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Doris Salcedo

Noviembre 6 y 7 de Doris Salcedo

 

En su última edición la revista Arcadia nos presenta un exquisito compendio de 119 obras colombianas que en los últimos cien años han servido para narrar la historia del país. La recopilación  abarca el arte en todas sus formas de expresión pues se tienen en cuenta desde los más elementales bocetos hasta las más enigmáticas instalaciones. Es un deleite recorrer la cronología de un país convulsionado si como parajes nos acogen las obras más representativas que calaron en el inconsciente colectivo de sus habitantes.

El viaje parte desde la Colombia campesina con la aparición de obras como La Vorágine, donde la violencia brota asociada a la explotación de nuestros recursos naturales y de la incapacidad de la justicia para resolver los conflictos. Tal vez esa novela por si sola hubiera bastado para ilustrar con suficiencia los orígenes del drama que padece nuestra nación y muchas hojas se hubiera podido ahorrar la revista. Pero las fuentes de todos nuestros problemas también son las fuentes de nuestro exuberante acervo artístico.

Entonces el recorrido continúa y pasa por los inicios del cine colombiano adonde se resalta la película Garras de Oro. En ella encontramos antes de la magistral I Took Panama el testimonio del peor negocio realizado por el mismo país en donde reina la idiosincrasia de nunca dejarse tumbar y de siempre pedir rebaja: la venta de Panamá a los gringos por un plato de lentejas.

Por supuesto también nuestra historia se escuchó a través de la música cuando el país se sintonizó en las canciones que fueron capaces de explicarnos con la mejor lucidez los acontecimientos. Y encontramos las dos caras de la moneda: por un lado el de la Colombia revuelta por la guerra y el desarraigo en la canción protesta El Destierro, y por el otro el vestigio de que también tenemos batallas que nos reconfortan como la que libraron nuestros juglares en La Gota Fría.

Avanzar en la compilación también implica abrir una vieja valija para encontrar: una foto en blanco y negro de la efervescencia de un 9 de abril, Los Obispos Muertos que pintó Botero, una obra de teatro que definió para siempre un arquetipo llamada el Doctor Manzanillo, un óleo de Obregón de un cadáver de una mujer encinta titulado Violencia y el cuento de un barbero que con una navaja a la garganta debe afeitar al verdugo de sus amigos.

Entonces volvemos a 1959 y García Márquez en una frase célebre nos recuerda que el primer drama nacional de que éramos conscientes se llamaba violencia, (así es otra vez la violencia) y nos sorprendía desarmados. Y gracias a la literatura las generaciones venideras conocerán la guerra de los mil días, masacres como las bananeras quedarán absueltas de una condena perpetua al olvido y los adolescentes comprenderán que la salvación de un pueblo puede llegar con el descubrimiento del hielo.

El gran valor del ejercicio es conocer el material del que están hecho los puentes que nos conectaron con la modernidad y asimismo tratar de descifrar porque hay puentes que nunca se construyeron y aislaron para siempre la periferia del centro del país. El consuelo es que en medio de una ¨fértil miseria¨, el arte consigue el camino más expedito para inmortalizar los pedazos más recónditos de nuestra geografía, como lo hizo Alvaro Mutis con su rinconcito en la región del Tolima, Carlos Vives con la Sierra Nevada en La Tierra del Olvido y Ciro Guerra con los Viajes del Viento que parten en la mojana sucreña y terminan en el inevitable destierro del desierto de la Guajira.

Al culminar el viaje comprendemos que un país también se puede reflejar en elementos tan disímiles como una telenovela de nombre Caballo Viejo, una parodia de nuestra Zoociedad, una cortina que se burla del expresidente Turbay, un poema de Juan Manuel Roca que nos advierte que los vencedores son quienes siempre escriben la historia y una instalación en el espacio público en donde sillas vacías desafían la gravedad en una pared del Palacio de Justicia.

Y al final nos quedamos cortos sin pretender establecer que estas son las mejores obras ni sugerir que estas son las únicas. Son apenas un puñado de motivos que nos ayudan a entender porque Colombia es un país tan maravilloso a pesar de sí mismo.

Foto: tomada de google

Twitter:  @alfrecarbonell

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PERFIL
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Alfredo Carbonell (Barranquilla, 1981) estudió Derecho en la Universidad de los Andes y luego una especialización en Derecho de las Telecomunicaciones en la Universidad del Rosario. Hizo un curso de Relato Breve en la Escuela de Letras de Madrid. Trabajó en el Ministerio del Interior y en la Alcaldía de Barranquilla. Hizo una maestría en Políticas Públicas en UCL (University College London). Trabajó 3 años como Director de Asoportuaria y desde el 2020 trabaja en la Alcaldía de Barranquilla como primero como Secretario Privado y actualmente como Gerente de Desarrollo Social.

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