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En febrero de 1964, Nueva York estaba conmocionada por la llegada de The Beatles. El país venía de una Navidad afligida por el asesinato el presidente Kennedy en Dallas y desde el inicio de año las emisoras programaban durante las 24 horas las canciones del grupo de Liverpool. En el aeropuerto J.F. Kennedy una multitud reventaba los sitios de espera y el chillido de montones de jovencitas hacía imposible escuchar cualquier sonido o entablar alguna conversación. A pesar de todo este escenario, el terminal aéreo continuó con sus actividades sin mayor traumatismo. Y uno de los pasajeros que aterrizó aquel día en el aeropuerto neoyorquino era un habitante de la desconocida y parroquial República de Colombia.

Aunque la verdad este hombre no tenía pinta de ser colombiano; llevaba el cabello largo, entonces negro como el carbón, la barba hirsuta, unos lentes de marco grueso, y abrigo de pieles porque el frío de aquel invierno de 1964 se le filtraba hasta los huesos. Además, porque el avión en el que llegó no venía de Bogotá sino de Francia. Aquel hombre se llamaba Frank Augusto Ramírez, había nacido en los Llanos Orientales, tenía 20 años y llegaba a estudiar teatro. Este actor, a quien en adelante llamaré confianzudamente Frank, porque sé que él no se pondría bravo, es un hombre tranquilo, pausado, y, además, soltero. Desde hace un tiempo se dejó crecer el pelo, no para algún papel en televisión ni para cautivar a sus amigas, sino porque pinta todas las noches mujeres desnudas y el frío de la madrugada le incomoda bastante.

5-Frank-Ramírez

En La Gran Manzana estudió en la academia de teatro de Gene Frankel y personificó a Macbeth y a Romeo algunas noches, sin embargo este no fue un triunfo en la carrera de Frank, sino un accidente. “Porque los profesores me decían que a pesar de mi edad, yo tenía las mañas de un actor viejo”, hablaba, gesticulaba y hacía todo el trabajo como si fuese un actor curtido con un detalle significativo: un pésimo inglés. Desde aquella audición con Frankel inició su proceso como observador en el Actors Studio y se puso el reto de aprender inglés hasta comprender lo que decían los disc-jockey de las emisoras juveniles, como Cousin Brucie.

Pero Frank no se desesperó. Y eso lo puede asegurar el Sargento del Ejército estadounidense que lo atendió en su oficina de reclutamiento en un pueblito de pescadores portugueses cerca de la ciudad, pues unas semanas atrás había recibido una carta en que lo felicitaban por hacer parte de un contingente de soldados que pronto embarcarían a Vietnam. “Yo llegué allá y llené la forma. En la pregunta que decía ¿tiene usted alguna objeción? Yo contesté que sí”. Extrañado, el Sargento lo hizo entrar a su oficina para buscar explicaciones a su negativa. Frank, con la claridad justa y el carácter franco y directo, le dijo que él era incapaz de recibir órdenes, “me dicen siéntese y yo me paro”. Es más, en un caso extremo me iría del país y punto. Fue una conversación honesta, tranquila, no hubo gritos ni disputas. Días después, cuando recibió su licenciamiento del ejército estadounidense, el primer sorprendido fue él.

“Yo siempre tuve conflictos en mi casa”, enfatiza Frank mientras se sirve un trago de Jack Daniel´s, su whisky favorito y de hecho el único trago que toma. Desde un comienzo se decía que “debía haber algo más que esto”. La sensación de encierro le hacía entrever que se estaba perdiendo de algo muy bueno o al menos diferente que la pesada costumbre familiar. Se arrancó de casa a los trece o catorce años. Don Ismael, que por aquellos años había montado una droguería en el barrio Belén de Bogotá, no tuvo más opción de desearle buen viento y buena mar.

Irse tan joven de casa tuvo sus privilegios y sus lecciones: aprendió a ser responsable por sí mismo, (“la plata para las rumbas y para las cuentas”, recuerda sonriendo). Como desde niño se la pasaba dibujando y pintando garabatos en las hojas amarillas de los cuadernos o en las servilletas de la casa se fue a trabajar como diseñador en Publicidad Toro. Su primer pedido fue unos gallardetes para equipos de fútbol, luego trabajó en el taller, hasta que un día, a los 18 años, su jefe, Guillermo Toro lo nombró como director de arte de su agencia sin importar su falta de preparación académica, que compensaba con una curiosidad abarcadora y una inquietud por mantenerse al día en las nuevas tendencias.

La experiencia ganada en publicidad le permitió ser una especie de “representante artístico” y así poder viajar a Europa y los Estados Unidos con la tranquilidad de no tener que lavar baños o limpiar cocinas para sobrevivir y darse algunos lujos, como comer langostas que los barcos pesqueros desechaban a precios módicos o viajar a Arizona y Los Ángeles en busca de la onda hippie del “verano del amor”.  “Vivía de lo que pintaba”, lo dice mientras me muestra unos cuadros en los que está trabajando, bocetos de lápiz y tinta que se asemejan a los carteles de cabarets de Toulouse-Lautrec, mujeres desnudas.

—Se gana menos que en la televisión —dijo—, pero es mucho más divertido.

 1-Frank-Ramírez-01

 

Nunca planea algo que vaya más allá de unas horas. “Mi vida es así: al garete, sin rumbo definido, sólo ahora que eché raíces y me quedé aquí”. Su anhelo siempre fue hacer una movie Vaugrant (un actor de películas en varios idiomas y diferentes lugares simultáneamente) como su admirado Klaus Kinski, quien actuó en los cinco continentes y mantuvo una relación extraña y explosiva con Werner Herzog. Frank podría durar horas hablando de ellos dos, o sobre Akira Kurosawa. De hecho sabe tantas anécdotas sobre Fitzcarraldo o Rashomon que podría confundirse con un cinéfilo desocupado sin más afanes que el saber un detalle más, como que el célebre director japonés tiñó el agua con tinta negra para lograr el efecto de la lluvia intensa o su perfeccionismo que rayaba en lo maníaco. “Kurosawa y Picasso son los últimos dioses en los que he creído”. De ellos resalta tres aspectos comunes: su ambición, rigurosidad y disciplina.

Y en parte también esta adoración y su vida al garete se explica por el reflejo de su contraparte. “La televisión en Colombia era asquerosa, incipiente… era radio con caras”, dijo. Los primeros actores de la televisión nacional habían salido de la Radio Nacional, se limitaban a ponerle cara de circunstancia a los diálogos, es decir, una radionovela vista y escuchada, cuya narración desdibujaba la magia de cada una y empobrecía el resultado final. “Yo me fui por eso, por una cosa personal, porque necesitaba compararme con actores de otra parte”, asegura mientras prolonga la espera por un trago de whisky.

En ese ir y volver a Colombia, de la actuación y de la vida pública, ha transcurrido su vida. En episodios que dejan la sensación de que la historia todavía tiene un capítulo más. Su decisión de no volver a participar en ninguna telenovela o producción nacional es fruto del cansancio, de la tremenda abulia que sintió cuando grababa ‘Los tacones de Eva’, hace algo más de cinco años, junto a su gran amigo Jorge Enrique Abello.

—Terminé esa telenovela apunta de disciplina, de profesionalismo —dijo—. Después dije nunca más…

Quienes conocen a Frank, quienes han seguido de cerca su vida y sus estudios entienden su retiro voluntario como un merecido descanso, “para eso trabajó arduamente durante años… para que haga lo que le dé la gana”, señala su amigo Víctor Gaviria; por su parte Rosalba, la mujer que le organiza su vida, una especie de “embajadora de la realidad”, se limita a decir “don Frank sabe cómo hace sus cosas”. No se extrañan cuando se percatan que ha pasado más un mes sin que él salga de su casa, o cuando siente ansiedad y casi terror de salir a la calle por tropezarse con los universitarios que caminan por la “Calle de la Agonía”, donde queda su apartamento en La Candelaria.

Frank sin miramientos me aclara: “yo me crié solo, yo me hice solo y me gusta estar solo”. La soledad no lo asusta ni lo intimida, es más, la busca y la necesita. “Estoy absolutamente cómodo conmigo mismo”. Disfruta no tener que madrugar a las cinco de la mañana a grabar o presentarse a una audición, como lo hizo juiciosamente desde ese viaje a Nueva York. “Por mí culpa nunca se retrasó una escena o se dejó de grabar una hora”, tal era su puntualidad que llegaba media hora antes a las grabaciones para que nadie lo afanara. Pero hoy sucede lo contrario: se acuesta a las cinco de la mañana: “me encanta la noche… tengo la sensación de que si me acuesto temprano me estoy perdiendo de algo”.

Los conocidos con quienes se encuentra le preguntan si no se aburre al encerrado en su casa. Pero no sucede eso, “viajo”, dice Frank, “cojo un libro y me pierdo”. Cuenta esto cuando suena el celular y conversa animado, termina la llamada y sin desdibujarse me dice que lo acaba de llamar “un amor en espera que llegó de Nueva Zelanda”, abre los ojos y explota en carcajadas:  “!Y yo que tan solo la quería invitar a Chía!”.

2-La-Estrategia-del-Caracol 

En la actualidad Frank se dedica a revisar los guiones y pulir las ideas de posibles largometrajes. Cuando lo visité por primera vez estaba leyendo ‘Crónicas de vidas indebidas’ de su amigo Fernando Laverde, al que le dio su visto bueno y consejos para su filmación. “Es que lo que no está en el papel no aparecerá en la pantalla, así de sencillo”. Recuerda la experiencia fallida cuando trabajo en la película ‘María Cano’ en 1987, que protagonizó María Eugenia Dávila y que por exceso de expectativas, cálculos mal hechos y un guión hecho a ‘trompicones’ se dio al traste con la historia de la líder laboral antioqueña.

Víctor Gaviria dice que a Frank se le puede conocer más por las películas que no hizo que por las que hizo. Una de estas fue ‘La ira de Dios’, filmada en Guanajuato, que tenía como estrellas a Rita Hayworth y a su director Ralph Nelson. “Ese fue una rumba patrocinada por la Metro Goldwyn Mayer”, cuenta que su director estuvo muy enfermo y casi no podía gritar ¡Acción!, a tal punto que el director de fotografía, Alex Philips Jr., lo despertaba cuando debía hacerlo y luego lo volvía a tapar con una funda para que pudiera descansar sin ser perturbado. En tanto, la diva de cabellos rojos, presentaba los primeros síntomas de alzhéimer.

—Era una mujer pequeñita, bajita, muy diferente a esa diosa llamada Gilda —dijo—. Aunque yo la veía de lejos y todavía mantenía esa cabellera roja espectacular.

La encontraba por ahí desprogramada en el hotel y la invitaba a comer helados, a mostrarle el pueblo, a que comiera comida mexicana, pues ella había vivido allí en su niñez. “Pero era una persona que únicamente hablaba de ella misma”. Al final la película fue un ladrillo y el único buen recuerdo fue la placa que aun hoy está inscrita en el hotel donde estuvo hospedado todo el equipo de grabación.

*

Dos años después de semejante despelote, Frank regresó a Colombia invitado por su amigo Lisandro Duque a grabar ‘Milagro en Roma’, la adaptación de uno de los cuentos de García Márquez en su libro ‘Doce cuentos peregrinos’. Aunque estaba dudando sobre continuar con el proyecto un afortunado encuentro terminó con sus titubeos.

—Yo vi a esa chinita tan absolutamente hermosa y le dije a Lisandro que si quería que yo estuviera en la película debía grabar una escena con ella.

Treinta años antes, un amigo de Actors Studio lo invitó a conocer a un maestro espadachín. “Allí me enamoré del aura magnífica de este anciano”, se adentró tanto en la cultura japonesa que terminó por vivir en un barrio de japoneses y andar de arriba para abajo con amigos nipones, “yo era el único extraño entre una multitud de chinitos…”. Del maestro espadachín no supo mayor cosa, pero su enseñanza me la contó con una especie de guía: “un japonés nunca te regalaría un ramo de rosas, sino una rosa”.

Ese precepto lo siguió a lo largo de su carrera como actor y guionista: actuar (o jugar, como él prefiere decirle) para esa persona que esta al otro lado de la pantalla. No el gran público sino el espectador común y corriente que va a las funciones con sus amigos o acompañado de su familia. Yo trabajaba para él o ella, ya después el tiempo y la vida eran completamente míos. Se levanta de su asiento y me invita a conocer su taller de pintura, me muestra toda una serie de desnudos femeninos que son una obsesión que cada noche va sacándose. “Mire este, los colores me los traen directamente de un almacén de Nueva York, y allá regresan con mi galerista”.

Son bellezas, el arte tiene su propia realidad. En parte eso es la televisión para Frank. “Sueños, y los sueños están hechos con gente bonita”, yo simplemente serví de contraste durante algunos años.

En Twitter @Sal_Fercho

Hace un poco más de siete años conocí a Frank Ramírez en su casa, en el centro de Bogotá, este es el resultado de semanas de conversaciones y días de acompañarlo, de observarlo y compartir su vida. Las fotografías de son Lina Rozo, su Instagram es linarozo

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PERFIL
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Saltando de un lugar a otro encontró su pasión en escribir, y sus textos han sido publicados en revistas como Gatopardo, SoHo, Esquire, Vice, Malpensante. Bogotano, profesor en algunas universidades e investigador asociado de Los Andes y apasionado por el periodismo, acaba de escribir su primer libro con Penguin Random House, "CSI Colombia", siete crónicas de cómo las ciencias forenses decodificaron algunos de los crímenes más impactantes de la historia reciente de Colombia. ​

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    Entre la razón y la incertidumbre: ¿Alguien mató a Colmenares?

    Diez aproximaciones al caso en sus diez años LACE. Luis Andrés Colmenares. Ni siquiera al pronunciar este nombre traemos de vuelta al muchacho que durante veinte años se llamó de ese modo. Convocamos a un fantasma —una imagen, maleable y manoseada—, que ha terminado por suplantar al hombre de carne y hueso. Su placa conmemorativa en el Parque El Virrey de Bogotá es una lápida de mármol blanco, pulida, adornada con ramos de astromelias en los costados. Una planta brota, silvestre, en los contornos; un par de hormigas se pasean por las letras esculpidas del epitafio: “Luis Andrés. Ya no puedes detenerte a observar las maravillas, pero tampoco a vivir el terror. Hoy sólo tus ojos se han cerrado, pero tu alma se mantiene viva en la memoria y en el recuerdo de todas y todos. Nuestra vida se ha dividido en dos: antes y después de ti. ¡Feliz cumpleaños! 28 de mayo de 1990 - 31 de octubre de 2010”. No es mucho, es claro, pero es todo lo que tenemos: la única prueba material de que Colmenares murió allí. Es inútil atravesar la capital en busca de otros indicios, de otras huellas. Los lugares que Colmenares habitó o frecuentó en la ciudad —donde pasó casi toda su vida— son testimonios de personas cercanas sobre hechos cotidianos. Era un tipo simpático, con buen rendimiento académico, notable sentido del humor. Sus amigos le decían “Negro” y sus más allegados “Luigi”. Se había graduado del colegio Liceo Cervantes de Bogotá con buenas calificaciones y con medallas en distintas disciplinas deportivas; estudiaba simultáneamente ingeniería y economía (doble titulación), y durante el segundo semestre de 2010 fue monitor de dos clases: dinámica de sistemas y probabilidad y estadística; un par de meses atrás, hizo un curso de verano es Estados Unidos para mejorar su inglés. Así que es lógico que Luis Andrés apelara a su pilera académica para acercarse a Laura cuando se conocieron en una finca de descanso de un amigo en común, Daniel Cárdenas, en agosto de 2010. Los dos tenían veinte años. La noche de los hechos, Oneida Escobar, madre de Luis Andrés, estaba en casa durmiendo con su hijo Jorge porque su esposo se había ido para Chile la mañana del 30 de octubre. Luis Alfonso Colmenares era el presidente del consejo técnico de la Contaduría Pública, tenía cincuenta años, viajó a Santiago de Chile a participar en un encuentro de su gremio. La familia lo despidió en el aeropuerto El Dorado como era la costumbre cuando alguno de ellos viajaba al exterior. Esa es la última imagen que Luis Alfonso tiene de su hijo vivo: los ademanes de adiós del otro lado de la pared de vidrio de la sala de espera del muelle internacional junto a su madre y su hermano. En la madrugada del 31 de octubre, sonó el teléfono, Jorge Colmenares contestó y le habló Gonzalo Jiménez, compañero de universidad de Luis Andrés. Él le preguntó a Jorge si su hermano había llegado a la casa. Le dijo que fuera al cuarto a revisar si estaba ahí. Gonzalo le dijo: “No le vayas a decir a tu mamá: tu hermano salió corriendo y lo estamos buscando”. La llamada que recibió Jorge fue a las cuatro de la madrugada. El número era el de Luis Andrés. Luego, Oneida empezó a llamar y no le contestaron. A los veinte minutos Gonzalo le marcó y le dijo que Luis Andrés había salido corriendo y que no lo encontraban. Le dijo que se calmara, que se quedara en casa y colgó. En ese momento a Oneida se le derrumbó el mundo, se desesperó y salió como una loca a buscar a su hijo. Habló con Gonzalo, que volvió a insistir que no fuera. Luego de preguntar varias veces, le dijo que estaban en el CAI del parque El Virrey. A esa hora, quince minutos antes de las cinco de la madrugada, ella salió hacia allá. Oneida llegó veinte minutos después a El Virrey, cuenta en su testimonio que allí estaban Gonzalo, Laura Moreno, un policía y un tipo borracho que estaba pendiente de un taxi que había pedido minutos antes desde la estación de policía. Ella buscó a Jessy porque sabía que era su mejor amiga, y esperaba que ella estuviera presente a esa hora porque su hijo le había dicho que la iba a llevar a su casa, dijo. Laura le contó a Oneida algo que Jessy le había dicho unos minutos antes: “El negro (Luis Andrés) salió corriendo”. Luego le contó que ella le había entregado a Jessy los cachos y el saco del disfraz y que corrió detrás de él. Laura dijo que logró alcanzarlo, lo abrazó y le dijo “Negro, no más”. Él se soltó y salió corriendo por entre los matorrales del parque en dirección a la cloaca. Laura vio los pies de Luis Andrés volando en el caño. Cuando Oneida le preguntó si no sintió ruido de agua, ella le dijo: “No, parece que se lo hubiera tragado la tierra”. Oneida se acercó al caño en busca de sangre, alguna evidencia o rastro de su hijo, pero no encontró nada, y si pudo haber visto algo es poco probable que lo haya identificado con el cielo cubierto de las cinco de la madrugada. Lo único que logró descifrar fue el caudal del caño, que parecía no ser tan alto. Al final esto es lo que nos queda de Luis Andrés Colmenares: un hilo de agua que llega hasta los tobillos, algo de polvo debajo de la placa, algunos retratos de segunda mano, un puñado de testimonios que se contradicen o complementan y años de proceso judicial, cientos de folios y carpetas y casi todo escrito en diarios y revistas, para reseñar una novedad de los implicados, discutir un episodio apenas recordado o polemizar con otro borroso fantasma. El caso de Colmenares, justamente, rompió esquemas: la sindicada es una mujer bonita, los hechos ocurrieron en un sitio apacible de la ciudad, fue tendencia en redes sociales durante estos diez años y cada noticia del caso fue una de las más leídas en los portales de los principales diarios bogotanos como del resto del país. Daniel Samper Pizano en su columna de El Tiempo, en febrero de 2012, escribió: “La dosis de atracción aumenta si se revelan amores, despechos o venganzas sentimentales. En el elenco del caso hay antiguas novias, novios actuales y, por consiguiente, la posibilidad de celos. El terreno es idóneo y estimulante para tomar partido y que cada quien escoja sus inocentes y sus sospechosos. (…) Es porque la sal del asunto son los detalles contradictorios, y mucho más si el proceso sufre virajes dramáticos”. No extraña de este modo que Colmenares, alguna vez tan material, haya acabado por convertirse en el protagonista de una historia sensacionalista publicada por alguna revista o diario, que pronto desencadenó en una tormenta informativa pocas veces vista. Una presencia de la que apenas se conservan huellas físicas en este mundo y a la que persiguen rumores, leyendas, periodismo amarillista. Como he dicho: es nuestro caso judicial por excelencia, como el de O. J. Simpson en Estados Unidos.

    *

    La segunda semana de mayo de 2016, a Miguel Botella le tomó más de dos horas dar cuenta y certificar cada una de sus credenciales académicas: doctorado con tesis laureada en estudios de antropología física, coautor de cincuenta libros especializados y autor de alrededor de doscientos artículos en revistas científicas, entre otros méritos de estudiante aplicado. Además, dirige el Laboratorio de Antropología Física de la Universidad de Granada desde 1974 y es uno de los mayores especialistas del mundo en criminología forense. En la tarde, luego de las primeras declaraciones del forense granadino, la juez Paula Astrid Jiménez retomó la audiencia, a la que se unió el exdirector de Medicina Legal Máximo Duque, quien actuó en el juicio como perito de la Fiscalía y de cuyo análisis en la exhumación del cadáver está soportada la tesis del asesinato de Luis Andrés Colmenares. A Duque le interesaba escuchar en primera fila las observaciones que sobre su labor tendría Botella. Duque ingresó a la sala de audiencia de Paloquemao, se situó al lado de la fiscal Parra, y escuchó, atenta y sigilosamente las consideraciones del español, quien no ahorró adjetivos para descalificar su trabajo, al punto de afirmar que presentaría el caso a sus estudiantes en Europa como “el mejor ejemplo de todo lo que no se debe hacer”. A partir del documento de exhumación practicado por Máximo Duque y del análisis de doscientas diez fotografías que documentan la diligencia, Botella cuestionó por completo todo el procedimiento de exhumación y las conclusiones del perito de la fiscalía, en particular un objeto que a ojos de un especialista no pasa desapercibido, mucho menos de uno que ha examinado cientos de cuerpos cercenados. Se trata de un gran cuchillo de cocina, nuevo, con etiqueta incluida. “Se faltó al debido respeto por el cadáver de esa persona”, dijo Botella en la audiencia. Para él fue tan grave como irregular que Duque “decapitara” el cadáver con el cuchillo, acudiendo a un uso excesivo de fuerza. Y que además lavara el cráneo con las manos —sin guantes de látex—, y que arrancase material, restos en estado de momificación, con lo cual el hueso se alteró, dijo Botella. La sala de audiencia enmudeció cuando la fiscal María Victoria Parra le preguntó a Botella si él también consideraba que las lesiones registradas se habían producido por más de un evento. A lo que este respondió: —Sí, hay dos eventos tras las lesiones, estoy absolutamente de acuerdo con eso —dijo—. El segundo evento lo causó Máximo Duque con su deficiente procedimiento sobre el cadáver. Agregó que arrancar la cabeza al esqueleto y aislar huesos de tejidos a la brava son errores inadmisibles en este tipo de procedimientos. Pero allí no pararon los errores de Duque, insólitos para un perito de su experiencia: además se desolló el material en una caja de cartón, luego se diseccionaron las vértebras, así es imposible analizarlas como es debido, dijo Botella. Y fue por esas imágenes proyectadas en la pared de la sala de audiencias en la etapa final del juicio a Laura y Jessy que Botella y los asistentes observaron, por el minucioso análisis de las veinticinco hojas del informe de Duque, que Botella lanzó su dictamen: —El procedimiento practicado no sólo no es compatible con los protocolos de exhumación —dijo—, sino que los contradice en absoluto.  

     *

    El doctor Germán Alfonso Aguilar es el director de ejecutivo de la Asociación Colombiana de Radiología Oral y Maxilofacial y catedrático de la Universidad de Antioquia. Él recibió cuatro radiografías que se tomaron durante la exhumación (de cráneo seco, el del blando, el informe de necropsia y la inspección 4 Dictamen radiológico oral y maxilofacial hecho por Germán Alfonso Aguilar). HALLAZGOS: El occiso presenta fracturas múltiples con y sin desplazamiento en el tercio superior y medio de la cara en forma bilateral dándose una combinación asimétrica de fracturas tipo Lefort I, II, III. La cuales se produjeron en un golpe único siendo la zona del impacto principal el hueso frontal con una herida abierta a la altura del arco supraorbitario derecho. La energía del impacto se distribuyó por el macizo facial por lo que se aprecian signos de otras fracturas en tercio superior y medio de la cara y, además, la misma energía unida a características morfológicas propias del individuo (pómulos anchos y nariz ñata) facilita la exposición del hueso frontal y los huesos de la parte medial. Esta lesión denuncia una fractura que va de derecha a izquierda. Es de resaltar el hecho de que el señor Colmenares poseía senos paranasales muy desarrollados lo cual hace que la tabla ósea externa sea muy delgada.  Las fracturas sufridas por el joven LUIS ANDRÉS COLMENARES ESCOBAR, se concentraron en el macizo facial del occiso (Lefort I, II,III). Este tipo de fracturas son manejadas por cirujanos especialistas (cirujanos maxilofaciales, otorrinolaringólogos y cirujanos plásticos), quienes normalmente realizan un procedimiento que consiste en una desperiostización de los huesos y los cortes respectivos para recomponerlos (reducción de las fracturas), es frecuente el uso de mallas de titanio placas y tornillos en la reconstrucción del hueso frontal y demás huesos de la cara y en algunos casos una ferulización intermaxilar.  En este tipo de procedimientos se obtiene recuperación satisfactoria. En el caso del joven LUIS ANDRÉS COLMENARES ESCOBAR no se presentaron desplazamientos que hubieran provocado el seccionamiento de grandes vasos. Para Aguilar, desde el primer momento en que se revisó el informe de Duque, sospechó de dicho procedimiento. Los errores cometidos son los siguientes:
    • La exhumación no contó con la presencia de morfólogo, antropólogo y demás especialistas que deben conformar el equipo de exhumación.
    • Se retiró el tejido blando del cráneo de Colmenares antes de ser radiografiado.
    • Para retirar el tejido blando se debió utilizar agua clorada, con lo cual el tejido momificado se hubiera desprendido sin dificultad, en lugar de agua corriente, que no tiene el mismo efecto. Por tanto el tejido blando fue arrancado inadecuadamente, ocasionando la perdida de estructuras óseas que no estaban en el momento del deceso.
    • No se utilizó un colador durante el lavado del cráneo seco para evitar la pérdida de fragmentos óseos.
    • Al perderse los fragmentos óseos, estos no fueron adheridos de nuevo al cráneo seco ni se utilizó Resistol 850, un pegante análogo utilizado para reestructurar las pérdidas óseas que se presentan durante las reautopsias.
    • No se tomaron fotos del embalaje y traslado del cráneo seco desde el cementerio de Villanueva hasta el hospital donde fueron tomadas las radiografías.
    • La única persona que trasladó el cráneo fue Máximo Duque y no fue acompañado por algún funcionario público o agente de la policía para garantizar la transparencia del proceso, lo que sembró dudas sobre la confiabilidad de su informe.
    • No es posible afirmar —como lo hizo Duque— basado en las lesiones observadas en el cráneo seco ni en el material radiológico ni en el registro fotográfico de la necropsia que en la fractura superficial derecha pueda observarse una lesión patrón. Esta afirmación es falsa, ya que para lograr establecer de manera tan definida la forma de un objeto sobre los tejidos debe existir un efecto de espejo entre el tejido blando y el tejido óseo. Las muescas señaladas por Duque no se observan y los bordes de la lesión corresponden en realidad a la forma natural del hueso y entre las dos tablas óseas al trabeculado óseo normal, el cual es de forma irregular.
    Aguilar afirma que este conocimiento anatómico es elemental y básico para cualquier profesional de la salud, no es posible que se pueda confundir el tejido esponjoso de la médula con muescas o improntas generadas por algún objeto. La juez Paula Astrid Jiménez, en la lectura del fallo, encontró otros errores cometidos por Duque, quien afirmó en su informe que Luis Andrés había sufrido una lesión en el cráneo provocado por un elemento contundente, una botella, que denominó como una lesión patrón (si todo lo que tiene el cadáver sirve como prueba, la lesión patrón correlaciona la lesión con un objeto causal). La juez Jiménez señaló que este punto del informe no tiene fundamento: “Con relación a si existía una lesión patrón que calcaba el instrumento que golpeó la cabeza de Luis Andrés Colmenares se explicó este despacho que resulta imposible que el dibujo del instrumento quede en el hueso sin quedar presente en la piel que fue la que recibió el impacto, más cuando se trata de la zona de la cara que está descubierta”. En cuanto a si Duque siguió los protocolos de exhumación en campo abierto, la juez señaló: “Como el despacho entonces observa que el galeno Máximo Duque alteró la evidencia, a pesar de que sabía que existían unos protocolos para hacer exhumaciones y no los tuvo en cuenta de forma deliberada, así que como su pericia llevó al engaño a las víctimas a pensar que se trataba de una golpiza y lo mismo hizo que este proceso llegara hasta un juicio, pero recuérdese que no había ninguna otra prueba que respaldara la hipótesis de golpiza y además se vio que el doctor Duque quiso llevar al juzgado a equívocos, aprovechando que un juez es un lego en la ciencia de la Medicina y que si no hubiese sido por la pericia de la doctora Lely del Pilar Rodríguez, testigo también de cargo de la Fiscalía, y los médicos, Brugal, Botella y Aguilar, esta funcionaria hubiese creído torpemente en él”. “[Luego dijo sobre el ocultamiento de pruebas]… Se perdieron varios pequeños fragmentos óseos. Pero en opinión de este juzgado lo que resulta realmente reprochable es que el experto en lugar de dar cuenta de ello y advertir a la audiencia lo anterior lo ocultó y lo utilizó para convencer en el juicio que todos los hallazgos en la segunda necropsia eran originales y habían ocurrido en vida, cuando realmente sucedieron post-mortem y durante la mala práctica de la disección en la exhumación”. “El estudio de Máximo Duque, o viene de alguien que no sabe nada de los principios forenses o fueron enfocados a hacer caer en error al juzgado. Este comportamiento debe explicarlo entonces tanto penal como disciplinariamente, por eso se compulsarán las copias tanto al Consejo Superior de la Judicatura —quien es el organismo pertinente para investigar a los peritos que son escuchados en los procesos penales—, como a la misma Fiscalía General de la Nación; esto a fin de que situaciones como estas no vuelvan a repetirse”.

    *

    El episodio es incierto. Se sabe que Laura Moreno fue la última persona en ver con vida a Luis Andrés Colmenares, y por ende, debería saber quién le propinó las lesiones que —según la Fiscalía y el Tribunal Superior de Bogotá— desencadenaron su muerte. Se sabe que hay seis afirmaciones de Laura que la ponen judicialmente contra las cuerdas. Para los magistrados del tribunal José Joaquín Urbano, Álvaro Valdivieso y Jorge Vallejo, ella dio dos versiones diferentes sobre la caída de Colmenares al caño El Virrey. Se sabe que ella dijo que fue accidental y luego que Colmenares se lanzó de forma voluntaria, y en ambas versiones insiste en que, aunque estaba ebrio, corrió y saltó al canal. No es razonable que una persona que por su estado de embriaguez solicitó que le ayudaran a bajar unas escaleras (en la discoteca Penthouse, una hora aproximadamente antes), luego parezca saltando una baranda y haciendo una especie de salto olímpico, señalaron los magistrados en su jurisprudencia. Se sabe que Laura les indicó a los testigos que acudieron al juicio tres diferentes sitios de la caída, incluido uno que no queda frente al canal y otros separados por unos cincuenta metros de distancia. A los policías les dijo que fue frente al edificio del periódico El Heraldo, a los bomberos que fue al lado del edificio de Ecopetrol y luego que había sido a ocho o diez metros de un puente peatonal que cruza el canal. Al parecer, la versión de que ella fue hasta el caño y hasta se metió allí en busca de Colmenares tuvo poca credibilidad para los magistrados del tribunal. No hay certezas en este punto, pero sí un interrogante: ¿no es extraño que la corriente del canal haya arrastrado el cuerpo de Colmenares con una velocidad tan alta, que Laura no lo divisó pese a los dos o tres segundos que necesitó para acercarse al canal? Se sabe que Laura cambió en aspectos fundamentales su versión de lo sucedido esa noche de Halloween. Laura le dijo a Oneida Escobar que después de lanzarse o caer al canal Luis Andrés salió de este, luego le dijo al policía Helbert Gutiérrez que aquel no salió del canal, continúa la jurisprudencia. Además, Laura le dijo a uno de los policías que acudieron al lugar que ella tenía el teléfono móvil de Luis Andrés y a uno de los bomberos le manifestó que había llamado varias veces al mismo teléfono, pero que Colmenares no contestó. Esto es seguro: la juez Paula Astrid Jiménez ordenó en su fallo final investigar a los bomberos por falso testimonio y fraude procesal, señaló que su primera búsqueda fue negligente, lo que llevó al fatal desenlace. La juez aseguró que Policía y bomberos hicieron una búsqueda ligera y superficial, y que el primer grupo de rescatistas le mintió a la justicia: su versión de que no vieron el cadáver porque el cuerpo no estaba allí quedó sin credibilidad. La juez afirmó una verdad sencilla y cabal: Laura no era la rescatista sino los bomberos, ellos eran garantes de la vida de quien buscaban (Colmenares) y no entraron al canal la madrugada del 31 de octubre de 2010.

    *

    La persecución de Laura tras Luis Andrés inició en la esquina de la calle 85 con carrera 15 y duró varias cuadras. Después de desviar hacia el oriente, él se detuvo un momento y continuó caminando, por lo que Laura pudo alcanzarlo. Segundos antes Jessy había llamado a Luis Andrés para decirle que la camioneta la había recogido y que irían por ellos: Laura contestó, les dijo que estaba cerca del edificio de Ecopetrol (Cr. 13 a # 87-10) y colgó para alcanzar a Luis Andrés, que de nuevo emprendió la huida. En la esquina de la calle 88 por fin lo alcanzó: tomó a Colmenares del cuello de la camisa y se comunicó con alguien del grupo para tranquilizarlos. A paso lento dejaron atrás la calle y se adentraron en la zona verde. Luego atravesaron el césped, él le explicó que dejó de correr porque se le había caído el reloj. Lo tenía en su mano y se lo mostró, dijo que era el regalo más importante que le había dado su papá. Luis Andrés le pidió a Laura que lo soltara del cuello, le prometió que no saldría a correr. Ella accedió, enseguida intentó abrazarlo. Fue el último contacto. Colmenares abrió sus brazos con fuerza y salió a correr. Avanzó unos metros en estampida adentrándose en un fondo de horizonte oscuro y pasto alto, hasta que agotó el terreno del parque, de tal forma que lo último que ella vio fue su silueta suspendida en la penumbra, en un punto en el que termina el piso y se abre el boquete del canal adoquinado. Laura llamó al grupo desesperada, les dijo que no lo veía y que se había lanzado al caño. El canal estaba oscuro, comprendió que en esas condiciones no encontraría nada. Salió del canal con la ayuda de Mateo, y ambos regresaron a la carrera 15. Algunos de los amigos comentaron que a lo mejor Luis Andrés ni siquiera se había ido hasta el fondo del canal y que simplemente, en medio de la borrachera, había tomado un taxi y estaría descansando. No encontraron otra explicación, y decidieron verificarlo. Gogoto, en la camioneta de Laura y usando el celular de Luis (Laura se lo había entregado), llamó a Jorge, el hermano menor de Luis Andrés. Luego fue Jessy quien lo llamó, y aquel repitió la respuesta: Luis Andrés no estaba en su cuarto. Esa segunda llamada alertó a Oneida Escobar, quien salió a ver qué había ocurrido con su hijo mayor. En tanto, Laura se acercó nuevamente al CAI, encontró a un hombre que estaba llamando a un taxi desde el teléfono de la estación. El tipo le preguntó qué le ocurrió y ella le hizo un recuento de lo que había sucedido. Le aconsejó que llamara a los bomberos. Así lo hizo, una brigada de bomberos llegó a las 4:30, a esa hora Jessy tuvo que irse porque su amiga y vecina Jesica dijo que era tarde y que debía estar ya en su casa. Luego se fueron más amigos. Los bomberos que atendieron la emergencia, al mando de del cabo Isaías Lizarazo Pérez, entrevistaron a Laura y comenzaron la búsqueda. La bombera Yadira Piamonte le pidió a Laura que precisara las indicaciones del lugar donde vio por última vez a Colmenares, y así lo hizo ante los agentes de policía, sus compañeros y el tipo que aguardaba por un taxi. Los bomberos se dividieron en dos parejas y recorrieron una buena parte del parque guiados por sus linternas. Una pareja avanzó de occidente a oriente y la otra en sentido opuesto. No encontraron nada. Decidieron revisar el túnel que se forma debajo de la carrera 15. Dos bomberos, uno a cada lado y al mismo tiempo, se asomaron a las bocas del túnel atados a las barandas que hay en los extremos, proyectaron las linternas al interior del conducto. Uno como otro observaron únicamente un prolongado y poco profundo espejo de agua en calma. “Ahí no hay nada, esa agua no se lleva a nadie. Fijo debe estar por ahí”, le dijeron a Laura antes de marcharse, cuando ya despuntaba el amanecer y ella decidió meterse en su camioneta para esperar a Oneida Escobar, que venía en camino. Cuando llegó, le contó los detalles de lo que había sucedido, le explicó que varios compañeros se habían ido, le entregó el celular de Luis Andrés y se fue a su casa. Laura se despertó a las once de la mañana del siguiente día, lo primero que hizo fue llamar al hermano de Luis Andrés y a Jessy, y así se enteró que aquel seguía desaparecido. De inmediato, se arregló y salió al parque. En tanto, Jessy se organizó con sus amigos para ayudar en la búsqueda de Luis Andrés a través de las redes sociales. Escribieron y pusieron a circular anuncios de urgencia en Facebook e indagaron con sus amigos en común. Nadie sabía nada. Oneida Escobar, por su parte, indagó en puestos de Policía, hospitales, clínicas, Medicina Legal y demás lugares a donde la angustia la llevó. Al final de la tarde volvió a El Virrey desconsolada junto a su hijo menor. Al concluir que Luis Andrés no aparecía por ninguna parte, ella comenzó a considerar que los bomberos deberían volver y buscar palmo a palmo en el canal. A las siete de la noche Ulises Julio Ibarra, tío en segundo grado de Luis Andrés, llamó desde su celular a la estación de bomberos de Chapinero y solicitó la colaboración de una brigada de rescate. Seis minutos después arribó al lugar la unidad de bomberos de cinco rescatistas, al mando del cabo Jorge Caballero Becerra. William Gómez Rodríguez y Ervin Triana Vega bajaron al canal y emprendieron la búsqueda desde el punto donde Laura vio a Luis Andrés caer al caño. Alcanzaron a recorrer unos treinta metros cuando se encontraron una caída de agua de unos treinta o cuarenta centímetros sobre la carrera 15. Después de la caída se presentaba un remanso donde el agua recobraba la calma, y allí encontraron un cuerpo, bocabajo, con la cabeza hacia el oriente, las piernas hacia el occidente y la cara vuelta al norte. Comprobaron que no tenía signos vitales, y alcanzaron a observar que tenía el rostro lesionado. Estaba pálido y rígido. Intentaron comunicarse con el cabo Caballero, pero la profundidad del túnel hizo imposible el contacto. Tras unos minutos los bomberos se asomaron con la novedad de que en el interior había un cadáver. Aunque no sabían quién era, los familiares de Oneida y Laura y sus amigos comprendieron que se trataba de Luis Andrés. Luego el llanto incrédulo, los gritos de dolor, la negación. Llegó el Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía. Los oficiales de campo tomaron medidas, llenaron registros, con cámaras y luces fijaron la escena. Introdujeron una bandeja metálica, montaron el cuerpo, y con lazos la jalaron por el lecho del canal hasta que lo sacaron del interior del túnel y luego del canal. Afuera, con mejor luz, una inspección básica: documentos hallados, prendas, estatura, peso, heridas a la vista. Reconocimiento de los familiares, relato de los primeros testigos.

    *

    “Es decir: ¿usted me quitó un hijo, yo le quito un hijo?le pregunta María Paulina Ortiz, periodista de El Tiempo, a Luis Alfonso Colmenares en la revista BOCAS, y él contesta—: Sí, esa es la forma. Pero yo he estado frente a estudiantes desde 1984 (…) Yo dicto clases por todo el país. Les hablo de valores, del deber ser, del respeto por las instituciones. ¿Te puedes imaginar si yo hubiera procedido de acuerdo con mi idiosincrasia? ¿Qué dirían mis estudiantes de mí? Me preguntarían dónde dejé la coherencia. [Luego María Paulina le pregunta] ¿Y usted cómo se siente con esa traición a su idiosincrasia? —Luis Alfonso responde—: Es una carga. No lo puedo negar. Una carga con la que voy andando. Pero, por encima de eso, decidí la vía institucional. Es que el problema no son las instituciones, sino sus operadores. Porque son seres humanos y cometen errores. Pero son errores que uno no puede aceptar. Como el del reciente fallo de la juez. Uno lo lee y se da cuenta de que el desarrollo de la juez pondera sólo las pruebas de la defensa (…) ¿Por qué Laura usó el teléfono de Luis?, ¿por qué se quedó con su teléfono? No se valoraron los indicios como pruebas. No se unieron todos los elementos. [De nuevo María Paulina le pregunta] ¿No será que hace falta una pieza que una todo? —Y Luis Alfonso contesta—: Puede ser. No lo había pensado. Puede que falte algo que actúe como elemento conector. Yo hago el esfuerzo, y quiero que me lo creas, por ser objetivo. Pero le queda a uno muy difícil tratándose de un hijo. [Pregunta de nuevo María Paulina] ¿Ha pensado que pudo ser un accidente, como dice el fallo? —Colmenares responde—: Por ejemplo, pero entonces uno compara: ¿cómo así que va a pesar más el concepto de un antropólogo forense que dio una opinión con base en unas fotos y no se valoran las opiniones de un médico forense que estudió el cadáver?”.

    *

    No fue un suicidio, tampoco un asesinato. Para el grupo de científicos presentados por la defensa de Laura y Jessy, la muerte de Luis Andrés fue un accidente absurdo producido por su estado de alicoramiento y la euforia al combinarlo con bebidas cafeinadas, lo que explicaría la carrera final de Luis Andrés después de salir de Pent-House hasta el caño El Virrey. Excitado por la cafeína se lanza en una especie de remate final de carrera en medio de su borrachera, parece poseer gran potencia y alta velocidad a punta en esfuerzos cortos, que coincide con el testimonio de Laura y Jessy, a quienes les costó esfuerzo alcanzar a Luis Andrés en varios puntos de su carrera por el sector de la Zona Rosa y la calle 85. Teresa Pérez Hernández, toxicóloga y química farmacéutica, hace un cálculo de la posible cantidad de alcohol que Luis Andrés consumió en la noche de su muerte. Entre las ocho y la once de la noche: una botella de cerveza, otra botella de aguardiente entre tres amigos, vodka con jugo de naranja. A la medianoche: dos botellas de vodka entre cinco personas. Luego, establece los análisis de muestras biológicas para la búsqueda de sustancias tóxicas que el Instituto de Medicina Legal tomó durante la primera necropsia de Colmenares: sangre para medir el nivel de etanol y metanol, frotis nasal para cocaína, Orina para medir el índice de tóxicos, y el contenido de su estómago.   Después de todos los análisis y pruebas practicadas por Teresa Pérez Hernández, se concluye que no había restos de drogas como anfetaminas o cannabinoides en el cuerpo de Luis Andrés, pero sí de alcohol con grado de embriaguez III (206 mg%); desde el punto de vista farmacológico el etanol es una sustancia depresora del sistema nervioso central, lo que influyó en el comportamiento de Colmenares. Con respecto a la cafeína encontrada de 1,9 ug/ml se considera dentro del rango de dosis terapéutica y no tóxica, sin embargo sus efectos pudieron haberse alterado por el etanol presente en el organismo de Colmenares. Esto indicaría que Luis Andrés tendría una importante depresión del sistema nervioso central (SNC) con desorientación, confusión, pérdida de la percepción del peligro, reducción del nivel de autocuidado e incitación a una falsa valentía. Además, presentaría una gran excitación por la cafeína, que lo podría volver impulsivo súbitamente, como lo revelan los testimonios de Jessy y Laura en varias ocasiones. La conclusión de la doctora Teresa Pérez: la mezcla del alcohol con la cafeína alteró el comportamiento de Luis Andrés de manera evidente y riesgosa la noche que falleció.

    *

    Ese año, 2010, concluye así, con la muerte de Luis Andrés, y continúa con la alteración de un nuevo orden impuesto por la tragedia: la casa de los Colmenares quedó paralizada. No han vuelto a celebrar la Navidad ni los cumpleaños. El puesto que ocupaba Luis Andrés en el comedor ahora lo ocupa Oneida: no soportó verlo desocupado, cuenta María Paulina Ortiz en BOCAS. Oneida sigue cocinando las cosas que le gustaban a su hijo. Y su habitación, seis años después de su muerte, sigue intacta. Tal como la dejó antes de la fiesta de Halloween. Es una habitación sencilla, en una casa sencilla, en un barrio sencillo. No hay lujos en el hogar de los Colmenares. Su mamá ha querido mantener las cosas de su hijo, su cama, su ropa, sus medallas, sus reconocimientos por buen estudiante en el Liceo de Cervantes, porque piensa que de alguna manera él tiene un puerto allí, en ese lado del mundo. Ella no ha dejado de comunicarse con su hijo, según Luis Alfonso. Y los tres (Oneida, Luis Alfonso y su hijo Jorge) lo sienten. Lo oyen. Lo huelen. En la casa perciben movimientos, puertas que se abren, que se cierran, en los rincones donde él solía estar. Y entonces dicen: ese es Luis. “Muchas veces uno le tiene que pedir: ya, déjanos dormir y hablamos mañana. Porque es así, es así”, dice su papá. ¿Es entonces cuando se fractura la familia Colmenares Escobar? Cómo saberlo. Tal vez la caída no ha terminado, un sufrimiento que ninguno ha superado, que ellos saben no va a terminar y que se acentúa en los meses de celebraciones: diciembre es un mes terrible para la familia. Luis Alfonso recuerda que en Villanueva su hijo organizaba la novena de aguinaldos y les llevaba regalos a los niños. Ellos esperaban su llegada, ahora no queda nada. Su hijo menor Jorge siente la responsabilidad de ayudar a sobrellevar el dolor de su mamá. Le ha tocado asumirlo y ha respondido a eso, cuenta Luis Alfonso en la entrevista con BOCAS. Jorge ha acompañado a su madre para que el vacío no sea tan duro. Él no la deja sola, no la desampara. Y si tiene que dormir con ella, duerme con ella para que no sienta la soledad. Luis Alfonso recuerda que su esposa duró una semana entera llorando recién murió Luis Andrés, todo el día, inconsolable. Las circunstancias de la muerte la afectan más todavía. Sobre todo si vinculan personas a las que se les tenía confianza, dice. ¿Qué les daría descanso, la posibilidad de elaborar el duelo a  la familia? Su “reparación” es una sola, que les devuelvan a Luis. Pero como eso no es posible, entonces que los compensen con verdad y justicia. Luis Alfonso Colmenares agrega que su hijo no ha descansado en paz, vive mortificado del otro lado de la muerte, esperando que haya justicia en su crimen. Luis Alfonso cierra su entrevista contando que se encontrará con su hijo, más temprano que tarde, y lo verá de nuevo en otra dimensión. Para el antropólogo francés Edgar Morin, la especie humana es la única para quien la muerte está presente durante toda su vida, la única que acompaña a la muerte de un ritual funerario, la única que cree en la supervivencia o en la resurrección de los muertos, afirma en su libro El hombre y la muerte. La muerte introduce entre el hombre y el animal una ruptura más sorprendente aún que el utensilio, el cerebro o el lenguaje. El utensilio, nuestro cerebro y nuestro lenguaje nos permiten a todos y cada uno una continuidad y una mutación que pueden ser consideradas como metáforas o metamorfosis de cualidades biológicas. La muerte —sobre todo, el rechazo de la muerte, los mitos de la supervivencia, la resurrección, la inmortalidad— se sitúa en la frontera bio-antropológica. Es el rasgo más humano, más cultural del ántropos. “Si en sus actitudes y creencias ante la muerte el hombre se distingue claramente del resto de los seres vivientes, precisamente por medio de dichas actitudes y creencias es como expresa lo que la vida posee de más fundamental. No tanto el querer vivir sino el propio sistema de vivir”, explica Morin. Los dos mitos fundacionales: muerte y renacimiento son proyecciones fantasmagóricas de la reproducción, es decir, de las dos formas como la vida sobrevive y renace. La muerte y resurrección o encuentro con un familiar o la persona amada hace parte del ciclo vital de nuestra especie.

    *

    Yocasta Brugal es la actual decana de la Escuela de Medicina San Juan Bautista de Puerto Rico y una de las forenses y patólogas más acreditadas del mundo. En su informe pericial tuvo en consideración todos los análisis y pruebas practicadas al cadáver de Luis Andrés: protocolo de necropsia practicado por la doctora Lesly del Pilar Rodríguez, patóloga de Medicina Legal. Entre los hallazgos y discusiones forenses, Brugal plantea que todas las lesiones están localizadas en la cara, en el resto del cuerpo no hay heridas de defensa, ni ningún tipo de lesiones traumáticas, excepto por abrasiones en las rodillas. Los hallazgos de la autopsia muestran que Colmenares estaba vivo cuando se puso en contacto con el agua, sufrió una asfixia por sumersión incompleta, se observa el hongo que aflora en los orificios nasales y en la autopsia se observa líquido turbio abundante en el estómago y edema pulmonar, asegura Brugal. El punto de impacto del trauma se localiza en el hueso frontal de donde se distribuye energía que da lugar a la fractura de otros huesos faciales. Tiene las características de un golpe facial contundente, produjo las contusiones, laceraciones y fracturas, sin mediar ningún tipo de resistencia a la caída. La cabeza fija el aspecto acelerador y actúa como un verdadero proyectil viviente, asegura. Para Brugal, la causa de la muerte de Colmenares es asfixia por sumersión parcial en la que la alcoholemia jugó un papel muy importante no sólo en la asfixia, sino en la caída que produjo el severo trauma facial compatible con una caída frontal. Su tesis: Colmenares, luego de soltarse de Laura, que intentaba retenerlo para que no continuara su carrera sin sentido, se convirtió en un proyectil humano luego que traspasó el límite del suelo y encontró de frente el vacío del canal adoquinado de El Virrey. Brugal agrega que, en este tipo de casos, la descomposición de un cuerpo es un obstáculo para establecer el diagnóstico de asfixia por sumersión: las vías respiratorias y los pulmones son órganos que se descomponen temprano. Los cambios de putrefacción que afectan el sistema respiratorio pueden conducir a diagnósticos equívocos, de ahí que se deba valorar y tener en consideración la primera autopsia, la circunstancia de la muerte, el contenido de alcohol en la sangre o de otras drogas que Colmenares pudo haber consumido. Esto es muy importante en las muertes por sumersión en aguas poco profundas, explica Brugal. La patóloga concluye que el trauma facial que la Fiscalía y la familia Colmenares aducen a la golpiza de los amigos o cómplices de Laura, el botellazo que le propinó Carlos Cárdenas, según dijo uno de los falsos testigos, puede explicarse como trauma producido por una caída frontal sin mediar ningún tipo de resistencia, es decir, Colmenares no extendió sus brazos ni protegió su rostro con sus manos, como es habitual en los mecanismos de defensa de una persona que puede reaccionar frente a un estímulo o posible peligro. Brugal concluye finalmente: “El impacto en la cabeza fue de adelante hacia atrás y con una energía mayor a la que provocaría un puño o un botellazo, no existe ningún patrón en la piel para hablar de un instrumento utilizado. Las fracturas que se encuentran en la cabeza son compatibles con un solo episodio traumático […] Queremos significar que el trauma facial por sí solo probablemente no hubiese causado la muerte de Colmenares, ya que hoy en día este tipo de fracturas si se interviene con rapidez puede ser manejado por cirujanos especializados con buenas expectativas de recuperación. Hay una posibilidad de que el trauma contribuyera a su muerte causando más confusión o pérdida del conocimiento transitoria que no le permite reaccionar o pasar juicio ante el peligro de un ahogamiento. En este caso no existe ningún elemento científico para considerarlo como un homicidio. Entendemos que la causa de la muerte fue asfixia por sumersión, como contribuyente un severo trauma cráneo facial y la manera de la muerte accidental”. El informe científico de la doctora Brugal desvirtúa la teoría del homicidio, en particular, el impacto en la cabeza que sufrió Luis Andrés cuando se dio de frente contra el suelo del canal El Virrey. Asimismo, el doctor Germán Alfonso Aguilar organiza su informe sobre el cráneo de Colmenares en tres partes: ocho numerales que analizan las secciones del cráneo y los hallazgos logrados por su equipo de trabajo; análisis de dos casos análogos, que corresponden a dos pacientes que fueron intervenidos después de sufrir fracturas tipo Lefort —muy parecidas al impacto de Colmenares— en sus rostros, y diagnóstico y conclusiones finales. Primero, el cráneo de Colmenares no sufrió fracturas en el hueso fronto parietal, tal como lo afirma Máximo Duque en su informe. Lo que este describe como una fractura corresponde a la sutura natural que está entre el hueso parietal, etmoidal y frontal, lo que quedó confirmado en la radiografía que el mismo Duque tomó al cráneo en seco. Además, Colmenares no presentaba lesiones en los huesos. Aguilar y Brugal concluyen en el mismo punto: hay un trauma único de gran energía en el costado derecho de la frente de Luis Andrés, que por la energía de impacto —el caño tiene una profundidad respecto a la superficie de tres metros— derivó en múltiples fracturas en los huesos de la cara. Lo que se configuró en una lesión combinada tipo Lefort, una fractura piramidal del maxilar, que cruza los huesos nasales y el reborde orbitario. Este tipo de fracturas representa el diez o veinte por ciento de los traumatismos faciales, y se asocia con otras lesiones graves. En el caso de Colmenares, el golpe no fue mortal. De hecho, hay protocolos médicos seguidos para estos casos por los cirujanos maxilofaciales.

    *

    Entonces, claro, la muerte. Y, con esta, los interrogantes: ¿Luis Andrés Colmenares cae accidentalmente? ¿Se estrella de frente contra el suelo del canal, se rompe el hueso del macizo facial, causando lesiones seguidas en su cráneo, pierde el conocimiento y debido a su borrachera combinada con la excitación de la cafeína pierde la noción del espacio y el tiempo? ¿Se sabe cuántos metros corrió en su huida final? ¿Su cuerpo se convirtió en un proyectil humano después que traspasó el límite del suelo y se encontró de frente contra el pavimento del fondo del caño? Lo cierto es que uno de los estudiantes de ingeniería más destacados de Los Andes está tieso en un lecho de agua que apenas cubre su cabeza y muere por una asfixia por sumersión incompleta. En palabras de los expertos: “asfixia por sumersión, como contribuyente un severo trauma cráneo facial y la manera de la muerte accidental”. Esto aclara más importante, pero no lo inquietante: ¿Qué pasaba por la cabeza de Colmenares cuando emprendió su última carrera en dirección al caño? Y, sobre su familia: ¿a dónde los lleva el torbellino mediático del caso, que no permitirá descansar en paz a Luis Andrés ni a ellos, refugiados tras en un dolor ciego que parece no cicatrizar?

    *

    El sol golpea sus rayos contra la lápida de mármol. La losa enciende y resplandece. Ya se apagará más tarde. Ya todo esto —las dedicatorias, el último adiós, el polvo de Luis Andrés Colmenares— volverá a eclipsarse y a fundirse con la noche, con las personas que caminan por el parque El Virrey, con los curiosos que leen el epitafio de la lápida. “Ya no puedes detenerte a observar las maravillas, pero tampoco a vivir el terror. Nuestra vida se ha dividido en dos: antes y después de ti”. Twitter: @Sal_Fercho Sobre casos y crímenes resueltos con ciencia y tecnología en Colombia, les invito a leer mi libro CSI Colombia (2018).

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