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Por Paloma Cobo*

Primera línea

La educación, por sí sola, no asegura una vida digna, ni es imprescindible para alcanzarla, pero algo falla cuando algunos pueden escogerla, y otros no, sin más razón que el azar de haber nacido en cierta familia. | Foto: Ricardo Maldonado, EFE

“Quiero terminar mi carrera”, respondió Alejandro, así, sin apellido, cuando le preguntaron, en una entrevista en radio esta semana, cuál era su sueño. Estudiaba Comercio Exterior pero no alcanzó a terminar el primer semestre porque no tenía el dinero para la matrícula. David, por su parte, contó a otra periodista que le gustaría graduarse de Bellas Artes y que quiere que su hija “la tenga más fácil y pueda estudiar”. Alejandro y David son miembros de la Primera Línea. Ambos hacen parte de los ni ni, ese grupo creciente de jóvenes en Colombia que ni estudian, ni trabajan, y los dos imaginan un futuro en el que sí haya, entre otras cosas, educación para todos. 

Las personas como David y Alejandro, se ha escrito en noticias y columnas, son jóvenes sin futuro. En ocasiones se insinúa que no pueden pensar en lo que viene, ni definir hacia dónde se dirigen. También se dice que no tienen nada que perder pues nada esperan. Es cierto que las fuerzas de la negación, de la cancelación del futuro, se han hecho presentes en la protesta a través de la violencia y la arbitrariedad de algunos manifestantes. Las palabras de esos jóvenes, sin embargo, describen sobre todo el porvenir: uno que sea menos violento, con un Estado menos austero y en el que encuentren, ellos y quienes vienen, más oportunidades. De las muchas imágenes del futuro que han traído los jóvenes durante el Paro, de esas imaginaciones, una de las más frecuentes es la de una educación pública que no esté, como lo ha estado en Colombia, condenada a la pequeñez y a la insuficiencia.

Alejandro también dijo, cuando le preguntaron por lo que tenía en común con sus compañeros, que son “gente que, por falta de oportunidades, no ha podido crecer intelectualmente”.  A la escasez de cupos de educación pública y las barreras para entrar y permanecer en el sistema educativo de siempre se suma ahora la crisis económica por la pandemia. Esto, sin embargo, no habla de la desesperanza singular que significa verse obligado a renunciar a los estudios. Cada joven que quiso estudiar y no pudo es una posibilidad anulada, es un ‘no futuro’, algo que ya no será. Colombia ha perdido sus dones y los jóvenes han perdido la vida que quizás estaba para ellos. Lo posible, además, se clausura siempre para la misma gente: para los pobres, las mujeres, los afros o indígenas y, con más fuerza, para quienes son varias de estas cosas a la vez. A los otros, los más blancos y los más ricos, en cambio, les son dadas las opciones. Desde que nacen y solo por nacer donde lo hacen, el futuro de estos últimos puede ser más largo, más rico en alternativas y más tranquilo. 

El gobierno, por su parte, intenta sin éxito inventar futuros. El anuncio de la matrícula cero para estudiantes de estratos 1, 2 y 3 —quizás uno de los breves momentos de ilusión durante el Paro— se nubló al saber que solo cubriría el segundo semestre del 2021 y el año 2022, y que usaría un instrumento ya obsoleto para su focalización. El proyecto, además, se cayó en el Congreso y aunque el decreto presidencial que lo regulaba se mantiene, su carácter temporal parece haber quedado confirmado. Por su parte, el recién creado programa “Jóvenes a la U” de Bogotá recibió alrededor de 77.000 postulaciones para 8.000 cupos ofertados de educación superior. Es más que nada, pero es poco. Migajas, futuros breves y exclusivos no dan para proyecciones.

Las propuestas algo más ambiciosas, que no utópicas, ya existen. Se ha hablado de asegurar la matrícula gratuita en instituciones de educación superior públicas a las personas provenientes de hogares en condición de pobreza, pobreza extrema y vulnerabilidad. Se ha señalado la necesidad de ampliar los cupos, en parte mejorando y aumentando la infraestructura disponible. Se han discutido, también, estrategias para solventar las barreras que enfrentan algunas poblaciones a la hora de ingresar y permanecer en el sistema educativo: proveer educación de calidad desde la primera infancia y asegurar el sostenimiento de los estudiantes, entre otras.

Sobre todo, se ha repetido que la educación es una de las inversiones públicas con mejores retornos. Esto se debe a que crea posibilidades en el futuro, lo abre en direcciones que ahora no existen y, al hacerlo, permite que se produzcan ingresos, pero también bienestar. Alejandro dijo que no podía escoger seguir estudiando, así lo quisiera. Esa posibilidad le está vedada y, con ella, la vida que estudiar le permitiría tener. En Colombia, el nivel educativo que un joven puede alcanzar aún está determinado, en buena medida, del que alcanzaron sus padres. La educación, por sí sola, no asegura una vida digna, ni es imprescindible para alcanzarla, pero algo falla cuando algunos pueden escogerla, y otros no, sin más razón que el azar de haber nacido en cierta familia. Una educación pública amplia y buena eliminaría esa traba y esa injusticia.  

La necesidad de una reforma sustancial a la educación superior ha sido reconocida por diversos sectores políticos y de la ciudadanía desde hace años. Lo tiene todo para convertirse en un proyecto nacional y en una ilusión compartida para una época que se anuncia desprovista de ilusiones. Ahora que parecen diluirse las protestas entre la opresión y el cansancio, es buen tiempo de recordarlo. La educación no es solo una deuda pendiente, es también una esperanza. 

Investigadora de Dejusticia

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