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¿Celebración o conmemoración? No se trata solo de regalar rosas o chocolates. Este día es una oportunidad para homenajear a aquellas que no sienten temor de alzar la voz. Una reflexión, a propósito del Día Internacional de la Mujer.

Soy periodista. Hace un par de meses, tuve la oportunidad de trabajar en la Cumbre Mundial de Premios Nobel de Paz. En una rueda de prensa con Jody Williams, Nobel de Paz norteamericana y activista, un periodista hizo la siguiente pregunta: “Jody, ¿cuál es el papel de la mujer en el posconflicto?”.

De inmediato, noté la transformación del rostro de Jody. Y después de dar un respiro profundo, respondió que no se trataba del papel del hombre o de la mujer, porque eran derechos humanos; no derechos por género y que es necesario cambiar el discurso para poder empezar a hablar de igualdad.
El periodista, apenado, tuvo que disculparse.
Y es que, además del discurso, veo con gran preocupación la situación de las mujeres a nivel mundial.

En países como Rusia, por ejemplo, promulgaron una ley que penaliza a los hombres que maltraten físicamente a sus parejas, solo si es más de una vez al año.
En Arabia Saudí no se permite a las mujeres conducir o votar; en Omán, deben pedir un permiso escrito a sus maridos o a una figura masculina para salir del país.
De hecho, según un estudio del Banco Mundial, realizado en 173 países, Colombia es el tercer país con más leyes discriminatorias en temas de género. Otros como Chile, Haití, Argentina y Bolivia, le siguen en la lista.

¿Y en Colombia?…

Pensamos que la situación de la mujer no puede ser peor en Irán, donde deben cubrirse con burkas de pies a cabeza, para evitar morir apedreadas; pero aquí, en nuestro país, cuando una mujer es abusada sexualmente ella termina siendo la victimaria. Que porque iba vestida con minifalda, que porque no debía estar caminando tan tarde en la calle, que porque iba sola… Irónico, ¿no?

Nos hemos encargado, como sociedad, de alimentar el discurso de la desigualdad –incluso entre las mismas mujeres-. No falta ir a otro país para ver cómo algunas reclaman igualdad, pero le exigen a un hombre que les ceda la silla en un bus…”Porque como ya no hay caballeros”. Otras que osan en decir que su jefe llegó a ese cargo porque tuvo sexo con un superior. Algunas que tienen como deporte nacional el destruir a otras mujeres.

Y ya, otros casos mucho más extremos, en donde se han tomado muy a pecho del papel de supermujer y, a la final, terminan en un desgaste emocional porque ellas tienen que poder hacer todo solas, sin ayuda de un hombre.

O que descuidan su salud y se ufanan de tener obesidad, pues los estereotipos de belleza no son para ellas. Pero, cuando ven a una mujer que se preocupa por tener un estilo de vida saludable, dicen que seguro sufre de anorexia. Qué ignorantes son los extremos.

Si bien, vivimos en una sociedad tradicional, es necesario empezar por cambiar este tipo de pensamientos que solo ahondan más esta brecha de la que debemos salir.

No se trata entonces de decir que estamos orgullosas de ser mujeres, si con ello solo queremos tener beneficios; en vez de igualdad. Es descarado pensar así.

En un día como hoy, conmemoramos; no celebramos, un hecho histórico que fue tan solo el inicio de la lucha de las mujeres (obreras, inicialmente) por sus derechos. Ellas exigían equidad en los salarios, con los hombres que ejercían labores similares; mejores condiciones de trabajo y la reducción de las horas laborales, que sobrepasaban las 10

Se sindicalizaron, lo exigieron y, al final, murieron calcinadas en la fábrica de camisas en la que trabajaban.
Gracias a su lucha, otras decidieron empoderarse y empezar a reivindicar sus derechos.
Hoy, no se celebra que seamos la más bella creación de Dios y todo esto. Que, si bien, suena muy bonito e idílico, no es la verdadera causa.
Es, por el contrario un homenaje a aquellas que han decidido alzar la voz, sin importar las consecuencias. Y se han convertido en inspiración para quienes continúan esperando salir a la calle sin temor a sufrir un abuso sexual, a que no tengan que pedir permiso a sus esposos para ir a la universidad, a que no se les juzgue por no ver en la maternidad su realización personal.

En otras palabras, que no les importa vivir en un mundo de hombres, siempre que puedan ser mujeres en él.

 

En Twitter: @AnaLuRey

 

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-->Tequilera, bar tender, lavaplatos, cocinera, mesera, estos son muchos de los trabajos de primera línea a los que se puede enfrentar un inmigrante, iniciando su nueva vida en Canadá. Así lo hice yo.

¿Devolverme a Venezuela o quedarme en Canadá? Esa era la pregunta que retumbaba en mi cabeza mientras ese ángel que encontré en Migración hacia mi aplicación, la cual me permitió como estudiante de idiomas y con mi nuevo status llamado Destitute Student (‘Estudiante Indigente’) conseguir una visa de trabajo Después de pensarlo por tres días, decidí quedarme a trabajar en Canadá para poder pagar mis estudios y como decimos los venezolanos’’echarle bolas’’, porque definitivamente en esta vida no se escoge dónde se nace, pero sí dónde vivir.  Bienvenidos a la segunda parte de mi historia, donde les presento un momento fundamental de mi pasado y mi presente en este país. Debo confesarles que nunca pensé que fuese a ser tan difícil, pero ahí estaba yo, aventurándome a un mundo desconocido, con el único objetivo de reunir, en poco tiempo (4 meses), el dinero para pagar el cincuenta por ciento (15.000 CAD) de mi maestría, pero no solo eso, debía pagar también la renta y mis gastos personales y lo sé, suena descabellado, pero lo asumí con mucha planificación y meticulosidad.
’’Uno nunca sabe lo fuerte que es, hasta que en realidad tiene que ser fuerte’’
Conseguí el primer trabajo de mi vida. Este quedaba en el Viejo Puerto, una zona muy turística de Montreal. Allí aprendí lo que es ser multitask: servir diferentes tipos de cervezas, hacer pizzas, fajitas, poutine, alitas de pollo, hamburguesas, de todo. No era mi único trabajo, tenía que reunir el dinero suficiente, así que de domingo a domingo y durante esos meses mi rutina se resumía en: tomar órdenes, cargar montañas de platos y limpiar baños como a muchos inmigrantes nos toca al inicio. 
’Y es que en las adversidades es donde nacen nuevos guerreros’’
Creo que jamás en mi existencia he trabajado tanto. No tenía más vida: todas las tardes salía del Viejo Puerto, a iniciar mi siguiente turno en un restaurante italiano en el que más que salario trabajaba por comida. El dueño amablemente me brindaba lo que no se vendía y así yo podía ahorrar gastos. Ese señor se convirtió como en mi abuelo, mi abuelo italiano.
 
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Además del trabajo, yo seguía estudiando francés todas las mañanas hasta el mediodía. Al terminar el verano comencé el máster. Un año más tarde, me gradué de abogada en Derecho Internacional de Negocios, LL.M de la Universidad de Montreal, con un GPA de 3.8, demostrándome que en mi vida no habría obstáculos más grandes que mis ganas de crecer y de superarme. Inspirada en esto, apliqué a la Residencia Permanente.  Al cabo del tiempo, empecé nuevos estudios, pero esta vez, en Inmigration consulting y logré culminarlos también. La vida comenzó a sonreír un poquito más, después de tantos sacrificios, todo estaba dando los mejores frutos. En medio de esta travesía, comprendí que no estaba sola en esta situación, ni era la única con un sueño por cumplir. Somos miles de migrantes a diario dejando todo atrás y buscando una mejor vida, así que algo detonó en mi cabeza, era el momento de que Eddy Ramírez pusiera en práctica sus estudios, experiencia y todo lo que aprendí de mi mamá.  Finalmente, llegó el día de materializar y darle vida a esta Tierra de Inmigrantes.    Continuará… Con amor, Eddy.   

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