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De La Odisea se dice que ha sido el gran relato de occidente sobre el regreso, el regreso a Ítaca. Y en esa historia Ítaca no hace referencia solamente a la isla griega del mar Jónico que era reinada por Ulises, Ítaca también era el oikos: la casa. Después de diez años lejos, batiéndose en la Guerra de Troya, Ulises quería volver a casa: a Penélope-Telémaco-y-Argos, la mujer amada, su hijo, y su perro. Dicen que La Odisea es la historia de ese regreso. Aída Míguez Barciela, profesora de Filosofía Griega en la Universidad de Vigo, dice que quizá La Odisea no es tanto el relato del regreso como el relato de las pérdidas: en La Ilíada murieron Aquiles, Patróclo, Antíloco, Ayax, miles de griegos y troyanos, murieron animales y dioses, así que La Odisea “es un canto teñido de lágrimas por lo perdido”, y es el intento de Ulises por no perder lo único que le queda, que es lo único que nos queda a todos los hombres: el oikos, lo amado.

Konstantinos Kavafis, el poeta griego, nos ofrece otra perspectiva tanto o más bella, sugiere que no es el regreso, ni la pérdida, ni el oikos, sino Ítaca, que La Odisea es un canto sobre lo que todas nuestras Ítacas significan: “(…) Ten siempre a Ítaca en tu mente/ Llegar allí es tu destino./ Mas no apresures nunca el viaje./ Mejor que dure muchos años/ y atracar, viejo ya, en la isla,/ enriquecido de cuanto ganaste en el camino/ sin aguantar a que Ítaca te enriquezca./ Ítaca te brindó tan hermoso viaje./ Sin ella no habrías emprendido el camino./ Pero no tiene ya nada que darte./ Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado./ Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,/ entenderás ya qué significan las Ítacas.” A fin de cuentas no es más valioso poseer Ítaca, por muy preciada que ésta sea, que fijarnos en lo que ha sido de nosotros en tanto llegamos a ella.

En 1934, el griego Andrea de Chirico (también conocido como Alberto Savino) publicó Capitán Ulises, una obra de teatro que escribió para la “Compagnia del Teatro dell’Arte”, y en la que relata versiones actualizadas, fragmentos metamorfoseados, de las dificultades que tuvo que enfrentar Ulises en su regreso a Ítaca, y que son a su vez la excusa de Savino para mostrarnos qué es de los hombres en el regreso, y cuáles son las formas del mal a las que tuvieron que enfrentarse mujeres y hombres griegos, que son también, en la literatura por lo menos, las formas del mal que habitan entre nosotros siempre.

Cuenta, por ejemplo, que Ulises fue a parar a la isla de Circe, la hechicera griega que convertía a sus enemigos en animales, que al bajar de las naves a él y a su tripulación se acercaron tigres; Ulises, Euríloco (su lugarteniente) y uno de los espectadores se asustan, pero notan que la bestia tiene gestos dóciles, “más tarde comprendí –dijo Euríloco- el motivo por el cual habían aparentado ser tan benignos: no eran tigres. Pues advine: sombras de tigres.”, y es que en esa isla hechizada los tigres, las jirafas, los perros y las gallinas eran como fantasmas, y como lo que sostuvo durante un año la estadía de Ulises y los suyos en esa isla: como el amor de Ulises por Circe, “niebla, humo, nada…”. Ulises era algo así como el deseo de un deseo, el de Circe por no dejarlo ir nunca de sí, hechizado por la niebla del amor, era como un cielo encerrado, “opaco, subyugado por el otro cielo que domina, invisible”, como un mundo dentro de otro mundo.

Cuenta también que están Méntor (el amigo que Ulises eligió para el cuidado y la educación de su hijo) y Telémaco conversando sobre una última lección que éste debe enseñarle (la de partir en busca de Ulises), y que cuando el viejo pregunta a Telémaco por los recuerdos que tiene de su padre, ve en el joven turbación, cierto nerviosismo, le increpa para que el joven que rehúye le confiese qué le pasa, y ante la evasión el viejo sabio, que ya ha entendido todo, le dice: “¡Telémaco! ¡Asesinar a un recuerdo es el crimen más horrendo con el cual un ser humano pueda mancharse! La memoria no grita, su herida no sangra: ¿es menos horrible por eso el crimen?… Telémaco, aquí se está asesinando a la memoria de…”, Telémaco se lanza encima suplicante: “¡No! ¡no! ¡no!… ¡No hable! ¡no lo diga!”, antes de que Méntor dijese “Ulises”. La obra de teatro sigue, y en su desenlace le queda a uno la impresión de que Savino no ve en La odisea el relato del regreso, o de la pérdida, o de las Ítacas, sino el relato del destino que “llevamos aquí, con nosotros, entre el chaleco y la camisa”: La odisea es un canto a la soledad.

Parece pues que en esta versión del griego encontramos dos formas del mal. Dañamos como Circe cuando hacemos que nuestros deseos gobiernen, con trucos o sin ellos, sobre los deseos del otro; dañamos como Telémaco cuando aprovechamos que no quedan huellas de nuestra forma de dañar, porque no hay sangre o gritos o huellas en los recuerdos que se asesinan, por ejemplo. Hay otra forma del mal en ese librito, la de Ulises, esa se la dejo a Usted.

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