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La mirada de quienes han logrado contemplar, valorarlos, entenderlos y vivirlos nos permite ver más allá de lo utilitario o lo económico. La conservación puede tener una mirada más simple, y a la vez compleja, que una explicación racional

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Una vez empecé a interesarme por asuntos relacionados con el medioambiente y la conservación, como la Sexta Extinción Masiva de Especies o la sostenibilidad, he tenido la sensación de que es una necesidad justificar una y otra vez las razones por las que, por ejemplo, las especies deben ser conservadas y protegidas. Como si solo desde la razón, los argumentos y lo utilitario, si se quiere, pudiéramos comprender la importancia de otros seres, su rol, su impacto, para tener algunos visos de valoración.

Desde entonces, conversaciones con expertos teóricos y empíricos me han llevado a usar (bien o mal) algunos de sus argumentos como arma de persuasión frente a quienes parecen necesitar la racionalidad para entender la importancia del cuidado de los ecosistemas:

“Vecina, es mejor que no tenga un loro en su casa, pero ya que lo tiene no le dé chocolate y galletas porque, aunque le guste, puede causarle mucho daño a su organismo”.

“Amigo, si bien los pumas y los jaguares pueden ser peligrosos, al comerse a otras especies, le están ayudando a controlar su número y evitar una sobrepoblación que luego afecte sus cultivos”.

“No, no le eche tanto pesticida a los cultivos porque, además de las plagas, va a matar a las abejas y a otros polinizadores que permiten la propagación de semillas y la conservación de los ecosistemas”.

Es muy duro pa’l citadino, ¡o bueno!, para los humanos, entender la importancia de todo lo que es ajeno o desconocido, más allá de lo útil o no que puede ser para nosotros. Como el dicho aquel: lo que no sirve que no estorbe. Aunque, en este caso, no sepamos identificar si nos sirve o no.

Hace unos meses se dio a conocer que Colombia será por primera vez sede de la Cumbre Mundial de Biodiversidad (COP 16). El hecho, además de generar grandes expectativas por las posibilidades que puede representar en materia económica y de protagonismo mundial para un país como el nuestro (en la lista de los más megadiversos del planeta), resulta una oportunidad clave para avanzar en los objetivos de protección y conservación de nuestros agobiados ecosistemas.

Sin embargo, y sin restarle importancia a lo anterior, hace unos días me llamó la atención la publicación en redes de una bióloga cercana, mencionando algunas imprecisiones de la publicación que anunciaba el significado del logo creado para conmemorar este evento: una representación de la hasta entonces desconocida (para muchos como yo) Flor de Inírida.

Imprecisiones que van desde su nombre, porque la Flor de Inírida no es una flor, sino una inflorescencia; o que la ubican en los Cerros de Mavicure, cuando en realidad surgen en la sabana; e incluso nombrarla como endémica colombiana, aunque en realidad sea endémica justo en la zona del Río Atabapo, divisor de nuestro país con Venezuela.

Por eso, acudí a Mateo Fernández Lucero, biólogo y botánico de la Universidad de los Andes, experto en estas especies y quien ha estudiado la ‘Flor de Inírida’ desde 2009, y pude conocer algunos datos relevantes sobre la especie.

Mateo Fernández Lucero, biólogo y botánico de la Universidad de los Andes

Mateo Fernández Lucero, biólogo y botánico de la Universidad de los Andes

Me explicó que “cada ‘puya’ de la Flor de Inírida es en realidad una flor pequeña cubierta de fuertes hojitas llamada brácteas, muy coloridas, que parecen madera y que son las que les dan los tonos rojo y blanco”; y que “realmente la flor está dentro de esas brácteas y solo se abre durante ciertas horas al día”, en lo que pareciera ser una defensa contra los depredadores.

Tras la conversación, sin pretenderlo, también reafirmé esa aparente inherencia de necesitar explicar racionalmente, en este caso, la importancia de la Flor de Inírida para el ecosistema:
“La visitan insectos y aves, crece y aprovecha algunas islas de fertilidad en la sabana asociadas con otras especies. También está asociada con montículos de termitas, así que tiene diversas interacciones asociadas al ecosistema y es un modelo de especie ‘sombrilla’. Es decir que, al conservarla, se garantiza que también se están conservando muchas otras especies alrededor”, me explicó con detalle.
Entonces, mientras listaba características del ecosistema que le da vida a la Flor de Inírida (o las flores, pues existen dos especies conocidas como flor de invierno y flor de verano), una palabra llamó mi atención: carisma.

¿Cómo es que un científico habla del carisma de una flor?, ¿cómo se puede hablar siquiera de que una flor puede ser carismática?

Foto cortesía de Mateo Fernández Lucero.

(Si quieren conocer sobre otra flor interesante, les invito a leer esta crónica: En busca de la flor del Guaviare.

“Es interesante que la imagen (de la COP) sea una planta, que estemos abriendo los ojos y dejemos a un lado esa llamada ‘ceguera vegetal’ que menciona Santiago Madriñán en una reciente entrevista. Es decir, que no tengamos ojos solo para la fauna y lo que se mueve y que dejemos de subestimar a las plantas y su importancia para los ecosistemas. Somos el segundo país en el mundo con más especies de plantas y también uno de los países más inexplorados en términos biológicos, entonces se espera que una nueva mirada nos abra las puertas al entendimiento de muchas nuevas especies”, argumentó.

Mateo podría estar fácilmente entre las personas del mundo que más tiempo ha pasado contemplando la Flor de Inírida. Lleva 15 años de trabajo con la especie, observándola, analizándola y entendiéndola. Por eso le emociona que el símbolo de la COP brinde a otras personas la oportunidad de ver lo que él ha estudiado con tanta pasión.

Y aún después de esto, de su investigación, de discusiones académicas y de la labor de cuidado que ha desarrollado con las comunidades de la zona; de horas de espera para fotografiar la especie o a los polinizadores que se posan en ella, de estar con agua hasta la mitad de su cuerpo en las sabanas inundables de arenas blancas de la región en la que se une la Amazonía con la Orinoquia y el escudo guyanés, Mateo recuerda que lo que más le impresionó cuando conoció a esta especie fue “su carisma”: su capacidad para encantar, su gracia, su color que rememora las bandadas de guacamayas que se ven en el ecosistema de esta región colombo-venezolana tan desconocida, tan endémica dentro de lo endémico y, por supuesto, tan necesaria de conservar.

Necesidad que se da no solo por su importancia ecosistémica, o porque existan proyectos andando en la región que requieren apoyo, o porque en un país que se destaca por la exportación de flores las especies nativas puedan representar oportunidad económica, y no solo porque la COP abra alternativas de desarrollo y avance en materia ambiental es que se hace relevante conservar lo que tenemos:

“Ver un atardecer en la sabana, las guacamayas volando, los paujiles y colibríes acercándose… es algo que no tiene precio. Es algo muy sobrecogedor y bonito que muy poca gente ha tenido la oportunidad de ver. Esa es la idea de conservar ecosistemas también. Esos ecosistemas tan delicados, importantes y conmovedores, también trascienden la ciencia”.

La mirada de quienes han logrado contemplar los ecosistemas, valorarlos, entenderlos y vivirlos, nos permite ver más allá de lo utilitario o lo económico. La conservación puede tener una mirada más simple, y a la vez compleja, que una explicación racional. Ahí entendí que quizás tareas como las de este blog o las de otros medios no necesariamente tienen que ser pedagógicas o informativas, también emocionales y “carismáticas”.

Porque como lo dijo este joven científico, quizás paradójicamente: “la sola dicha de la contemplación es suficiente. El simple beneficio de respirar”.

Foto cortesía de Mateo Fernández Lucero.

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Comunicador social y periodista, Magister en Humanidades Digitales, apasionado por la divulgación y la sostenibilidad.

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