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Cómo pedir algún tipo de entusiasmo sobre el acuerdo suscrito en La Habana para la creación de una Comisión de la Verdad en un país que carece de memoria, tendiente a la amnesia colectiva, donde lo que se nos dice hoy se nos olvida mañana. Se vuelve un reto la idea de decirnos la verdad con una franqueza cruda. Es difícil porque nos han enseñado generación tras generación que lo importante no es ser sino aparentar, que el “no” no es una respuesta y que, a pesar de todo, el mundo nos considera un país feliz. La verdad no cabe en estas máximas que rigen nuestra sociedad. Cómo se nos va a ocurrir cambiar esa inercia de autocomplacencia con la posibilidad espeluznante y grotesca de enfrentar a la sociedad colombiana con las verdades de nuestro conflicto armado y sus patrocinadores. Cómo le decimos a un país entero que detrás de los combatientes hay una maraña de honorables políticos y empresarios que financiaron y auparon la guerra por poder y dinero. Al día de hoy este país aun no está preparado para saber su verdad pero no tiene otro camino que escucharla y asumirla.

El problema no radica en la disyuntiva de saberla o no saberla, el problema de fondo que no sabe explicar la Mesa de Negociación, es el para qué. Nadie ha explicado cómo es que un proceso de negociación y mucho menos una Comisión de la Verdad puede incidir en esa cotidianidad colombiana llena de obstáculos interminables.

¿Acaso dicha Comisión acabará con el “”víacrucis” de la gente humilde y trabajadora cuando le arrancan 3 o 4 horas diarias de sus vidas en el colapsado tráfico de Bogotá? Podrá una Comisión de la Verdad inhibir a un ladrón, que no tiene la enfermedad de la cleptomanía sino una peste llamada pobreza, de “raponear” un teléfono celular?. Podríamos decirle a los colombianos/as que esa justicia tuerta y coja para unos, y definitivamente paralítica y ciega para la mayoría, será rehabilitada a partir de esa verdad impúdica que sacará a la luz las y los comisionados de la verdad?

Pues por más extraño que parezca en realidad, sí podríamos decirlo. Podríamos explicar los efectos de todos esos esfuerzos y las posibilidades que nos traería la paz si la Mesa de Negociación hubiese encontrado una comunicación efectiva para explicar a la sociedad qué es lo que se está negociando en La Habana. Si hubiesen contemplado la posibilidad, estratégica en la mayoría de procesos de paz, de haber vinculado a la sociedad civil de manera más activa en la negociación. Lo cierto es que la Mesa avanza en medio de enormes dificultades, cumple los ciclos de negociación y suscribe acuerdos muy importantes. Sin embargo, en el colombiano de a pie se afianza la sensación de que en La Habana, Colombia se somete a una suerte de compra – venta en la que cada parte regatea y negocia el trozo de país con el que se va a quedar.

Algunas de las personas que hicimos parte de las delegaciones de víctimas que estuvimos en audiencia con la Mesa de Negociación nos reunimos para valorar el tema, coincidimos en la necesidad de hacer una pedagogía sobre el Proceso de Paz, sus alcances e implicaciones en la vida cotidiana de la gente, los territorios y las ciudades. En la discusión del quinto punto de la agenda sobre víctimas esas delegaciones lograron consolidar, lo que puede sea el reto más difícil de una negociación, un ambiente de reconciliación. El país entero tendrá que conseguir, a partir de un acuerdo sobre el fin del conflicto armado, ese mismo objetivo. En esas 60 personas se juntan todas las violencias del país, pero al margen del motivo por el cual terminamos vinculados y afectados por el conflicto armado logramos reconocernos, escucharnos, entender nuestras reflexiones y sin necesidad de compartirlas, respetarlas. Ése es uno de los principales logros que nos puede deparar el escuchar la pluralidad de memorias y verdades que subyacen al conflicto colombiano.

Cepillar la historia a contrapelo

Eso decía el célebre historiador y filósofo Walter Benjamin a propósito de la imperiosa necesidad de escudriñar en las verdades aplastadas por la historia que imponen los vencedores. La posibilidad de que emerjan esas verdades nos da la opción de retomar allí donde se fracturó la historia y reconstruirla. Podríamos entender cómo éste país dejó de ser digno con cada asesinato, con cada desaparición, con cada combate, con cada canallada institucionalizada.

Por esa misma razón, para poder imaginar con dolor, con rabia, con indignación seguramente, un país que pudo ser de otra manera, sin la mano negra que desvió el curso de nuestra historia, es que debemos conocer la verdad de los hechos.

Si nada de esto es suficiente argumento, nos queda una razón simple y generosa, que moralmente sería deplorable condenar a nuestros hijos e hijas a repetir nuestra dramática historia. Ese destino no es responsabilidad de ninguna divinidad, lo podemos construir con la sensatez de entender qué nos pasó y cómo garantizar que aquello no se repita.

Pd. No diré nada extraño, de nuevo el segundo hecho victimizante más grande en dimensiones después del desplazamiento interno, el exilio, con casi medio millón de personas desterradas, se quedó por fuera de cualquier mención en el comunicado de la Mesa sobre la Comisión de la Verdad. No importa, con o sin reconocimiento ahí estaremos.

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PERFIL
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Interesado en ecologismo, feminismo, política y reflexiones que rompan el pensamiento único. Buscando en las rebeldías al ser humano universal. Consultor en migraciones forzadas, proceso de paz y pedagogía, participación ciudadana y víctimas en el exterior

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