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Diez años atrás, Egipto se deshacía de Hosni Mubarak y cerraba uno de los capítulos más determinantes de su contemporaneidad y que marcó la estabilización con un altísimo precio en materia de derechos humanos. En la historia agitada quedaba la revolución fallida de Gamal Abdel Nasser que pretendía impulsar un socialismo árabe y, posteriormente, el liderazgo de Anwar el-Sadat en el que el país selló la paz con Israel y empezó un acercamiento con occidente que condicionó la política egipcia de las últimas décadas. Su trágica muerte también significó el fin de un ciclo y el ascenso sin condicionantes de un establecimiento militar que no ha perdido el control de la situación interna desde entonces. Durante tres décadas, Hosni Mubarak manejó con mando de hierro los asuntos internos y logró la estabilidad a punta de una represión que varios países occidentales aceptaron a cambio de la contención al terrorismo. Como testimonio del alineamiento árabe con occidente, se debe recordar que Egipto lideró el apoyo árabe a la operación militar en contra de Irak en el 90 que inauguró una hegemonía total de Estados Unidos en la zona.

En enero de 2011, el pueblo egipcio, siguiendo el ejemplo tunecino, salió a las calles para denunciar los abusos del aparato de inteligencia de Mubarak, los excesos de la policía, y para expresar el hartazgo con el establecimiento que incluía el despilfarro de los recursos públicos, mientras la pobreza golpeaba a un tercio de la población. Para colmo de males, el régimen preparaba la  transmisión del poder a Gamal Mubarak, hijo del entonces presidente. Las escenas de una multitud reclamando la salida de Mubarak en la plaza Tahrir le dieron la vuelta al mundo, y se veía con simpatía la manera en que los más jóvenes a través de las redes sociales y la tecnología de las comunicaciones lograban una convocatoria sin antecedentes en la era Mubarak. Su salida inesperada derivó en unas elecciones, tal como lo pedían los manifestantes, en las que triunfó la Hermandad Musulmana de orientación religiosa. Se trata de un partido de vieja data que había combatido, aunque con treguas, al antiguo régimen de Mubarak y que, gracias a dicho resultado, accedió al poder, lo que significó un paréntesis democrático bajo el mando de Mohammed Morsi. Apoyado en una ola de indignación y con la expectativa de cambios profundos, emprendió la redacción de una nueva constitución que para un segmento de la población representativa así como para los militares ponía en riesgo el secularismo. Aquello fue el pretexto perfecto para que los militares procedieran a un golpe de Estado y llegase al poder el mariscal Abdelfatah El-Sisi. Transcurridos casi dos años del levantamiento de Tahrir, los militares recuperaban el control absoluto y la perspectiva de cambio parecía abandonada, más aún cuando todo parece indicar que, salvo opinión contraría de los militares, el mariscal estará en el poder hasta 2024. 

Tras una década de la revolución son varias las lecciones para Egipto. La primera es que la salida de Mubarak no supuso el fin del régimen controlado por los militares desde la salida de Nasser. No solo controlan la política, sino dos terceras partes de la economía, por ende, no es de extrañar que se confunda Estado y aparato militar. En segundo lugar, las revoluciones son procesos extensos cuyos resultados no siempre se observan en el corto plazo. Basta observar la Primavera de Praga de 1968, un levantamiento contra el régimen prosoviético instalado en la entonces Checoslovaquia y cuyos resultados solo fueron visibles a finales de los 80 con la Revolución de Terciopelo encabezada por uno de los líderes de dicha primavera y en apariencia abortada, Vaclav Havel.  Finalmente, el dilema respecto de El-Sisi en Egipto es complejo. A diferencia de otros dictadores, castigados por las potencias de occidente, el mariscal tiene buenas relaciones con los vecinos, especialmente con Arabia Saudí, interesada en contener el eje Irán Siria y con Estados Unidos y Europa. A pesar del evidente deterioro de los derechos humanos y de una campaña de represión contra la oposición justificada en la contención del terrorismo, no asoman denuncias representativas en contra del establecimiento egipcio en el plano internacional. Más grave todavía, nadie parece apostar por una transición profunda que altere la ecuación Estado y militares, base del autoritarismo egipcio. La primavera, por ahora, tomará más tiempo del previsto, pero no significa un proyecto irrealizable.

@mauricio181212

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Profesor de Estudios de América y Latina y el Caribe e Introducción a las Relaciones Internacionales en la Universidad del Rosario. Doctor en Ciencia Política de la Universidad de Toulouse I.

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