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Por A. Moñino

escoltas

Con frecuencia unos tipitos acuerpados y más bien carentes de cuello, menos expresivos que una estatua de la Isla de Pascua, se toman las calles de cualquier ciudad como amos y señores con patente de corso para pisotear a cualquier pobre parroquiano que se les cruce. Esto con el pretexto de proteger a un personaje “importante”, que con frecuencia resulta ser un arribista mezquino o alguien que se cree venido a más y que se vale de un cargo o de lo abultada que esté su cuenta bancaria para saltarse las normas que en apariencia nos cobijan a todos. Un síntoma más del cacareado “usted no sabe quién soy yo”.

 

Si bien es cierto que los índices de violencia que han acompañado a Colombia en su historia obligan a algunos a recurrir a esquemas de seguridad para aminorar el riesgo de que los maten, porque acá la vida parece valer menos que una mazorca asada de parque, también es verdad que estamos rodeados de fantoches, y hay muchos que por un supuesto “prestigio”, por compensar alguna carencia de autoestima o sencillamente para ir haciendo lo que les da la gana, se llenan de escoltas.

 

Si el fenómeno del escolta no fuera un capricho más bien popularizado, seguramente lujosos edificios del país prescindirían del “cuarto para escoltas” o restaurantes, como el más famoso de Chía, no ofrecerían “menú de escoltas”. Pero así es, acá andar rodeado de robots irreflexivos que aíslen a su jefe de cualquier contacto con la “chusma” es un valor deseado. Sólo basta con pasarse cualquier día por la Zona G de Bogotá, para ver a todos estos personajes invadiendo ilegalmente la vía y parqueados en cualquier parte, mientras sus jefes se gastan un salario mínimo en un almuerzo de 3 horas.

 

Pero a fin de cuentas lo que preocupa no es que en muchos casos sea un símbolo de arribismo tonto, pues al fin y al cabo cada cual decide qué tan idiota se muestra al mundo, sino que sean los servidores públicos los que anden rodeados de un batallón y con varias camionetas que parecen más bien mini tanques de guerra. En un año que ya todos, empezando por el gobierno, presagiaron como uno de dificultades económicas, en el que se debe ahorrar hasta en la calidad del papel higiénico, resulta insostenible que entre todos estemos pagando enormes esquemas de seguridad para cuanto trabajador del estado aparezca. El año pasado el costo de la protección de servidores públicos era de más de 93 mil millones.

 

Si ya empezaron con las selfies del ministro de hacienda volando en clase ejecutiva, pues que continúen con más ahorros verdaderos, por ejemplo el de tanta camioneta burbuja (la cotidianidad está llena de metáforas andantes) y tanto escolta injustificado. Sería bueno que varios servidores públicos le bajaran a la sobreactuación y que de paso empezaran con el ahorro en “casa” en vez de andarle pidiendo explícitamente a la ciudadanía que se bañe en 30 segundos o, implícitamente, que use más velas para bajarle al recibo de la luz o que remplace la carne por el huevo, para que pueda llenar la barriga.

 

Valdría la pena que el servidor público fuera más como “el público”, probablemente de esa forma podría servirle, tal y como lo dice su rol. Tal vez un intento por llegar a su trabajo en transporte público le permitiría un dictamen más acertado de lo que pasa normalmente y quizás prescindir de tanta parafernalia contribuiría al ahorro que por todos lados están que piden. Incluso, podría pensarse en reasignar este presupuesto para proteger a defensores de derechos humanos en regiones lejos de la capital o hasta periodistas a quienes viven callando a punta de amenazas.

 

Ya se ha hablado mucho del costo del batallón que protege al expresidente innombrable y que terminamos pagando entre todos, pero también es hora de ir revisando lo que cuestan el resto de esquemas de seguridad que viven armando trancones y pisoteando al resto de mortales. ¿Tanto congresista, por ejemplo, montado en el bus de la paz no podría mostrarnos que el fin de la violencia es un hecho y ahorrarnos lo de sus escoltas y camionetas blindadas? Ya va siendo hora de bajarle al gasto de los esquemas de seguridad injustificados. Como diría la ya manida frase en redes sociales: ¿Esa es la paz de Santos?

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