en capacidades asombrosas. Es así como algunos hombres, siendo naturalmente incapaces de bañarse y vestirse por sus propios medios, pueden realizar operaciones matemáticas complejas más rápidamente que ciertas calculadoras, y con una exactitud y seguridad asombrosas. Existe también (y éste es un ejemplo bien popular) Stephen Wiltshire, un inglés al que se le diagnosticó autismo a temprana edad, y que tiene la impresionante habilidad de dibujar un paisaje con precisión casi fotográfica habiéndolo visto una sola vez. Algunos considerarán que "mostrarlo" de esta manera equivale a ponerlo en posición de curiosidad de circo; aun así, creo sinceramente que es posible admirar de corazón a este hombre por sus capacidades, sin verlo como un espécimen raro. En este video, Wiltshire es llevado a Tokio para hacer una vista panorámica grandísima de la ciudad.



Interesante, ¿verdad?. Wiltshire se gana la vida de esta forma; dibujando por dinero. Es básicamente lo mismo que hacen algunos artistas callejeros, sólo que no lo hace por física necesidad.

Fenómenos como el Alzheimer o el autismo afectan la memoria humana incrementándola o borrándola gradualmente. En su relato, Borges nos muestra de forma impersonal (y, creo yo, bastante respetuosa) la situación de una persona que se ve afectada por una de estas situaciones extremas; nos hace ver que no es lo que se llamaría una bendición, pero que en cierta forma tampoco puede considerarse algo malo. Es un punto de vista sobre una realidad que toca a pocos, pero que nos permite reflexionar y aprender algo nuevo. La literatura, entonces, nos enseña un poco de realidad a través de la ficción.


dancastell89@gmail.com

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