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Este texto es autoría de Nicolás Hernández Gómez (@nicolashergosum) docente en el Liceo San Andrés de Tumaco con la organización Enseña por Colombia, quien además es exalumno de la Escuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO.


Mientras se disparan las llamadas por violencia intrafamiliar en Colombia los colegios se empeñan en enviar talleres o en convocar clases virtuales. ¿Eso es lo que realmente importa en este momento?

Es paradójico que, con todas las adaptaciones que han realizado los colegios durante las últimas semanas por causa del aislamiento, su principal preocupación siga siendo llenar a los estudiantes con teoría. Como si esto fuera lo importante de asistir a clases, ¡qué aburrimiento! El sector educativo siente un gran afán por mantener una normalidad, llevada a lo no presencial, que desconoce las preocupaciones y necesidades de los estudiantes durante esta pandemia y, tal vez, sus preocupaciones y necesidades en general.

Hace tiempo que los colegios olvidaron cómo cuestionarse y cómo reinventarse, y así sus manuales de convivencia lo contradigan, se quedaron varados en un lugar común: lo importante es que el colegio suba su desempeño en las Pruebas Saber. Ahora mismo este interés pasa a un segundo plano.

Desde que inició el aislamiento, la discusión sobre la virtualidad y la desigualdad se ha llevado todos los reflectores. Sin embargo, hay otro tema que, como docente, considero que debe entrar en la agenda reflexiva del país: ¿qué herramientas útiles brindaremos a los estudiantes para que sobrevivan a sus espacios durante la cuarentena?

El colegio, un espacio seguro

Dos semanas antes de que el Gobierno suspendiera clases por el Sars-CoV-2, yo estaba sentado en el escritorio del salón -porque la silla me parece muy bajita e incómoda- recogiendo los cuadernos con la actividad de la clase. Ese día cumplía mes y medio como docente en un colegio público de Tumaco, Nariño.

“Profe, yo quiero ser futbolista”, “Profe, yo quiero ser trapera (cantante de trap)”, “Profe, yo quiero ser agente secreto”, los estudiantes de séptimo debían escribir cuál era su mayor sueño, describirlo detalladamente y dibujarse viviéndolo. En mis brazos, largos y delgados, los 42 alumnos que habitan dicho curso construyeron un edificio con los cuadernos de ética.

“¿Falta alguien por entregar?”, pregunté levantándome del puesto. Nadie habló pero muchos respondieron, corrieron detrás mío. Cuando llegué a la puerta, la misma que podría no existir porque nadie deja de salirse del aula por el hecho de que esté cerrada, un estudiante me preguntó: “profe, ¿podemos hablar?”. Inmediatamente accedí.

Salimos al pasillo y, luego de unos pasos, encontramos una banca con la inclinación adecuada para sembrar la torre de cuadernos. Comenzaba la segunda hora de clases y pasé de docente ‘magistral’ a docente confidente, claro está, siempre manteniendo una relación de respeto.

Juan -que en este texto podría llamarse Pedro, Libardo o Antonio y daría lo mismo porque no es su nombre real- me contó que se sentía muy triste porque la semana pasada había peleado con su papá. Lo describió como un hombre que tiene mejor relación con los puños que con las palabras, puesto que a estas últimas nunca las aprendió a usar.

Aconsejé a Juan diciéndole que intentara usar el diálogo. Su respuesta fue negativa, noté su temor. Él me explicó que cuando inician las palabras, el señor se torna violento. Luego de unos minutos de búsqueda de soluciones, Juan interrumpió y me comentó con desdicha: “Es que yo me quiero ir de la casa, no me siento seguro allá. No puedo ser quien verdaderamente soy”.

“¿A qué se referirá?”, me preguntaba en mi cabeza para no interrumpir sus palabras.

“Profe, es que yo no he podido experimentar lo suficiente -prosiguió el joven- pero yo tuve un novio y fui muy feliz con él. Ahora tengo una novia porque en mi casa me han hecho sentir que eso es lo que está bien, pero yo no me siento cómodo”.

Comprendiendo mejor la situación, le pregunté si sus papás sospechaban algo al respecto. Él me respondió que tal vez su madre ya lo sabía, puesto que lo había llevado al psicólogo y a la iglesia para que lo devolvieran al ‘camino correcto’. En cuanto a su padre, Juan afirmó que “si se llegara a enterar…”.

Yo estaba boquiabierto. Este chico, que me conocía hace poco, me mostró sus reflexiones más profundas sobre su orientación sexual. Por eso le pregunté: “¿Por qué decidiste contarme esto?”. Juan respondió: “Con usted me sentí seguro para hacerlo”.

Como Juan, infinidad de niños y niñas encuentran en el colegio, y en sus docentes, un espacio seguro para ser, pensar, expresarse y convivir. Ahora que los 9,8 millones de estudiantes que tiene Colombia están en casa: ¿se sentirán seguros?, ¿estarán bien física y emocionalmente?, ¿comerán mejor o peor que con la merienda del colegio?

Si en mi intento por responder dicha pregunta me remito a las cifras, solo encuentro preocupación. Durante el periodo del 20 al 29 de marzo de 2020, los primeros nueve días de la cuarentena, hubo 710 llamadas por violencia intrafamiliar a la línea de orientación a mujeres, es decir, 179 % más llamadas que en el mismo periodo de 2019, según el Observatorio Colombiano de las Mujeres de la Vicepresidencia de la República. Esto quiere decir que, los ‘hogares’, que en este caso mejor debería llamar simplemente casas, no necesariamente son un espacio seguro para que habiten las niñas y niños.

Sin quererlo, enviamos a nuestros luchadores más valiosos y jóvenes a una pelea contra su contexto y les dimos las herramientas equivocadas. ¿Qué les enseñaremos a los estudiantes desde el colegio para afrontar esta cuarentena?

Los aprendizajes fuera del control docente son la clave

¿Se ha preguntado alguna vez cómo, dónde o por qué aprenden a perrear los jóvenes de Colombia? Antes de responder a dicha pregunta, empecemos por lo simple: ¿qué es el perreo? La RAE lo define como timar, menospreciar o, cuando se trata de un hombre, ser mujeriego. ¡Qué definición tan alejada de su uso común!, típico de la Academia. Pero, por más mínimo que sea su conocimiento sobre lo que está de ‘moda’ entre los jóvenes, usted sospechará que, distinto a lo que propone el diccionario, perrear es bailar reggaetón, es un acto en el que dos o más personas restriegan y pegan sus cuerpos de manera rítmica y circular, preferiblemente con variaciones de altitud que suban la presión en el ambiente.

Antes de iniciar mi formación como docente, hace casi seis meses con la organización Enseña por Colombia, consideraba que un joven aprendía a perrear en fiestas, por allá en décimo u once, algunos hormonales en noveno y los repitentes extra-edad en octavo. Ahora, seis años después de haber cantado la nefasta Hoy de Bonka en conjunto con 40 chaquetas de prom doble faz, negras y grises, que gritaban “¡PERTENEZCO A ALGO!”, me doy cuenta de que en las fiestas solo se perfecciona el perreo, pero que su génesis dentro de la Generación Z criolla ocurre en otro tiempo y espacio: desde primaria en el salón de clase. No se aterre si esta idea le parece descabellada, que también lo es, vamos paso por paso.

Tradicionalmente, se dice que los estudiantes van al colegio a estudiar o a recibir formación académica. Esto ocurre, al menos aparentemente, bajo la supervisión de los docentes, coordinadores y rectores. Pero el deseo de control, silencio y orden oculta a los maestros lo que realmente pasa dentro del aula.

Afortunadamente, soy un profesor más liberal –por liberal me refiero a que hay días en los que nadie me pone atención y todos los pelados están ‘recochando’ sin que esto me parezca el fin del mundo, aunque me frustre– lo que me ha permitido poner atención a lo que ocurre más allá de la ilusión de control dentro del aula.

En cambio, si fuera un profesor más conservador me volvería completamente loco, gritaría todo el tiempo y me quedaría calvo a una velocidad inimaginable. ¿Más rápido todavía?, sí, más rápido todavía porque pasé de estar estresado por escribir textos para la sección Domingo de EL TIEMPO, a sentirme responsable por qué putas están aprendiendo -o, mejor, qué putas les estoy enseñando a- los 463 niños, niñas y jóvenes, de grados segundo a octavo que asisten al único colegio público con jornada única de Tumaco, que va de 6:30 a.m. a 3:30 p.m., con un pequeño almuerzo a mediodía, a quienes les doy clase.

Estrictamente, llevo dos meses siendo docente, los cuatro meses anteriores lo estaba aprendiendo a ser –como si uno dejara o terminara de aprenderlo– y durante ese tiempo me he topado dentro del salón con: ventas de dibujos, que también yo quisiera obtener para decorar mis cuadernos; sesiones de peluquería, que incluyen tejido de trenzas y sugerencia de chaquiras; partidos de fútbol con balones, papeles, zapatos y cualquier cosa que cumpla los estándares colegiales de un balón, es decir, todo aquello que se pueda patear sin que duela mucho el pie; duelos de cartas de Dragon Ball Super, dignos del Torneo de la Fuerza de los Universos; grabación de TikToks, casi tan elaborados como los de la India (si no comprende esta referencia le recomiendo ver al youtuber AuronPlay); interpretaciones de las canciones de trap, reggaetón, ranchera, salsa y salsa choke más populares del momento, con un flow, voz y actitud como los de los artistas originales; perreos intensos, exageradamente intensos diría yo, como los que ocurren en las discotecas cuando avisan que van a cerrar y los bailarines se preparan para dejarlo todo en la pista; y, desafortunadamente, muchas, muchas, pero muchas peleas incentivadas por el contexto rodeado de violencia en el que han crecido los alumnos.

Vuelvo al principio, si usted aún no comprende la relación entre el salón de clases y el cómo, porqué o dónde aprender a perrear los jóvenes del país, lo haré más explícito. Cuando un niño o niña ingresa al colegio, no sólo se enfrenta a un mundo de nuevos conocimientos teóricos e idealizados, sino que también inicia un proceso de reconocer y ser reconocido en nuevos espacios, con nuevas personas.

Ingresar al salón de clases implica chocar dinámicas sociales moldeadas a partir de los gustos, hábitos, cuerpos y valores de otras 40 personas con un rango de edad similar, ah y con una persona de mayor edad que pretende canalizar todo lo mencionado anteriormente. ¿Qué quiere decir esto?, que en el colegio los estudiantes aprenden qué les gusta y qué les debe gustar para tener temas en común con los demás; aprenden cómo comportarse para ser populares y cómo comportarse para sobresalir en disciplina; aprenden qué están haciendo mal en cuanto a vestir cool y, a veces, qué están haciendo mal para despejar X de una ecuación.

Un reto inmenso

Dada la importancia de los aprendizajes no controlados, me pregunto cómo el colegio ha incentivado explícitamente que los chicos y chicas aprendan a habitar espacios, a comportarse socialmente con personas de su edad, a empaparse con lo que está de moda y a apropiarse de sus lugares cotidianos. Pero, más importante aún, me pregunto cómo lo vamos a incentivar desde la modalidad de clases no presenciales.

El aprendizaje teórico, que pretende ser controlado y supervisado, tiende a aburrir a los estudiantes, incluso, muchas veces lo cuestionan: “¿Profe y esto para qué sirve?”. Si hoy tuviera que responder a esta duda sería muy claro, les diría, “chicos, esto no les sirve para casi nada o tal vez para nada”.

Entonces, si el conocimiento teórico no es lo más importante en este momento, si muchos estudiantes están en espacios violentos e inseguros y no tienen acceso a las TICs, debemos replantear qué y cómo vamos a enseñarles durante el aislamiento.

Además, debemos pensar cómo hacer que este no sea un proceso de aprendizaje que encapsule o ensimisme a los estudiantes, sino que de alguna manera los invite a relacionarse con los demás, a explorar sus intereses, a ser con seguridad y autenticidad con otros. Este es apenas un primer paso reflexivo para luego plantear estrategias que respondan a la necesidad del momento y del contexto.

Lo más importante es que no olvidemos que los estudiantes ya son el presente del país, no solo el futuro.

No esperemos órdenes nacionales o locales para empezar a actuar y proponer desde donde estemos.

Somos agentes de cambio, es el momento de todos.

 


 

Nicolás Hernández Gómez – @nicolashergosum
Filósofo de la Universidad de los Andes. Miembro de la octava generación de la ESCUELA DE PERIODISMO MULTIMEDIA EL TIEMPO. Actualmente se desempeña como docente de ética, religión, cátedra para la paz, español y taller de inglés en el Liceo San Andrés de Tumaco con la organización Enseña por Colombia.

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