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Los pronósticos no pudieron en su momento ser más claros y contundentes: el fútbol colombiano regresaría de Rusia con la Copa del Mundo en sus maletas. No ocurrió así, por desgracia.

Algo falló ¿Fallaron los pronósticos? ¿Acaso estos llegaron a Rusia desprovistos de unos bien puestecitos huevos de triunfo?

Ni carecían de huevitos esos pronósticos, ni fallaron. No podían fallar por una razón simple: porque no hay nadie en este mundo que no dé por sentado que las predicciones hechas en Colombia son y serán siempre las más acertadas y confiables en el negocio del fútbol.

Los que sí se pifiaron de manera estruendosa fueron los demás equipos que participaron en el mundial. Ni uno solo de ellos tuvo la garra, el coraje y la decencia de acatar y respetar los pronósticos que anunciaron que la única ganadora de este mundial sería Colombia.

Sin embargo, ¿qué parte del fútbol criollo fracasó en esta oportunidad?

¿Acaso hemos de menospreciar las extremidades inferiores de nuestros jugadores, argumentando que a lo largo de los partidos jugados no hicieron otra cosa que tratar el balón a patadas?

No: los jugadores hicieron lo que debían hacer con los pies, y el balón necesita que se le trate a patadas. Si se le trata a las buenas, el balón va a sentirse como un infeliz pedazo de cuero inútil, y quizás caiga en una de esas depresiones que desinflan por completo, y que se apodan profundas.

Pero dejemos los pies y continuemos buscando los puntos de la selección que más se prestaron a fallas en este mundial. Busquémoslos, no río arriba, como suele hacerse, sino piernas arriba. Piernas arriba de los jugadores, claro está.

¿Acaso se enfriaron y amilanaron en Rusia aquellas peloticas colgantes que la naturaleza instaló primorosa e ingeniosamente en la zona media masculina, y en las que los hombres depositamos todas nuestras delicias, y de las que los futbolistas suelen obtener toda su fuerza goleadora y de ataque?

No, el frío ruso ni las tocó. Aún más: vimos cómo cada futbolista colombiano dejó no sólo el alma en la cancha: también dejó allí, regado, el infatigable par de pelotitas colgantes.

Poco tiempo después los propios rusos informaron que habían encontrado las almas y que por correo las habían devuelto a sus dueños legítimos. Que de los testículos nadie daba razón, pero que los devolverán cuando los hallen, y que para dar con ellos están usando un avezado detector de mentiras.

En últimas, ¿quiénes fallaron?

Los árbitros. Esos buenos para nada, esos seres secos e impasibles que siempre se niegan a participar más activamente en el juego, y a los que por lo regular nunca se les ocurre brindar más oportunidades de gol a nuestros futbolistas.

Esta actitud no solo parece injusta: también muestra a aquellos árbitros como cómplices de los equipos que en este mundial vencieron a Colombia.

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En vida laboral, Hugo Molano Rojas hizo a veces de ingeniero industrial y a veces de periodista. Hoy en día es un ciudadano a sueldo de una de las pocas empresas que patrocinan el último ocio: Colpensiones.

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