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Desde el surgimiento de las primeras sociedades humanas, nuestra especie al igual que cualquier otro organismo dotado de vida, cumple con un ciclo de ascenso, esplendor y declive. La cultura y la sociedad no son en este caso una excepción. Por lo cual, la historia humana nos ha dejado vestigios y testimonios de grandes culturas con avances tecnológicos inimaginables aún en nuestros días, pero que, sin embargo, no fueron capaces de detener su decadencia y posterior extinción. Tal parece que, en estas primeras décadas del siglo XXI, los avances tecnológicos de nuestra civilización, que parece no tener límites, nos sigue llevando al punto más alto de desarrollo de nuestra historia, hecho que se contrasta con la incapacidad de nuestra especie de completar un paso definitivo al respeto y a la convivencia con nuestros semejantes. En síntesis, con aquel que piensa y opina distinto, sin querer imponer por la fuerza una percepción de la realidad sobre los otros.

La decadencia se percibe en cada aspecto de las múltiples y diversas culturas alrededor del planeta tierra. Sin importar el modelo político o económico, la esfera religiosa o cultural (incluyendo la explosión de nuevas identidades), la humanidad en su globalidad ha fallado en el intento de no repetir los errores que nos condenaron a un estado de violencia permanente en un pasado no tan lejano. En el presente, disponemos de una herramienta como el internet para tener acceso directo a cualquier fuente de conocimiento, en cualquier lugar, idioma o país del mundo desde nuestro pequeño dispositivo telefónico. Sin embargo, este enorme poder no es usado para profundizar el acercamiento y la comprensión del otro por medio del conocimiento, sino para divagar en el último chisme de la farándula, convirtiendo lo trivial y frívolo en el eje de nuestro saber, esto también nos ha conducido a una sociedad más fanática e intransigente, insensible al dolor y a la necesidad del otro, una actitud que podía comprenderse en sociedades cerradas al conocimiento, pero que debiese ser al menos un rasgo positivo entre los tantos efectos de la globalización. Por lo tanto, que estos vicios del pasado continúen en la era del Internet sólo muestran un síntoma más de nuestro fracaso como humanidad.

La naturaleza egoísta y violenta de la humanidad y su sociedad, sin entrar en el debate filosófico del contrato social de Jean-Jacques Rousseau y Thomas Hobbes, nos muestra que la discusión de una solución a este problema lleva siglos en el pensamiento de grandes intelectuales, pero un consenso sobre las rutas a seguir parece cada vez más lejano. Especialmente cuando las nuevas generaciones pretenden hacer tabula rasa del conocimiento del pasado, evidenciando una profunda ignorancia que nos lleva sin rumbo a lo que parece un inevitable hundimiento de nuestra sociedad.

El diagnóstico pesimista de esta breve reflexión se fundamenta en un análisis histórico extenso que nos permite, utilizando el espejo retrovisor del pasado, detallar en los fallos cometidos por nuestros antepasados y ha permanecer impávido como testigo silencioso, a un fenómeno que parece inevitable e indetenible, la destrucción de nuestra sociedad ya sea por guerras, epidemias, la crisis climática, o sencillamente por el desinterés, la apatía, el egoísmo y la falta de conocimiento sobre lo que nos hace humanos, persiguiendo el firme propósito de buscar las condiciones necesarias para la construcción de una armonía social, sin imponer doctrinas o ideologías, en la que sea posible, cada uno en su diferencia, convivir en sociedad respetando a quien es distinto, sus derechos y su libertad individual.

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Historiador y Magíster en Historia de la Universidad Nacional de Colombia, Doctor en Historia de la Universidad Pablo de Olavide en Sevilla - España. Con más de 20 publicaciones entre libros, capítulos de libros, artículos, papers y otros documentos. Entre mi experiencia profesional se encuentra mi trabajo por cinco años en proyectos de memoria histórica para las Fuerzas Militares, el Centro Nacional de Memoria Histórica y el IGAC.

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