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Como continuación del análisis de mi último escrito, abordaré en esta oportunidad otro de los factores que percibo como clave para la comprensión de las transformaciones sociales y culturales que vivimos en la actualidad. De nuevo, realizaré un acercamiento comparativo entre el funcionamiento de los roles individuales y colectivos de un ecosistema en el mundo natural, y un ecosistema social humano intervenido por la cultura.

En general, la infancia en la mayoría de las especies transcurre en un periodo de tiempo muy breve, esto en comparación con nuestra infancia y la de nuestros parientes primates. Así, en el mundo animal las crías deben aprender y adquirir rápida e instintivamente, las herramientas que garanticen su supervivencia. En este sentido, su llegada a la vida adulta también dependerá de otros factores como la abundancia o escasez de alimentos, la presencia de depredadores, su fortaleza individual para resistir las inclemencias del clima, enfermedades o simplemente la lucha con sus hermanos por el acceso al alimento que proveen los padres. En nuestra sociedad y hasta no hace mucho tiempo, las naciones consideradas como de primer mundo estuvieron sometidas a grandes tasas de mortalidad infantil, debido a muertes prematuras por enfermedades, contaminación del agua, falta de calefacción y deficiencias nutricionales, situación que aún persiste en muchas regiones del planeta.

Finalmente, y para cerrar este breve comentario del mundo natural, la etología y sus investigaciones han demostrado que muchas especies son capaces de expresar emociones que antes podíamos considerar únicas en los seres humanos; sentimientos como la tristeza, la depresión, la alegría, la empatía, entre muchos otros rasgos, no son solo exclusividad de la humanidad. Paradójicamente, la violencia que se ha legitimado en múltiples culturas desde los albores de las primeras civilizaciones ha conducido a la creación y desarrollo de diversos conjuntos de leyes, para contener comportamientos atroces que se asocian erróneamente a un comportamiento animal, pero que tristemente son características únicas en nuestra especie.

Por otro lado, la infancia del ser humano es una creación reciente. En el pasado, los niños se veían sujetos a regímenes de trabajo similares al de los adultos; el ocio y el juego eran un privilegio al que solo un reducido sector de niños tenía acceso. Sin ir muy lejos, en la generación de nuestros abuelos, son muy comunes las historias de mujeres que llegaban a la maternidad con 14 años, una situación que en la actualidad es socialmente condenado; mientras que los hombres de la misma edad ya eran considerados adultos y debían trabajar para ayudar al sostenimiento de la familia.

Ante ese agreste escenario de principios del siglo XX y saltando a lo que vivimos en la actualidad, vemos cómo la sociedad está entrando en un camino de extrema sensibilidad ante los hechos de la vida y esto se inicia desde las primeras etapas de vida, generando posteriormente la infantilización del adulto, teniendo como consecuencia el acelerado incremento de trastornos emocionales y psicológicos en la población. Sin embargo, esta extrema sensibilización de la sociedad y su entorno, además de la creación de marcos legales para la supuesta protección de las minorías, poco ha servido para la eliminación de la violencia, las guerras, la criminalidad, y una maldad sin control que parece intrínseca a la conducta y esencia humana.

La fragilidad de las nuevas generaciones se hace evidente: rasgos como el temor y la no aceptación del rechazo, el fracaso, la ruptura, la pérdida, la dependencia de soportes tanto materiales como emocionales, conllevan a la frustración social tanto de niños que creen que las cosas se obtienen inmediatamente con tan solo desearlas o pedirlas a papá y mamá, o en los jóvenes que piensan que ellos merecen todo, siendo ellos tan buenos y el mundo que les priva de sus deseos tan malo, que los lleva a creer absurdamente que es más fácil cambiar la realidad que adaptarse al mundo en que viven, situación que aprovechan los políticos de turno para su ganancia electoral, ofreciendo soluciones fáciles, inmediatas y milagrosas que no requieren ningún sacrifico o trabajo duro, planteando y generando un eterno problema al que ellos supuestamente ofrecen solución, ya sea quitándole al que tiene, o regalando subsidios que mantienen a la gente sometida, construyendo además un paternalismo político y social que impide la madurez de nuestra sociedad a pesar de los grandes avances técnicos y las mejoras en las condiciones de vida del último siglo.

En síntesis, una sociedad incapaz de presentar soluciones reales a las grandes crisis que nos aquejan, y de construir mediante el trabajo, la responsabilidad y el sacrificio; una consciencia que nos permita aprender que necesitamos vivir en un mundo de redes sociales donde podemos manipular la realidad a través de filtros y Photoshop, sino que debemos ser capaces de edificar, con todas las limitaciones existentes, el mejor mundo posible de acuerdo a nuestras capacidades individuales y de nuestro entorno; aprender que no necesitamos más influenciadores que nos muestren una vida de lujos y viajes, sino que debemos volver a la lectura clásicas y las enseñanzas de los padres y abuelos que nos permitan vivir aceptándonos como somos sin compararnos constantemente en el espejo del otro, creyendo que se puede llegar a ser cualquier cosa que se desee, sin plantear el difícil camino que se debe recorrer para llegar a los objetivos que nos permiten llegar a una meta, sabiendo que existe la posibilidad real de nunca llegar.

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Historiador y Magíster en Historia de la Universidad Nacional de Colombia, Doctor en Historia de la Universidad Pablo de Olavide en Sevilla - España. Con más de 20 publicaciones entre libros, capítulos de libros, artículos, papers y otros documentos. Entre mi experiencia profesional se encuentra mi trabajo por cinco años en proyectos de memoria histórica para las Fuerzas Militares, el Centro Nacional de Memoria Histórica y el IGAC.

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