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Qué es lo que recordamos, y qué olvidamos, es seguramente una pregunta difícil de responder.

La mayoría de los humanos somos capaces de recordar experiencias pasadas, o fechas especiales, y hoy en día unos cuantos números de teléfono. Seguramente muy pocos.

Como quizás usted sepa, estimado lector, nuestra memoria parece “guardar” recuerdos de varios tipos; es de cierta forma clara la diferencia entre el recuerdo que se tiene de la fecha de su nacimiento, al que viene a la mente al recordar un libro especial o una película o una persona. Así que hay recuerdos más “ricos” que otros; más llenos, más complejos, si se quiere. Recuerdos que se componen de imágenes y también de sonidos, de olores, de sentimientos e incluso de recuerdos. Recuerdos de recuerdos, como por ejemplo los de los sueños; no es usual recordar directamente un sueño varias horas después de haber despertado, pero si justo al abrir los ojos el personaje se concentró suficiente en lo que acababa de soñar, entonces es probable que en la noche aún lo recuerde.

En fin. Hemos vivido muchas cosas a lo largo de nuestras vidas, pero a medida que pasa el tiempo las impresiones que podamos tener sobre ellas se van como desvaneciendo, como desgastando, y todo de forma natural y progresiva. No se puede detener. Olvidar es algo necesario, he oído decir a algunos, para poder mantenernos concentrados y con los pies en la tierra.

Borges, en su relato Funes el memorioso, nos muestra la realidad de un personaje (se llama Ireneo Funes, es argentino) que, producto de un accidente, no puede olvidar. Es uno de esos argumentos llamativos, formas de experimentos sociales con visos de realidad y casi de periodismo, que le permiten al que quiera imaginar por un momento cómo sería su encuentro con un personaje así de particular. Así imagina Borges la condición de Ireneo:


Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero (…) Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

No sé a ustedes, pero a mí me parece una imagen literaria muy fuerte, uno de los relatos más agradables e interesantes que he leído. Por eso lo recomiendo fuertemente.

Desconozco la existencia de casos reales tan impresionantes como el de Funes. Aún así, sé de varios savants o personas con ciertas deficiencias en ciertas habilidades naturales (autistas, en la mayoría de los casos), que sin embargo parecen verse “retribuídas” en capacidades asombrosas. Es así como algunos hombres, siendo naturalmente incapaces de bañarse y vestirse por sus propios medios, pueden realizar operaciones matemáticas complejas más rápidamente que ciertas calculadoras, y con una exactitud y seguridad asombrosas. Existe también (y éste es un ejemplo bien popular) Stephen Wiltshire, un inglés al que se le diagnosticó autismo a temprana edad, y que tiene la impresionante habilidad de dibujar un paisaje con precisión casi fotográfica habiéndolo visto una sola vez. Algunos considerarán que “mostrarlo” de esta manera equivale a ponerlo en posición de curiosidad de circo; aun así, creo sinceramente que es posible admirar de corazón a este hombre por sus capacidades, sin verlo como un espécimen raro. En este video, Wiltshire es llevado a Tokio para hacer una vista panorámica grandísima de la ciudad.

Interesante, ¿verdad?. Wiltshire se gana la vida de esta forma; dibujando por dinero. Es básicamente lo mismo que hacen algunos artistas callejeros, sólo que no lo hace por física necesidad.

Fenómenos como el Alzheimer o el autismo afectan la memoria humana incrementándola o borrándola gradualmente. En su relato, Borges nos muestra de forma impersonal (y, creo yo, bastante respetuosa) la situación de una persona que se ve afectada por una de estas situaciones extremas; nos hace ver que no es lo que se llamaría una bendición, pero que en cierta forma tampoco puede considerarse algo malo. Es un punto de vista sobre una realidad que toca a pocos, pero que nos permite reflexionar y aprender algo nuevo. La literatura, entonces, nos enseña un poco de realidad a través de la ficción.

dancastell89@gmail.com

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  1. Como bien dice dancastell89 Funes era argentino, pero, a pesar de que Borges en ningún momento dice que era uruguayo, cualquier lector desavisado puede inferir que nació en Fray Bentos, debido a que en ningún momento el autor tuvo el buen tino de reivindicar la argentinidad de Funes como tuvo que hacerlo dancastell89 ahora. Hemos podido averiguar que la madre de Funes, una lavandera que lavaba la ropa a orillas del río Uruguay, quedó embarazada de un tal O’Connor inglés, (después veremos que no era de esa nacionalidad). Dicha señora fue enviada a parir a Gualeguaychú para ocultar la paternidad de ese siniestro personaje, del mismo modo que más tarde sucedería con doña Berta Gardés, que fue enviada a parir a Toulouse para que “el Morocho del Abasto” no naciera en Tacuarembó y comprometiera el honor de la familia Escayola. Y los orientales incordiaran sosteniendo que era uruguayo.

    O’Connor fue enviado a estos lares para hacer una serie de experimentos, en la misma época otro personaje, también siniestro, Buschental, fue enviado a Australia para traer las primeras mudas de eucaliptus con las que pobló el parque “El Prado” de Montevideo. Nótese que este último trajo esa especie de árboles por 1870 y que demoran unos quince años en llegar a adultos y que en el relato de Borges este conoce al memorioso fenómeno, aún no paralítico, “en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro.” Por lo que podemos deducir que su nacimiento coincidió con los de los primeros eucaliptus orientales. Había sido gestado a orillas del Uruguay mientras la madre lavaba la ropa y el supuesto O’Connor hacía sus experimentos de contaminación de nuestro hermoso río, que los orientales quieren decir que les pertenece por una simple coincidencia de nombres.

    Funes quedó paralítico y con serios problemas mentales, una memoria prodigiosa, entre otras cosas, a raíz de los experimentos de su padre con los eucaliptus de Buschental y no debido a la caída de un azulejo como sostiene Borges.

    Como ha sido científicamente demostrado, esos eucaliptus transformados en pasta de papel producen una gran cantidad de venenos capaces de hacer nacer niños con dos cabezas o como en el caso de Funes parálisis y disturbios mentales como una memoria increíblemente más acentuada que la de dancastell89.

    Y decíamos que O’Connor no era inglés ni tampoco irlandés como lo sugiere su nombre, sino finlandés y ya en esa época estaba trabajando para la multinacional Botnia.

  2. dancastell89

    zamudio,

    en los círculos académicos es notorio que se asocia la buena memoria con la inteligencia, y sé que lo que usted dice sobre la educación es generalmente rechazado hoy en día. Aun así, algunos profesores consideran la memorización como algo necesario en sus materias. Supongo que eso depende del buen criterio de cada profesor, y también del tema en cuestión; estudio ingeniería, y aunque la capacidad analítica es importante, a lo largo de los años de estudio se repiten conceptos hasta que llega el punto en que se quedan grabados en la memoria. En la mayoría de los casos, eso es bastante útil.

    Gracias por su comentario.

  3. Lo mejor para comentar es recordar que la sociedad confunde una buena memoria con inteligencia. Qui´za la menor virtud de una gran memoria es precisamente su capacidad analítica. Quien recuerda todo rápidamente no suele ser profundo en su análisis ni acertado en sus decisiones. Y, finalmente, el sistema educativo tien uno de sus grandes defectos en el énfasis memorioso y en el poco ejercicio comprensivo. Fuera la memoria como gran tema!!!

  4. Supe de este libro de Borges, por un profesor de Literatura de la Universidad de Antioquia, llamado Marcos Vallejo, quíen lo refirió en una intervención durante un curso de perfeccionamiento para docentes y me impresionó muchísimo. Esta condición tan extraña motiva la curiosidad.

    Hace poco en otro canal de televisión, también observé un personaje dibujando toda la ciudad de Roma con lujo de detalles, después de haber estado mirando directamente la ciudad por tres días.

    Vale la pena anotar que quizás algunos seres humanos se han exagerado en la toma de fotografías y videos, pretendiendo registrar todo momento de su transcurrir por la tierra, tratando de manera inconciente de emular a Funes el Memorioso, pero ¿A que horas les queda tiempo de volver a ver las imágenes tomadas, si apenas les queda tiempo de registrarlas? La respuesta quizás está en el
    famoso “Vanidad de vanidades” del Eclesiastés.

    HAMORES

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