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Tuve la mejor abuela que una niña puede pedir. Me recibía todas las tardes cuando llegaba del colegio y pasábamos días increíbles: era alcahueta y me invitaba a explorar y aprender todos los días algo diferente. Siempre que íbamos de vacaciones estaba ella, hasta que una “gastroenteritis” resultó ser el primer síntoma de una enfermedad que acabaría con ella en tres meses. 

Cuando llegó el día 90 yo estaba de viaje y nadie sabía cómo manejar muy bien esa situación. Era difícil, lidiar con la logística de una niña de 7 años a la hora de la muerte. En medio de llamadas y conversaciones impertinentes apareció el consejo de la mejor amiga de mi mamá: llévensela para Bogotá, ella tiene que ir a la funeraria a despedirse.

De cuando tenía 7 años no me acuerdo de nada. No sabría decir de memoria en qué curso estaba o cómo se llamaban mis amigas, pero podría hacer una crónica de ese día con todos sus detalles. Ver a mi abuela por fin dormida, despojada del dolor y de los vómitos de los últimos días me permitió entender su ausencia desde su bienestar. Aunque todavía la extraño, pasar por ese proceso me hizo interiorizar lo que estaba pasando y asumir la muerte como el proceso natural que es.

Ese consejo de la amiga de mi mamá ha venido muchas veces a mi cabeza estos últimos días. Las historias de los muertos sin nadie cerca que los llore además de escalofriante resulta problemático para quienes lo narran y reclaman nuevas formas de vivir el duelo desde la virtualidad, familias enteras han perdido a los suyos sin poder siquiera reunirse alrededor de la misma vela. Muchas otras, esperan en soledad la llamada que les diga que su ser querido ha pasado a engrosar la lista de los que no lo lograron.

Los velorios, los entierros y demás rituales que resultan esenciales al momento de elaborar el duelo. Sin importar si llevan un tinte religioso, espiritual o son una simple reunión, son uno de los pasos para hacer un tránsito lo que implica vivir con la ausencia material de otra persona. Estos no solo ayudan a los seres queridos a decir adiós, son,  sobre todo, una especie de plataforma para entender que ese alguien no volverá. Y aunque esto todavía no se da de la manera más sana posible y hay quienes siguen llenando de gotas de valeriana y fármacos estos momentos, siguen siendo la forma más acertada y universal de despedir a los muertos.

En España e Italia, la pandemia no les permite hacer esto. Familias enteras van descontando miembros mientras los otros lidian con su dolor compartiendo con su compañero de cuarentena y los muertos se van sin que nadie los acompañe. Y aunque el covid-19 haya venido cargado de solidaridad y mensajes de unidad, la muerte y la soledad han tomado una nueva forma de crueldad al llegar sin posibilidad de encuentros, de abrazos, de hacerse a la idea que ese “adiós” antes del encierro era el definitivo.

La reunificación familiar llegará y con ella seguramente los rituales tardíos, pero no sabemos cuándo. Mientras tanto miles de personas se desahogan con la solidaridad que consiguen en redes sociales para subsanar algo que creímos que nunca nos iban a poder quitar: la posibilidad de que un ser querido se muera y uno se quede sin despedirse.

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Psicóloga de la Universidad El Bosque y máster en Políticas Sociales y Acción Comunitaria de la Universidad Autónoma de Barcelona. He trabajado en temas de participación ciudadana y Derechos Humanos.

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