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Hay muchas conversaciones que quisiera escribir, pero no puedo estar pendiente del celular todo el tiempo mientras estoy en una playa como esta. Si tuviera una libreta y un lapicero, seguro ya habría llenado cinco hojas, pero, lastimosamente, a esta escapada no traje ninguno. Estoy en Blanes, a casi dos horas en tren desde Barcelona y dejo plasmados estos pensamientos en mi celular mientras siento la arena de la “Cala Bona” bajo mis glúteos.

Se le dice “cala” a una bahía de dimensión pequeña donde pueden fondear los barcos para abrigarse del viento. Hasta aquí llegué después de dos kilómetros de caminata o, en medida de tiempo, cuarenta minutos, contando los momentos en que nos detuvimos para respirar y disfrutar del paisaje. Sentada en el pareo de colores con un dibujo de un árbol de la vida en medio observo a mi alrededor. Hay dos chicas que estudian mientras toman el sol y una pareja que hace que recuerde a mis papás: abrazados y muy enamorados. Los gritos de dos niños franceses en el mar que juegan con sus camas inflables de color azul y los ronquidos de mi amigo interrumpen el idílico sonido del agua contra las rocas que hay a los lados de la bahía.

Trato de fijar mi mirada en el cielo y, por un momento, creo identificar una nube que no se mueve. Las demás van todas hacia el lado izquierdo del cielo, a un compás muy sincronizado. Muchas mujeres a nuestro alrededor hacen topless, una práctica tan común en España. Cuatro sombrillas amarillas y dos multicolor dan sombra a familias con niños y los pareos para sentarse en la arena son de todos los tamaños y colores.

El agua de color turquesa parece ser muy cristalina porque veo a varios practicando snorkel adentrados unos cuantos metros en el mar. La playa, en forma de herradura o de U, es de una arena gruesa que lastima los pies pero que no se queda pegada al cuerpo. A nuestra izquierda, un chico con un tatuaje que dice MEMENTO•MORI en el costado derecho duerme una corta siesta mientras su novia toma el sol y lee un libro. A mi derecha, un señor mayor juega con un cubo de Rubik y un niño de unos ocho años construye un castillo de arena.

No sé porque, pero el amarillo se repite en varias cosas. El chico que sale del mar con aletas y unas gafas de snorkel en la mano izquierda viste una pantaloneta de ese color. Las doce boyas que alcanzo a ver y el bote que se mueve pedaleando y que tiene un tobogán pequeño tiene unas franjas del mismo color. A mí que me gusta tanto estar rodeada de azul, vine a una playa a estar rodeada de amarillo. En la lejanía hay dos veleros, un kayak y dos botes. Qué ganas tengo de hacer un viaje en uno de estos antes de que se acabe el verano. Bueno, ni ha empezado esta estación y ya tengo muchos planes para aprovechar este tiempo tan maravilloso. Paciencia, Ángela. Paciencia.

Cuando las nubes grises se ciernen sobre nosotros, no somos los únicos que desertan de la cala. Caminamos hacia el castillo, pasando por el Jardín Botánico Marimurtra, un sitio muy recomendado por todas las plataformas turísticas, al cual no alcanzamos a entrar. Nos quedamos con las múltiples paredes llenas de enredaderas moradas durante el trayecto y, aunque nos caen un poco de goteras, llegamos hasta la cima de la montaña donde se alzan las ruinas del Castillo de Sant Joan, tan solo a 170 m.s.n.m.

Construido como baluarte defensivo y de vigía frente a los ataques piratas, estaba formado por un recinto amurallado de 23 metros de ancho por 34 de largo, destacando su torre de base cilíndrica de 15 metros de altura. Allí, aunque hoy en día no hay nada, llegamos turistas y locales a disfrutar la vista y tomar muchas fotos. Incluso, hay un grupo de amigas que hacen un picnic temático: cada una llevó dulces y comida basada en un color. Lo sé porque escuchamos cuando decían: “de blanco traje chocolate. De rosado traje chuches. De rojo traje fresas”, pero nos fuimos antes de verlas disfrutar de la comida.

A nosotros nos fue muy bien en este aspecto. Probamos tortilla de patatas con queso de cabra y cebolla caramelizada, torta de Nutella y calamares con mayonesa cítrica en un restaurante con un mesero guapo. No se le puede pedir más a la vida por un día de paseo en una ciudad de la Costa Brava. Bueno, sí. Y la vida es tan maravillosa que te lo regala. Terminar la noche caminando por el muelle, sintiendo la brisa sobre tu piel y viendo la luna llena de color naranja en el horizonte – que no hay cámara que pueda captar su mágica tonalidad en un lunes de junio.

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Viajera colombiana que busca compartir con quienes se cruzan en su camino una amplia sonrisa y la buena energía que nos caracteriza a los latinos.

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