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Tras ver la multipremiada película del director surcoreano Bong Joon-ho, no pude menos que asociar una de las escenas más surrealistas de su película con esta canción del grupo brasileño Paralamas, que le viene como anillo al dedo a esta historia.

“El arte de vivir con fe, sin saber con fe en qué” resume muy bien la lógica de la familia de Ki Taek, quienes viven en un incómodo sótano a ras del suelo, con vista a un callejón donde mean de vez en cuando borrachos, la señal del wi-fi es caprichosa y las fumigaciones son una excentricidad que pueden permitirse. Es el ultraje del siglo XXI en cadencia con la tecnología, la misma que registra sin distinciones tanto la opulencia como la miseria con estética de videoclip. Un mundo de maliciosos donde el fraude informático es capaz de granjearte oportunidades que a muchos le han costado años y pestañas. Un mundo que hiede a ropa usada, cuyo aroma impregna lo que toque a su alrededor.

Por otro lado se encuentra el calmoso aunque plano mundo de la familia Park, ricos confiados, casi estúpidos, hijos del “milagro asiático” que los envolvió en una extraña burbuja capitalista en la que viven por años, a tal punto de convertirlos en seres descreídos, inseguros, enfermizos, con cierto tufo a un ideal de raza pura.  “Le llamaremos amor”, decía el patriarca de la familia cuando Gi Taek, convertido en su chofer, le preguntaba sobre la relación con su esposa, de ese nivel están las cosas.

En esa medida, una familia adinerada tan pobre de espíritu es la víctima perfecta para el curioso plan que urde la familia de Ki Taek de conseguir más dinero ingresando a su mundo a como dé lugar. Lo que ocurre después adquiere un ritmo delirante, con momentos épicos que no traicionan la premisa de “nada es lo que parece” (incluyendo sótanos que esconden peligrosos secretos) y un final que desata toda la locura posible. Por momentos traté de evocar a una de mis películas clásicas favoritas como lo es Teorema de Pasolini (1968), la cual maduró la idea de una sutil home invasion con un personaje carismático que trastorna a toda una familia acomodada, pero en Parásito las ambiciones son más mundanas.

Sin hacer alarde de construcciones dramáticas complicadas, Parásito nos hace cómplices del destino de ambas familias, tan ensimismadas en sus objetivos, que el único que parece reaccionar ante el inminente cataclismo es el joven Ki-Woo, aferrado a una roca como polo a tierra frente a un plan que pierde todo el sentido. Esa es la otra reflexión de la película: no tengamos planes, da igual lo que suceda, pues la vida no suele ocurrir como la concebimos. Una demoledora sentencia.

En esos detalles se aprecia la meticulosidad con que Bong Joon-ho calculó cada aspecto de Parásito. Otro buen ejemplo de ello son las casas de ambas familias. Los espacios habitados por ellas se convierten en protagonistas del enredo con sus ventanales, jardines, salones, pasillos o cuartos que reproducen a la perfección la visión de cada grupo: desde la ropa amontonada, las curiosas cenas o ese inconcebible trasegar de la calle al inicio de la película en el ambiente de Chung-Sook, Ki Taek y sus hijos hasta el enorme jardín de los Park, testigo de su particular monotonía con la hija ansiosa de romance, el niño hiperactivo o la candidez de la madre que no halla cómo ocupar su lugar de “señora de la casa”, hecho que consideré al inicio demasiado increíble hasta que comprendí la razón por la cual estos millonarios no deberían poseer ni una sola pizca de malicia.

El reflejo de la sociedad actual que hace Parásito la hace de imprescindible visionado, con un guion pulido, una puesta en escena un elenco bien articulado que ya recoge sus frutos en tierra americana como la pasada entrega del Screen Actors Guild Award el pasado domingo 19 de enero, no para de hacer dinero y aumentar en popularidad desde su triunfo en Cannes, por lo que no es insospechado su triunfo como Mejor Película Internacional en los Premios Óscar del próximo 9 de febrero, sin obviar que es una digna contendora de Once Upon a Time in Hollywood y 1917 en la categoría principal. Si no lo logró Roma, esta pinta para buena oportunidad de hacer historia. Una oportunidad de dejarnos fagocitar por su cruel moraleja.

@juanchoparada

juanchopara@gmail.com

 

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Periodista y filósofo. Máster en Dirección de Marketing Digital y Comunicación Web 2.0. Social Media Manager. Escritor cine, cultura, televisión, entretenimiento, sexualidad y tecnología.

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-->Tequilera, bar tender, lavaplatos, cocinera, mesera, estos son muchos de los trabajos de primera línea a los que se puede enfrentar un inmigrante, iniciando su nueva vida en Canadá. Así lo hice yo.

¿Devolverme a Venezuela o quedarme en Canadá? Esa era la pregunta que retumbaba en mi cabeza mientras ese ángel que encontré en Migración hacia mi aplicación, la cual me permitió como estudiante de idiomas y con mi nuevo status llamado Destitute Student (‘Estudiante Indigente’) conseguir una visa de trabajo Después de pensarlo por tres días, decidí quedarme a trabajar en Canadá para poder pagar mis estudios y como decimos los venezolanos’’echarle bolas’’, porque definitivamente en esta vida no se escoge dónde se nace, pero sí dónde vivir.  Bienvenidos a la segunda parte de mi historia, donde les presento un momento fundamental de mi pasado y mi presente en este país. Debo confesarles que nunca pensé que fuese a ser tan difícil, pero ahí estaba yo, aventurándome a un mundo desconocido, con el único objetivo de reunir, en poco tiempo (4 meses), el dinero para pagar el cincuenta por ciento (15.000 CAD) de mi maestría, pero no solo eso, debía pagar también la renta y mis gastos personales y lo sé, suena descabellado, pero lo asumí con mucha planificación y meticulosidad.
’’Uno nunca sabe lo fuerte que es, hasta que en realidad tiene que ser fuerte’’
Conseguí el primer trabajo de mi vida. Este quedaba en el Viejo Puerto, una zona muy turística de Montreal. Allí aprendí lo que es ser multitask: servir diferentes tipos de cervezas, hacer pizzas, fajitas, poutine, alitas de pollo, hamburguesas, de todo. No era mi único trabajo, tenía que reunir el dinero suficiente, así que de domingo a domingo y durante esos meses mi rutina se resumía en: tomar órdenes, cargar montañas de platos y limpiar baños como a muchos inmigrantes nos toca al inicio. 
’Y es que en las adversidades es donde nacen nuevos guerreros’’
Creo que jamás en mi existencia he trabajado tanto. No tenía más vida: todas las tardes salía del Viejo Puerto, a iniciar mi siguiente turno en un restaurante italiano en el que más que salario trabajaba por comida. El dueño amablemente me brindaba lo que no se vendía y así yo podía ahorrar gastos. Ese señor se convirtió como en mi abuelo, mi abuelo italiano.
 
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Además del trabajo, yo seguía estudiando francés todas las mañanas hasta el mediodía. Al terminar el verano comencé el máster. Un año más tarde, me gradué de abogada en Derecho Internacional de Negocios, LL.M de la Universidad de Montreal, con un GPA de 3.8, demostrándome que en mi vida no habría obstáculos más grandes que mis ganas de crecer y de superarme. Inspirada en esto, apliqué a la Residencia Permanente.  Al cabo del tiempo, empecé nuevos estudios, pero esta vez, en Inmigration consulting y logré culminarlos también. La vida comenzó a sonreír un poquito más, después de tantos sacrificios, todo estaba dando los mejores frutos. En medio de esta travesía, comprendí que no estaba sola en esta situación, ni era la única con un sueño por cumplir. Somos miles de migrantes a diario dejando todo atrás y buscando una mejor vida, así que algo detonó en mi cabeza, era el momento de que Eddy Ramírez pusiera en práctica sus estudios, experiencia y todo lo que aprendí de mi mamá.  Finalmente, llegó el día de materializar y darle vida a esta Tierra de Inmigrantes.    Continuará… Con amor, Eddy.   

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