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Josué Martínez FPor: Josué Martínez 
Por muy normal que sea un viernes, cualquiera que sea, siempre va a tener un sabor especial, así sea solo porque al otro día no haya que ir a trabajar, porque sea el último día terminado en s de la semana, porque comienza el fin de semana, o por la razón que sea; hay un aire de festividad en el ambiente, nadie puede negarlo.

Algo muy parecido a lo que pasa con el fin de año, hay una época, desde que comienza noviembre más o menos, en la que todo sabe a festivo, a vacaciones, a comida en abundancia, a reuniones familiares, a planes distintos, a casas iluminadas, a noches muy largas y mañanas esperanzadoras. Deslizándome en ese ambiente llegué el viernes pasado al trabajo, muy temprano, como de costumbre, un rato antes de la hora en la que debo entrar. Llegar 15 minutos antes, y que la guarda llegara 15 minutos más tarde de lo normal, me dio media hora para adelantar el libro que estoy leyendo. O al menos es lo que intento mientras el vigilante nocturno me cuenta lo que pasó en la noche. Insiste en que no se dio cuenta en qué momento se hizo el charco que hay en medio de la bodega. – Eso debe ser que hay algún hueco allá arriba en el techo, sí señor. – Eso toca que miren bien porque… -Yo ni me di cuenta a qué hora se metió el agua. – Si ni siquiera llovió tanto-. Me repite una y otra vez.

El viernes avanza y más adelante lo de siempre: el medio día se hace esperar un poco más de lo habitual, CityNoticias para acompañar el almuerzo, la caminata por el parque y los dulces, el resto de la tarde pasa despacio, en cámara lenta hasta llegar, con mucho esfuerzo a las 5:00 pm.

Por estos días no ha dejado de llover en Bogotá, no se explica de donde sale tanta agua, dentro de las noticias que van apareciendo en redes sociales, anuncian inundaciones en portales de Trasmilenio y congestión vehicular por doquier. Justo en el Centro comercial Portal 80 hay varios heridos por el desplome del techo en algún almacén, provocado por las fuertes lluvias; recuerdo que esa es mi ruta y después de consultar con compañeros parece que la mejor opción es cambiar de camino, irme por la 13 parece ser le mejor elección.
Pero no lo hago. No tengo claro por qué, pero al momento de salir, lo hago por donde siempre, tomo la carretera y ahí me estrello de frente con ella. Blanca, muy grande y hermosa, adornando el paisaje nocturno, alumbrando tenuemente la negra y fría noche que ya cae con toda su fuerza por los paisajes de Siberia y sus alrededores. A ambos costados de la Autopista Medellín hay gente sacando fotos y no es para menos. Todo está bañado esta noche de un delicado pero resplandeciente tono azul, todo está un poco más claro hoy gracias a ella. El recorrido por esa autopista fría y hostil está hoy de un tono más amable, más claro, más romántico.

Casi ni me di cuenta que el mal tiempo ha hecho estragos con el tráfico. Recién tomé la autopista y ya hay un tráfico espantoso. Avanzo por el medio de la vía, a lado y lado la fila de carros es interminable. Mientras descuento vehículos y voy esquivando espejos y bicicletas, voy levantando mi mirada al cielo, de cuando en cuando para echarle un vistazo a mi ocasional compañera de esta noche.
La luna es hermosa y es consiente también de eso. Es coqueta, en extremo. No permite que avance mucho sin que la voltee a mirar de nuevo. Se esconde entre alguna edificación, entre carros grandes o entre edificios. De repente se tapa con alguna nube cómplice, se rodea de pequeños nubarrones para hacerse más atractiva aún y luego vuelve a salir, brilla con más fuerza, se hace notar mucho más.
Después de un rato de ir a merced de su juego, me doy cuenta de que estoy siendo testigo directo de una obra de arte viviente. O de muchas obras de arte al mismo tiempo. Aparece y desaparece recreando cuadros que cualquier artista soñaría con producir.

El tráfico se torna imposible y casi no avanzo. Hay un cruce en la calle 80 varias cuadras antes de llegar al portal. Los carros van en 4 direcciones en esa intersección y regularmente se hacen unos trancones monumentales. Nadie le da paso a nadie, todos quieren pasar primero y en ocasiones está tan obstruido, que puede uno pasar varios minutos completamente quieto. Normalmente en este punto, el desespero por el trafico ya me ha ganado la batalla y voy, más bien resignado; pero hoy es distinto, mirando de nuevo la luna y el paisaje que ofrece, me parece un poco más llevadero, incluso el trancón en el que estoy. Enfrente de mí, varios carros se han ido casi que encima de los otros y no hay por donde pasar, miro hacia un lado, como a 3 carros y hacia mi izquierda, otro motociclista busca salida y ve, así como yo, resignado, el caos que han generado la falta de tolerancia, el desespero y la poca cultura de los conductores; nos miramos, y con ese lenguaje universal que no necesita palabras y con el que se puede decir muchísimas cosas, ambos negamos con la cabeza como coincidiendo en lo absurdo de la situación.

De repente encuentra una salida y pasa frente a mí, muy cerca, con el tiempo justo para decirme que por donde él estaba, hay una salida del trancón. Sigo sus indicaciones y encuentro el lugar exacto para pasar entre los carros y seguir mi camino. Pienso que incluso esto que me acaba de pasar, es producto de algún acto mágico que ha producido ella esta noche, la luna.

Continúo el recorrido por la Calle 80, ahora más despejada y tengo posibilidad de andar más rápido. El piso está mojado y resbaloso. el manejar se hace peligroso, sin embargo voy mirando, de cuando en cuando, mi romántica compañera hasta que, el gran edificio muy iluminado e imponente del Centro comercial Titán, me avisa desde la distancia que debo girar a la derecha y tomar la Avenida Boyacá, en donde solo podré verla, ya más lejos y distante, desde alguno de los espejos retrovisores.

Sigo haciendo esa fila interminable, dejando pasar algunas motos, esquivando carros y poniéndome de pie sin bajarme de la moto cada que hay un semáforo para descansar, y de pronto, me despierto. La luz está prendida, estoy vestido con la ropa del día aún. Me doy la vuelta y reconozco mi cuarto. Es domingo en la madrugada, estoy de lado y mi mano izquierda impide que se cierre el libro que leo por estos días. Una sensación de tranquilidad y paz me terminan de sacar completamente del tráfico que enfrentaba hace apenas unos instantes en el sueño. Me siento feliz y vuelvo a cerrar los ojos. Una pausa en medio de la rutina, una buena noticia en medio de tanto caos, una madrugada en silencio, salvo las gotas de lluvia que caen sobre el tejado, creando una melodía arrulladora… una romántica compañera que va muy cerca, justo encima del desasosiego y el cansancio permanente.

Twitter: @10SUE10

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