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Hasta ahora, el crecimiento económico y militar chino ha sido mostrado como un reacomodamiento pacífico del balance de poder global. Tanto China como los Estados Unidos aseguran que sus poderosas fuerzas militares no son una amenaza para el otro, y ambos han adoptado el lenguaje del “surgimiento pacífico” chino como la doctrina a seguir. Sin embargo, en el último año China ha cambiado su tradicional postura de no meterse en problemas territoriales que puedan generar enfrentamientos con los Estados Unidos y con sus vecinos. Este cambio se ha debido a una afirmación de sus “derechos” sobre islas y espacio marítimo que sus vecinos reclaman, una expansión que los Estados Unidos ven con preocupación.

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Mapa: google maps

China acaba de publicar su primer documento blanco de defensa nacional, donde asegura no tener intención de atacar a ningún país, pero afirma estar dispuesta a responder con fuerza incalculable si es atacada primero. En ese documento, China expone su objetivo de convertirse en un actor militar de primer nivel en los mares, con capacidades ofensivas (Foreign Policy, mayo 26 de 2015). Recientemente, China ha restringido los derechos de navegación y de vuelo a otros países sobre territorios y zonas marítimas en disputa, incluso amenazando con el uso de la fuerza en contra de barcos y aviones que ingresen a tales zonas.

Aparte de su reclamo hacia Japón sobre las islas Senkaku, China exige reconocimiento de soberanía sobre las islas inhabitadas Spratly en el mar de la China Meridional, una zona en disputa con Brunéi, Filipinas, Malasia y Vietnam. Para asegurar su dominio sobre las islas, China ha empezado a construir islas artificiales, en las cuales ha desarrollado instalaciones militares y pistas de aterrizaje (The Economist, mayo 30 de 2015). En ellas, los Estados Unidos han denunciado la presencia de artillería móvil, que podría ser usada en caso de un conflicto sobre esas aguas (New York Times, mayo 29 de 2015). Esta zona es de especial importancia por sus recursos naturales y por las líneas de navegación que mueven una parte importante del comercio y de los barcos militares de los países de la región y de los Estados Unidos.

La postura de los Estados Unidos, que tradicionalmente fue de acomodarse al surgimiento pacífico chino, ha empezado también a cambiar. Recientemente, el secretario de Defensa Ashton Carter le pidió a China que detenga su programa de construcción de islas artificiales en la zona. Además, dejó claro que los Estados Unidos no reconocerán el control chino sobre la zona, y que sus aviones y barcos seguirán operando allí (New York Times, mayo 27 de 2015). Como respuesta, las fuerzas militares chinas han advertido constantemente a las aeronaves en la zona que deben abandonarla, bajo amenaza de ser eventualmente derribadas. China considera la respuesta de los Estados Unidos como una provocación con consecuencias potenciales muy peligrosas.

Hasta el momento la tensión se ha limitado al escalamiento de las acusaciones de uno y otro lado, pero esto podría cambiar en el futuro cercano. Una preocupación mayor vendría con una eventual declaración por parte de China del archipiélago como una Zona de Identificación de Defensa Aérea (ADIZ, por sus siglas en inglés), en la cual todas las aeronaves extranjeras tendrían la obligación de identificarse antes de ingresar. En tal caso, China dejaría clara su intención de tomar “medidas de emergencia” que podrían incluir el uso de la fuerza (The Economist, mayo 30 de 2015).

Ni China ni los Estados Unidos desean un enfrentamiento militar. Hasta el momento, ambos países han sido muy cuidadosos de no tomar acciones que pudieran generar conflictos entre sus fuerzas militares, sabiendo que cualquier incidente pequeño en el que se use la fuerza tiene el riesgo de escalar hasta un conflicto abierto. Ambos países están armados con la mejor tecnología para un eventual conflicto, y aunque los Estados Unidos poseen una capacidad militar mucho mayor, la cercanía de China a este teatro de operaciones le daría una ventaja que el Pentágono no puede desconocer. Ambos países son potencias nucleares, además, y tienen la capacidad de impactar las ciudades del otro y causar daños irreparables.

Hong Kong, 2014. Foto: Sebastian Bitar

Foto: Sebastian Bitar

Por esta razón es que la nueva postura expansionista de China sobre el mar de China Meridional es preocupante. No es común que este país tome medidas de consolidación de su presencia militar en zonas en las que los Estados Unidos tienen un interés especial, y que, como se ha visto, pueden causar una respuesta contundente. Hasta el momento, el cruce de acusaciones parece un “juego de la gallina”, en el que cada uno va subiendo la retórica hasta que eventualmente alguno de los dos deba cumplir con sus amenazas o mostrarse como débil. Si China sigue amenazando con que usará la fuerza contra las embarcaciones y aeronaves de los Estados Unidos, y estos siguen amenazando con que seguirán operando en el territorio en disputa, llegará el momento en que algún incidente obligará a alguno de los dos a usar la fuerza o mostrarse como un mentiroso. Recientemente, el periódico chino Global Times, manejado por el Partido Comunista, aseguró que una guerra entre los dos países será inevitable si los Estados Unidos no dejan de pedir que se detenga la construcción de las islas artificiales.

El juego de la gallina es muy peligroso, más aún entre dos potencias nucleares. Por esta razón, ambos países deben tomar medidas para evitar un choque que pueda escalar hasta un conflicto. Al mismo tiempo que sus fuerzas militares se llenan de retórica guerrerista, los presidentes de ambos países siguen hablando de cooperación en cambio climático y temas comerciales. Tal vez es momento de sopesar las ventajas de esa cooperación por encima de los peligros de una disputa militar. Un eventual conflicto entre estos dos países no sería solo un problema local, sino que tendría consecuencias inevitables para los vecinos y potencialmente para el balance de poder en el mundo entero.

*Esta columna apareció originalmente en la Revista Tribuna No. 11, de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes. Lea el último número de la revista acá

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PERFIL
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Profesor Asociado de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes. Sebastián es PhD en Relaciones Internacionales de American University (Washington, DC), magíster en Ciencia Política y politólogo de la Universidad de los Andes. Ha publicado libros y artículos académicos sobre derechos humanos, conflictos armados y relaciones internacionales. Su último libro es "US Military Bases, Quasi-bases, and Domestic Politics in Latin America", publicado por Palgrave McMillan en Nueva York. Seguir en Twitter: @Sebastianbitar

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