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Descubrí, durante los últimos días en Marruecos, que siempre se me hace más difícil escribir cuando me voy a despedir. Cuando llega el momento de cambiar de rutina y de ambiente es cuando mi mente se bloquea un poco, como diciéndome: “no te vayas” o “vete ya”.

Pero siento que, a pesar de que se me dificulta, le debo a este país africano un texto de despedida. Una carta para agradecerle todo lo que me dio y todas sus enseñanzas. Unas cuantas palabras para decirle que fui feliz perdiéndome en sus callejones, que me hice más fuerte con todos sus agobios, que subí unos cuantos kilos disfrutando de su gastronomía, que agradezco todas las personas que puso en mi camino y que me enamoré de uno de sus habitantes.

¿Empezamos por el principio? Algunos de ustedes fueron testigo de mis primeras impresiones, de la vez que me invitaron a una boda, de mi visita a Chefchauen y Akchour, de mi viaje a Essaouira, de la grata sorpresa que fue Taghazout y de mis paseos por Fez. He intentado compartir a través de mis textos el amor tan grande que siento por este país que activa mis sentidos en todos los aspectos y que me deja ver su lado positivo y negativo día tras días. No me quiero ir, en serio. Este solecito y los días calurosos van a hacerle falta a este cuerpo latino que demora en adaptarse al frío europeo.

Ya les había contado de los más de nueve mil callejones que tiene esta medina. Lo que no les conté fue que en las últimas semanas caminé de nuevo por varios de ellos sin la sensación de estar perdida. Por varios de ellos saludé a las personas y sonreí más de dos veces al recordar caras que ya había visto en algún otro punto de esta zona laberíntica de la ciudad. Los agobios no faltaron, claro. Los comentarios que hacían algunos hombres al verme pasar solo hicieron que me volviera más fuerte y aprendiera a ignorar todos aquellos insultos y voces que querían afectar mi equilibrio mental.

Nunca olvidaré el kefta tagine, una especie de sudado de verduras con albóndigas; o la r´fissa, un plato típico de Fez que mezcla lentejas con pollo desmechado y un pan tan delgado como una crepe. El sabor de la gaseosa Hawai Tropical que tantas veces me devolvió a casa con su sabor a maracuyá, naranja y coco o los sabrosos jugos de naranja frescos que vendían al lado de la famosa puerta azul. Quedan para siempre en mi mente el sabor de la merendina, un pastel parecido al chocoramo con chocolate en el centro o las galletas cubiertas de azúcar pulverizadas que encontré el último mes de mi viaje, hechas por mujeres de una asociación que trabajan en un local escondido entre los callejones para no ser vistas por los miles de hombres que cruzan por la ciudad.

No me quiero ir porque también significa dejar a Anwar, de quien no les había contado. El hombre marroquí que me robó el corazón y me tiene perdidamente enamorada. Voy a extrañar esos ojos claros que me miran como si pudieran descifrar cada cosa que pasa por mi cabeza. Es más que un amor de verano, de eso estoy segura. Pero tendremos que esperar y darle tiempo al tiempo para que la vida nos muestre realmente el camino que seguirá la relación que construimos.

De Marruecos, definitivamente, me voy dejando una parte de mi corazón en sus manos. Y a ustedes, que han estado pendientes de mis aventuras, les contaré pronto sobre el texto del tour en familia por el desierto, la nota que escribí sobre el mágico lugar donde hice voluntariado por siete semanas y el texto sobre el fin de semana que pasé en Tánger antes de viajar a Barcelona, ciudad desde donde me reportaré en las próximas semanas.

Entre despedida y despedida, las horas pasan rápido y se me dificulta escribir con el corazón arrugadito. Espero pronto retomar la constancia con la que venía publicando para seguir compartiendo con ustedes las aventuras de esta colombiana que viaja por el mundo enamorada de la vida y, ahora, de un marroquí.

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Viajera colombiana que busca compartir con quienes se cruzan en su camino una amplia sonrisa y la buena energía que nos caracteriza a los latinos.

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