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Juan Rulfo, es decir, Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, cumple hoy cien años de haber nacido, y eso hay que celebrarlo con unos mezcalitos.

Rulfo es toda una paradoja. Aseguró su inmortalidad como escritor, justamente porque no escribió casi nada; apenas dos centenares de páginas divididas entre una novela corta, diecisiete cuentos bajo el glorioso título de El llano en llamas; un guión para cine (solicitado por Emilio “Indio” Fernández) y algunos fragmentos. Como no era inglés ni ruso ni escandinavo, sus permanentes borracheras le impidieron ser constante en su labor creativa. Al final de su vida nos dejó el producto genial de una faceta que casi nadie le conoce, la de fotógrafo. Sus fotografías, una especie de poetización de la pobreza y la soledad jalisqueñas, son de una belleza y una elocuencia inmensurables y, sobre todo, una puesta en imágenes de lo que ya había narrado con palabras. Después de habernos castigado con su silencio durante tres décadas, en 1986 se fue para el otro lado, al barrio de la huesuda, de la tostada, la catrina, la pelona, la mera dientona, a hacerle compañía a sus cuates, a quienes bautizó como sólo él podía hacerlo: Susana San Juan, Damiana Cisneros, Matilde Arcángel, Eduvigis Dyada, Abundio Martínez, Fulgor Sedano, Juan Preciado, Juvencio Nava, Toribio Aldrete, Anacleto Morones, Guadalupe Terreros, Lucas Lucatero, Macario y el Tilcuate.

Su vida está estrechamente ligada a la Historia de México: la revuelta de los cristeros, la dictadura de Porfirio Díaz, y la Revolución. Después vinieron la orfandad y el orfanato; intentos de ser seminarista o militar; el alcoholismo, el sanatorio, los fantasmas y… Pedro Páramo.

Publicada en 1955, Pedro Páramo es una de las tres o cuatro novelas cortas más célebres de la literatura latinoamericana (las otras son, a mi entender, Aura, de Carlos Fuentes, El coronel no tiene quién le escriba, de García Márquez, y El túnel, de Ernesto Sábato), y el plausible origen del Realismo Mágico. ¿Por qué matizo esta afirmación, a pesar de que es casi dogma del mundo académico? Porque una década antes de la publicación de la composición de Rulfo, la escritora chilena María Luisa Bombal, en su novela La amortajada, ya había creado un personaje (femenino para más señas) que, estando muerto (por eso el título), le daba al palique con los vivos como si fuera lo más normal del mundo.

A pesar de su brevedad, la redacción de Pedro Páramo, le tomó a Rulfo siete años, entre 1947 y 1954, cuando entregó el original mecanografiado al Fondo de Cultura Económica. Con todo y lo que tiene de mítica, la obra exhibe un contexto socio-histórico reconocible: los últimos años de la Revolución Mexicana; un apéndice de ésta: la “revuelta de los cristeros” de 1926 a 1928 y la denominada época de “exaltación nacionalista”. Si el lector se deja engañar, creerá que el libro está escrito en dialecto jalisqueño; pero en realidad está hecho de murmullos, porque, ¿de qué otra forma  pueden comunicarse los muertos? Y ¿adónde, si no al infierno (o Hades mexicano llamado Comala) está llegando ese moderno Telémaco en busca de su padre, “un tal Pedro Páramo”’, al inicio de la novela?

 Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo.

        -Hace calor aquí  -dije.

        -Sí, y esto no es nada  -me comentó el otro-.  Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.

De ahí en adelante, la narración nos sumerge en un ambiente fantasmal y sobrecogedor, como el que ya nos había adelantado en el cuento “Luvina” (mi preferido). Pero también hay lugar para lo terrorífico, y si no, recordemos que el personaje más recio, Pedro (o sea, piedra) Páramo (o sea, frío) muere de puro miedo. Rulfo, que odiaba la literatura de mensaje directo, nos dejó el suyo muy bien cifrado, porque en el reverso de su poesía está la realidad de unas tierras infértiles, de una pobreza absoluta y una consecuente migración campesina.

Por su siglo de nacimiento, y el medio siglo de su novela, ¡brindemos pues, con unos mezcalitos!

 

 

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PERFIL
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Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

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