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Argentina's Javier Mascherano reacts after an injuring during the group D match between Argentina and Nigeria, at the 2018 soccer World Cup in the St. Petersburg Stadium in St. Petersburg, Russia, Tuesday, June 26, 2018. (AP Photo/Petr David Josek)

“Me imagino que llevas dos semanas pensando qué escribirme, cómo cobrarme esa apuesta con esa pluma fina y punzante. Lamento que la ocasión no me permita ser testigo y protagonista, ser inspiración de una gran frase, seguro una genialidad; pero tengo que admitir que me consuela sobremanera haber vivido las semanas que viví, tal y como fueron…”.

“Me sentí muerto y por tanto, más vivo que nunca. Un día de no olvidar. Triste porque la ocasión no me permitió esa gran celebración que seguro me harías atestiguar, sin mala leche, por supuesto. Hubieras sido, además, justo vencedor. Pero realmente siento que este triunfo logra compensar esas ganas y desazón que me deja el no conocer esas palabras que ya nunca podré conocer. Casi pierdo. Casi ganas. Así no es la vida, así es el fútbol.”

Este mensaje cayó a mi WhatsApp a las 3:06 hora argentina. La madrugada después de que la Selección de Fútbol de éste país ganara 2-1 en un sufrido encuentro contra Nigeria que lo clasificó a octavos de final de la Copa del Mundo. Y sí, no es más que un llamado a la cordura, un reclamo ante lo absurdo y lo ingenuo: la cobranza de una apuesta.

Me había atrevido, dos meses antes de dar inicio a la Copa del Mundo, a apostar contra un amigo. Mi vaticinio: Argentina no lograba avanzar de la fase de grupos. Una idea que, una vez inaugurado el magno evento futbolero, fue alimentada a cucharadas dulces desde aquel 1-1 argentino frente a la debutante Islandia.

Una semana después, la caída albiceleste frente a Croacia me sabía a manjar. Y al final, el reto frente a a la siempre difícil Nigeria me hacía relamer los labios por el gusto de vencer. No Argentina; a mi amigo. Al orgullo, a esa sensación ridícula que nos eleva, al gritar en silencio: ” yo tenía razón”.

Pero, ¡maldito minuto 86! Argentina estaba, una vez más, en octavos de final de una Copa del Mundo.

Cuando leí el mensaje de mi amigo, reí. Y con esa misma reacción, representada en un texto repleto de jajás, pensé devolverle una respuesta. Sin embargo, creí que merecía más que eso. Él, y en extensión, todo argentino que nunca dudó. A continuación, mi respuesta:

No puedo negar que hasta el ochenta y pico no estuve solamente cruzado de piernas. Dios sabe que mi pecho se contorsionaba cada vez que su colega la dominaba acá en la tierra. El palo, el de la cara cortada, el “cueste lo que cueste” de la gente y el relator tímido de promesas, pero arriesgado y persuasivo con su “hoy sí Argentina”; todos me hacían estremecer en un cuerpo contraído a una especie de feto.

Tú me dices que sufriste. Y sí, tal vez. Pero para ti fue desconfiar de una obviedad, como cuando avanzas en las páginas y todavía no han asesinado a Santiago Nassar en Crónica de una Muerte Anunciada. Dudas si lo matan, cuando sabes bien que el final de la novela la cuenta su portada.

Te costó. Pero llegaste adonde esperabas llegar. Adonde querías llegar.

¿Para mí? Para mí fue como aquella vieja tortura china: encerrado en cuatro paredes, atado y con una gotera sobre mi cabeza, me fui volviendo loco. Cada balón cruzado, cada diagonal marcada era mi gota china. Burlón por subestimar una gota de agua fría, pero al final, arrepentido al reconocer la inminente desesperación de un arma tan poderosa que me hacía replantear: ¿en qué pensaba?

Y así es Argentina. Hay que verlos con una estaca en el pecho y en un cajón cincuenta metros bajo tierra para asegurarle al vecino que están muertos. ¿Antes? Antes no. Antes es una irresponsabilidad, una imprudencia, una ligereza.

Hoy me excuso y felicito. Y, además, como aquel relator elocuente y persuasivo, me trago el cuento de que: ¡hoy sí, Argentina!

Ahora, la pregunta es, ¿lo prefieres en pesos colombianos o argentinos?

 

 

Diego Hernández Losada.

Twitter: @diegoh94

 

Foto, créditos: AFP, AP, Getty y Reuters

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Bogotano de 23 años. Amante del deporte, la música y las letras. Estudiante de periodismo deportivo en la Universidad de Palermo en Buenos Aires, Argentina. Interesado en compartir historias.

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-->Tequilera, bar tender, lavaplatos, cocinera, mesera, estos son muchos de los trabajos de primera línea a los que se puede enfrentar un inmigrante, iniciando su nueva vida en Canadá. Así lo hice yo.

¿Devolverme a Venezuela o quedarme en Canadá? Esa era la pregunta que retumbaba en mi cabeza mientras ese ángel que encontré en Migración hacia mi aplicación, la cual me permitió como estudiante de idiomas y con mi nuevo status llamado Destitute Student (‘Estudiante Indigente’) conseguir una visa de trabajo Después de pensarlo por tres días, decidí quedarme a trabajar en Canadá para poder pagar mis estudios y como decimos los venezolanos’’echarle bolas’’, porque definitivamente en esta vida no se escoge dónde se nace, pero sí dónde vivir.  Bienvenidos a la segunda parte de mi historia, donde les presento un momento fundamental de mi pasado y mi presente en este país. Debo confesarles que nunca pensé que fuese a ser tan difícil, pero ahí estaba yo, aventurándome a un mundo desconocido, con el único objetivo de reunir, en poco tiempo (4 meses), el dinero para pagar el cincuenta por ciento (15.000 CAD) de mi maestría, pero no solo eso, debía pagar también la renta y mis gastos personales y lo sé, suena descabellado, pero lo asumí con mucha planificación y meticulosidad.
’’Uno nunca sabe lo fuerte que es, hasta que en realidad tiene que ser fuerte’’
Conseguí el primer trabajo de mi vida. Este quedaba en el Viejo Puerto, una zona muy turística de Montreal. Allí aprendí lo que es ser multitask: servir diferentes tipos de cervezas, hacer pizzas, fajitas, poutine, alitas de pollo, hamburguesas, de todo. No era mi único trabajo, tenía que reunir el dinero suficiente, así que de domingo a domingo y durante esos meses mi rutina se resumía en: tomar órdenes, cargar montañas de platos y limpiar baños como a muchos inmigrantes nos toca al inicio. 
’Y es que en las adversidades es donde nacen nuevos guerreros’’
Creo que jamás en mi existencia he trabajado tanto. No tenía más vida: todas las tardes salía del Viejo Puerto, a iniciar mi siguiente turno en un restaurante italiano en el que más que salario trabajaba por comida. El dueño amablemente me brindaba lo que no se vendía y así yo podía ahorrar gastos. Ese señor se convirtió como en mi abuelo, mi abuelo italiano.
 
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Además del trabajo, yo seguía estudiando francés todas las mañanas hasta el mediodía. Al terminar el verano comencé el máster. Un año más tarde, me gradué de abogada en Derecho Internacional de Negocios, LL.M de la Universidad de Montreal, con un GPA de 3.8, demostrándome que en mi vida no habría obstáculos más grandes que mis ganas de crecer y de superarme. Inspirada en esto, apliqué a la Residencia Permanente.  Al cabo del tiempo, empecé nuevos estudios, pero esta vez, en Inmigration consulting y logré culminarlos también. La vida comenzó a sonreír un poquito más, después de tantos sacrificios, todo estaba dando los mejores frutos. En medio de esta travesía, comprendí que no estaba sola en esta situación, ni era la única con un sueño por cumplir. Somos miles de migrantes a diario dejando todo atrás y buscando una mejor vida, así que algo detonó en mi cabeza, era el momento de que Eddy Ramírez pusiera en práctica sus estudios, experiencia y todo lo que aprendí de mi mamá.  Finalmente, llegó el día de materializar y darle vida a esta Tierra de Inmigrantes.    Continuará… Con amor, Eddy.   

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