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Escribo esto un mes después de haber salido de casa. ¡Cuántas experiencias he vivido en estos días! Sin embargo, si hay algo que me ha dejado este viaje es que a veces es mejor no planear nada, ni siquiera el día siguiente.

Que la visita que quería hacer a la casa de mi amiga se pospuso porque le dio COVID, que la ida al museo tocó dejarla para después porque los niños querían entrar a la tienda de juguetes o que el viaje al pueblo que quiero conocer se cambia para un día donde no esté lloviendo tanto.

Lo que sí se dio y que viví con una sonrisa en la cara -bueno, esa la llevo todo el tiempo-, fue la visita a Leksand y en especial, al Mercado Medieval que se organiza en esta ciudad durante uno de los días festivos en mayo. Leksand está ubicada a 60 kilómetros de Falun y tiene poco más de cinco mil habitantes.

Allí llegamos después de una hora de trayecto y desde que nos bajamos se sintió el ambiente festivo. Caminamos junto a varias familias hacia la entrada del evento e, incluso antes de llegar, pude observar gente con disfraces y escudos en las diferentes carpas. Por el color y sus formas, antes de confirmar donde estábamos, sentí que me devolvía en el tiempo a las épocas medievales, cuando se solucionaban los problemas por medio de justas.

La entrada cuesta ochenta coronas por adulto, equivalente a treinta mil pesos colombianos. En el primer stand, los niños pueden lanzar cinco flechas por veinte coronas y yo me siento en la película de Disney “Valiente”, cuando ella se libera de su familia frente a todo el pueblo. Solo falta que suene la banda sonora por los parlantes, porque en mi cabeza está en repetición desde que me sentí en las justas.

Seguimos a la multitud por el camino determinado entre diferentes casas, las cuales, luego me daré cuenta, son parte de un museo al aire libre donde exhiben el día a día de las familias de antaño en Dalarna, la región donde vivimos. En la que entramos a continuación, de dos habitaciones, observo una escena interesante y leo información que me sorprende.

  • La escena: En el primer espacio donde entramos, el horno está junto a los dos camarotes, construidos en madera. En este momento hacen uno de los panes tradicionales suecos que se llama “tunnbröd” y hablan en alemán. Hay tres personas vestidas con ropa de época. Un señor que se encarga de preparar la masa, una señora que amasa el pan y usa el rodillo de cocina de superficie irregular para darle su apariencia típica y el señor con chivera blanca que mete los panes al horno. Huele a algo parecido a café quemado.
  • La información: En la segunda habitación hay letreros que indican que esta casa fue construida en 1973 para alojar a los niños que eran ignorados en casa por nacer fuera del matrimonio. Sin embargo, desde 1917, esta práctica tenía lugar en los hogares suecos y se llenaban aldeas enteras con los niños no deseados por sus padres.

El tunnbröd no es ni duro, ni tostado, ni tan salado, ni ahumado como imaginaba. Tiene la apariencia de un crepe, su nombre puede traducirse como pan delgado y sabe a lo que uno le ponga. En mi caso, a salami, queso y mantequilla. Se hornea de cuatro a cinco minutos a 250ºC y se deja enfriar sobre una rejilla, para luego ser puesto en torre sobre el stand donde los venden por veinticinco coronas y puedes echarle tanta mantequilla como quieras.

Al salir de esta casa hay un puesto donde, en una “paila” honda, derriten azúcar para caramelizar manzanas, almendras y uvas verdes. Aunque las manzanas rojas y las almendras dulces son comunes en las ferias, es la primera vez que veo los chuzos de uvas verdes con chispitas de colores. Y es normal ver más de un niño saboreando uno de estos dulces.

Detrás de una casa hay unos payasos vestidos como caballeros medievales jugando con fuego y haciendo malabares. Aunque es un momento donde quedo perdida en la traducción, pues no entiendo nada de lo que dicen, me río ante sus ocurrencias. Lo bonito de los eventos para niños es que son fáciles de entender y disfrutar. Los payasos ponen su número de Swish en una cartulina para que los espectadores les puedan dar una contribución. Atrás quedó la persona que pasaba por el público con una bolsa o un sombrero; todo es a través de la app que fue lanzada en 2012. Desde ese año, Swish se ha convertido en la forma principal de pago a través del celular para todos los suecos.

Confirmo mis sospechas: efectivamente es un museo de la vida antigua en Dalarna porque cada casa tiene información interesante sobre cultura, personajes y tradiciones. Este es uno de los atractivos turísticos de Leksand, un lugar que parece ser un pueblo pequeño y super lindo. Hay mucho turismo y hay varias tiendas abiertas a pesar de ser festivo. En la página web que promociona el turismo en la región, hablan sobre todas las actividades de naturaleza, los paseos en bote por el río que cruza el pueblo y la oportunidad de acercarse a la vida de Dalarna.

Las nubes grises se acumulan sobre nosotros y huele a asado. Las casas que nos rodean son del color café distintivo de la madera y no me canso de pensar en lo mucho que amo escuchar a los suecos hablar a mi alrededor. Salimos corriendo cuando empiezan a caer las goteras porque, a pesar de la ropa adecuada, el frio espanta a más de uno, como supongo sucedía en la época medieval.

 

 

 

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Viajera colombiana que busca compartir con quienes se cruzan en su camino una amplia sonrisa y la buena energía que nos caracteriza a los latinos.

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